“Hacer ciudad, es sobre todo un don de la sensibilidad, la creatividad y la habilidad para reunir actores y voluntades, no para suplantarlos y enfrentarlos.”

El agüero podría decir que hay una extraña analogía entre estas dos damas: 481 puede tener equivalencia esotérica con 49, si se suman por ejemplo los dos últimos dígitos de la edad de Bogotá para que brote una coincidencia con la edad de la elegida. Pero no nos metamos por esos caminos. Vamos por otros.

–        Tiene significado que más de un millón de habitantes decidieran escoger por vez primera a una mujer como regente de una ciudad que se acerca a los 500 años de fundada.

–        Tiene significado también el hecho que esa mujer simbolice otros valores y señales: méritos por su origen, formación, esfuerzo, ideario y su preferencia sexual. No es otra manufactura de las cunas, los linajes, los privilegios, las maquinarias, los poderes, los abusos, los prejuicios  y los géneros que han marcado la historia de esta ciudad, con contadas excepciones.

–        Pero no caigamos tampoco en la trampa de las biografías. Tiene también significado el hecho de que Bogotá está en unas coordenadas distintas después de 481 de fundada – como ciudad castellana y muchísimos siglos más  como cuna de los muiscas-: hay el brote  de una etapa de paz después de más de 50 años de conflicto armado, un cambio demográfico importante, un intercambio con el mundo más intenso y productivo, menores tasas de pobreza y mortalidad, ciudadanos más jóvenes y educados y más conscientes de sus derechos y obligaciones.

Las ciudades son enormes recipientes de energías y de flujos, de intercambios y de cruces que generan metabolismos y sinergias de diferentes signo y tendencia. Las ciudades también son enormes máquinas de comunicación de señales, imaginarios, valores y mensajes. Y esto no ocurre a través de entramados esotéricos o incomprensibles. Las energías potentísimas que conecta y genera la ciudad se encarnan en actores urbanos, con sensibilidades, capacidades y expectativas diversas, que crean organizaciones, aparatos e instituciones. Lo cierto también es que estas energías pueden ser enormemente creativas o terriblemente destructivas. Y los actores urbanos son los protagonistas y desempeñan estos papeles.

Claudia dice hacer parte de una generación que  percibió el país y la ciudad de otra manera y  que tiene la responsabilidad de abrir camino a una siguiente con potencialidad y capacidad de producir cambios profundos para los problemas y traumas acumulados por años. Siente que pertenece a la generación de la séptima papeleta, a la que movió el péndulo para poner al país en las coordenadas de una nueva constitución, a la que abrió el camino para desmontar un conflicto secular y a la que está tratando de erradicar de la vida política la corrupción y la violencia como métodos consuetudinarios y la impunidad como manto protector de sus protagonistas. Por su experiencia y vivencias personales, siente también que hace parte de una generación que no se resignó a las supuestas cadenas del determinismo social, del determinismo ideológico y de la discriminación de cualquier tipo.

Por eso declara en su programa: Somos una generación que representa la pluralidad ciudadana, que escucha, que trabaja en equipo, que tiene el carácter y la valentía para usar su voz y voto libre para enfrentar el abuso de poder y la corrupción de la vieja clase política y que trabaja en equipo con la ciudadanía… Así se percibe y no es arbitrario. A esa generación pertenece también Daniel Quintero,  joven líder escogido como alcalde de Medellín.  Esa generación puede y debe ser protagonista de nuevos liderazgos.

Bogotá necesita nuevos liderazgos que perciban y asimilen la ciudad y los ciudadanos desde otras perspectivas. No, como los inútiles, los problemáticos, los vagos y “malentretenidos”, como nos percibieron los mandatarios de la colonia. Ni como la ciudad de los elegidos, los avispados, los ciudadanos de bien y los civilizados, como se percibieron las primeras élites republicanas, encartadas además con las “guachernas irredentas”.

La necesidad de nuevos liderazgos  no es un problema de moda. Se trata de liderazgos que logren salir y se liberen de cárceles o jaulas ideológicas, generacionales, simbólicas y míticas, entre ellas, las del abuso del poder, la corrupción y la violencia, pero también de aquellas del mesianismo, de redentores y  héroes  y del síndrome de los iluminados y los grandes timoneles.

Las ciudades y los ciudadanos contemporáneos requieren ser percibidos de otra manera, porque son otra cosa y de otra estirpe. Son portadores de enormes energías, para construir o para destruir, según se les permita vincularse y cooperar para forjar futuros, o por el contrario, se les constriña, discrimine y asedie para desatar infiernos. La Mara Salvatrucha y Barrio 18 – dos pandillas de marginados ultraviolentos-  no son producto de una degeneración endémica centroamericana, sino de un acorralamiento y discriminación sistemática.

Se lee en su programa de gobierno: Sabemos inspirar y potenciar el talento de todos para la acción colectiva que requiere nuestra ciudad (…El desarrollo y mejor bienestar de una gran ciudad como Bogotá depende de la capacidad de cooperación de la ciudadanía… Ojalá esta declaración se grabe en mármol, se coloque en la entrada del Palacio Liévano y se cumpla.

 Potenciar y fomentar ese instinto para la cooperación entre extraños, al decir de Harari,  y controlar la discriminación por cualquier juicio y prejuicio es un reto y no es fácil. La primera prueba la dará un equipo de gobierno que tenga la sensibilidad, disposición y capacidad para  la cooperación y el acuerdo y no para la discriminación y la trinca. Para convocar, dialogar, concertar y comunicar. Porque hacer ciudad, es sobre todo un don de la sensibilidad, la creatividad y la habilidad para reunir actores y voluntades, no para suplantarlos y enfrentarlos. 

*Juan Carlos del Castillo, arquitecto, PhD en urbanismo

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