Boric, Chile y una nueva esperanza

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Boric, Chile y una nueva esperanza para la izquierda en América Latina

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Cuando fracasa un gobierno de derecha – digan ustedes, Bolsonaro en Brasil, Macri en Argentina o Duque en Colombia – se dice que el fracaso es del gobierno, no del modelo, pero cuando fracasa un gobierno de izquierda se dice que fracasa toda la izquierda.

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El triunfo electoral en Chile del joven candidato por el partido Convergencia Social Gabriel Boric es, entre otras cosas, una reivindicación histórica a aquel gobierno democrático que fue derrocado el 11 de septiembre de 1973 en un sangriento golpe de estado que instauró una dictadura militar con el respaldo del gobierno de Estados Unidos (con joyas como Nixon, Kissinger y la CIA al frente). Y es que este golpe acabó con una alternativa muy interesante que planteaba instaurar el socialismo de manera electoral frente a los sectores más conservadores, pero también frente a aquellos que veían a la lucha armada como la única alternativa para lograr cambios reales en un lugar (y el golpe de Estado allá y el robo de las elecciones acá en 1970, al menos por algún tiempo, parecieron darles la razón).

No es necesario, por supuesto, que me digan que los de ahora son tiempos y contextos diferentes, pues mucha agua ha pasado bajo el puente desde que Salvador Allende fue asesinado por Pinochet. Pero, por eso mismo, si bien ya no estamos viviendo en la “guerra fría”, es evidente que el clima de polarización azuzado por políticos demagógicos y populistas y, por supuesto, las redes sociales que atiborran de desinformación a todo el que quiera corroborar sus sesgos y prejuicios, ha generado que personajes del talante de Trump o Bolsonaro, con claras tendencias antidemocráticas, negacionistas del calentamiento global (o la pandemia), respaldo de líderes religiosos que no creen en la ciencia y el apoyo de fanáticos ciegos del neoliberalismo, etc., lleguen a la presidencia de sus países (o que, como Kast, hayan estado cerca de lograrlo).

En estos contextos, Boric no surge de la nada, sino que es el resultado de los distintos movimientos sociales que formaron parte del levantamiento popular que consiguió acabar con la Constitución confeccionada por la dictadura militar, que entiende que el modelo económico y social chileno, tan promocionado por algunos, se agotó, entendiendo necesario luchar por una sociedad de derechos en la que las libertades individuales y colectivas, así como la búsqueda de condiciones de vida digna para la población, sean una necesidad imperiosa. También es parte de los movimientos juveniles que le dieron, desde la izquierda (o, más bien, las izquierdas, porque no es una sola), visibilidad a nuevos e interesantes liderazgos que emprendieron diferentes luchas que se acompañaron de canciones, obras de arte y protestas con mucho peso simbólico para tratar de hacer realidad nuevos sueños que, a la larga, son los mismos de siempre. Mejor dicho, el joven Boric y los movimientos que lo acompañan, son parte de un importante sector de la sociedad que entiende la necesidad de luchar por los derechos sociales y las libertades públicas y civiles que, en otros lugares, están dados de antemano y ni siquiera se discuten, pero que en este sector del mundo son vistos como “peligrosos”.

Obviamente, no la tendrá fácil, pues son muchos los factores de poder que estarán en su contra: algunos empresarios, ciertas iglesias cristianas ultraconservadoras, los inefables medios masivos de información y comunicación que pertenecen a empresarios con intereses en otros sectores económicos, los “mercados” que, tan manipulados, se “asustan” cuando gana alguien que cuestiona al establecimiento tradicional; los nostálgicos de la dictadura que increíblemente no faltan y, por supuesto, algunas personas que ven con desconfianza a uno de los líderes de unas protestas que no fueron del todo pacíficas. Es que no se puede ignorar la capacidad de incidencia que tienen los sectores más reaccionarios, ya sea por intereses netamente particulares o su firme convicción política sustentada en el coco que siempre usan para meter terror, como si se estuviera en la “cacería de brujas” de los años cincuenta: el miedo al comunismo (y a las expropiaciones, y a “homosexualizar” a la sociedad, y a “dar el pescado”, y a “volverse todos drogadictos”, etcétera).

Y si bien el contexto es distinto (ya lo dije), solo basta ver lo que está pasando en Perú con el mandato de Pedro Castillo (un dirigente con una trayectoria y formación muy diferente a la de Boric), para observar que estos gobiernos que se denominan de “izquierda” tienen muchas dificultades para lograr gobernabilidad (y que lo digan los que trabajaron con Allende). Por otro lado, no se pueden ignorar las mismas dificultades que entraña gobernar, sobre todo cuando se generan tantas expectativas (que pueden causar bastantes decepciones).

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Boric, al parecer, no va a ser una izquierda institucionalizada, digamos que “formal”, como la que representó Michelle Bachelet, sino una más joven y combativa que implementará un cambio de modelo, que plantea una mayor participación estatal en la economía, salud pública universal, reforma del sistema pensional, y conformación de un sistema educativo público e inclusión social. Eso sí, ha dicho que va a escuchar a todos los sectores del país y que impulsará los cambios de una manera pacífica (ya veremos qué pasa).

Pero lo más relevante es que este joven oriundo de Punta Arenas representa una verdadera esperanza para América Latina, no solo para hacer realidad —ante el fracaso rotundo de las políticas económicas neoliberales (y es que vean a Colombia)— la existencia de un Estado social que le dé alternativas de vida digna a las personas, además, con miradas progresistas en temas como el matrimonio igualitario, el aborto, el libre desarrollo de la personalidad, la educación pública y gratuita de calidad, la salud pública garantizada, la autonomía alimentaria y el consumo de drogas, entre otros temas que marcan las maneras de ver y entender al mundo, lo cual no es cualquier cosa.

Y también es una esperanza porque, ante el fracaso estrepitoso del chavismo en Venezuela y la dictadura del sátrapa Ortega en Nicaragua (que traicionó y sigue persiguiendo a todos sus compañeros de vieja guardia), que tantas razones ha dado a los sectores más reaccionarios para justificar su rechazo a cualquier postura de avanzada (si hasta decían que Biden, un representante conspicuo del establecimiento gringo, era “comunista” y todavía no falta el que lo sigue diciendo), el triunfo electoral de un gobierno de ese perfil representa, valga la redundancia, una nueva ilusión para que la izquierda genere exitosamente cambios políticos desde las más altas instancias de poder (no solo desde lo cultural, como siempre lo ha hecho).

Eso sí, sobre el gobierno de Boric muchos estarán encima esperando un fracaso estrepitoso, porque se da la situación de que cuando fracasa un gobierno de derecha (digan ustedes, Bolsonaro en Brasil, Macri en Argentina o Duque en Colombia —que desastre—, cada uno con características muy diferentes) se dice que el fracaso es del gobierno, no del modelo, pero cuando fracasa un gobierno de izquierda (y es que es más difícil ser de izquierda que de derecha), se dice que fracasa toda la izquierda.

Total, a mí me alegra este triunfo, no solo porque aviva la esperanza de que muchos cambios positivos sean posibles bajo una mirada solidaria, incluyente, moderna (o posmoderna), renovadora y, si se quiere, más humana, sino porque se derrotó a un nostálgico de la dictadura de Pinochet, esa que asesinó a más de 3.000 personas, desapareció a 1.000 y dejó cerca de 40.000 víctimas en general (y viendo estas cifras, algunas palidecen con las de la “democracia” colombiana). Es que en estas elecciones no había duda de lo que había que respaldar, porque, así parezca absurdo, ya hemos visto que en otros lugares ganaron Trump y Bolsonaro, y en Colombia muchos votaron en contra de un acuerdo de paz (¡!).

Por cierto, no creo que el triunfo de Boric en Chile (o un eventual regreso de Lula en Brasil) signifique que la izquierda, por primera vez, gane la Presidencia en Colombia, pero sí que, en contraposición a una derecha extrema cada vez menos vergonzante, nuevos aires de cambio político de avanzada están llegando, ojalá con buenos resultados.

Y esto vale saludarlo, no solo por los chilenos de hoy, sino por los que en tiempos pasados creyeron posible un cambio. Por eso, este triunfo es por Allende, Violeta Parra, Neruda, Nicanor Parra, Augusto Olivares, Jorge Peña, Los Prisioneros, Víctor Jara, Rolando Alarcón, Inti-Illimani, Quilapayún, Mon Laferte, Ana Tijoux y por muchos, muchos más que no conozco, pero que han estado ahí (allá y acá), incluso cayendo por la persecución de sus enemigos y la lucha por sus ideales, con la firme convicción de que siempre valdrá la pena creer en que un mundo mejor, solidario, incluyente, justo y, como les dije, más humano será posible. Y que así sea.

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*Petrit Baquero, historiador y politólogo, autor de El ABC de la Mafia. Radiografía del Cartel de Medellín(Planeta, 2012); La Nueva Guerra Verde (Planeta, 2017) y Manual de Derechos Humanos y Paz (CINEP/PPP, 2014)

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