Si te dicen “comunista”: cacerola; si te hablan de “castro-chavismo”: cacerola; si usan frases como “socialismo del siglo XXI” o “anarquismo internacional”: cacerola.

Ojalá el sonido metálico de las cacerolas nos siga trayendo el cuerpo, la mente y el espíritu a la realidad. Ojalá ese sonido estridente traiga al presente nuestra historia, que traiga a los políticos a nuestro tiempo, que a la sociedad entera nos traiga a las situaciones y sensaciones que vivimos día a día como verdad silenciada por la cotidianidad y la inercia de las decisiones del pasado. El estruendo se escucha hoy, las voces y los cantos resuenan ahora, los cuerpos marchan y bailan acá, la tierra se estremece en este momento. Esta es una tempestad en la que no debemos esperar la calma postrera. Debemos aprovechar el instinto que se mezcla con la razón, la tranquilidad en movimiento que sustenta la acción concreta.

Las respuestas de los guardianes del miedo y “el orden” ante cualquier nuevo clima siempre serán las mismas. Tristemente parece que siempre habrá unos que se resistan al cambio, aquellos que lo quieren aprovechar, menguar, satirizar o escalonar sobre un plano cartesiano con garantías que les permitan seguir siendo quienes siempre se han dicho a si mismos que son: “personas de bien”, “demócratas”, “creyentes de las instituciones”, “gente divinamente”, “de principios”. Bla, bla, bla.

Nuestro verdadero cacerolazo es un golpe constante y frecuente aplacador de egos, un inmunizador de alienación, un espejo en el que yo nada más soy otro. Es un sonido de cacerola que nos desplaza a cada uno del centro del universo, del lugar de saberlo todo y de la concepción sobrevalorada de las ideas personales. A todo el que se siembre en su ego desbocado hay que hacerle sonar la cacerola, así como ha resonado durante años en nuestro interior la necedad de las palabras de todos los falsos mesías de este pueblo. Ante la cacerola y el utensilio con el que se golpee, no hay palabra que engrane una disputa violenta. Es el sonido de la unidad; es el eco de las palabras de todos que con sinceridad quieren tejer un dialogo común para buscar un rumbo mejor para todos. Cada cacerolazo nos ensordece de nosotros mismos: nos devuelve a la sociedad como sujetos menos egoístas, más empáticos. Que el pito que queda después de los cacerolazos silencie los discursos que en el interior justifican esa tan alta noción que tenemos de nosotros mismos.

Hoy me parece que la cacerola suena como el tambor de los hermanos esclavos que elevaban su espíritu en fiesta para sublevarse más allá del plano de las cadenas y las instituciones establecidas por el poder ególatra. Para saberse libres y feroces como seres humanos, aún siendo subyugados por otros a quienes la historia del miedo y el control hoy sólo los hace letras y palabras vacías en libros de texto para eruditos sosos y aburridos.

Mas el golpe de tambor cambió, se mezcló con el de la era industrial y digital y la humanidad se agita consciente de su movimiento. Colombia tiene un lugar en el mundo; lo estamos viviendo. Renace la civilización más cerca de lo que siempre seremos: grupos de humanos habitando en la Tierra, muchos seres viviendo en un mismo lugar.

No sé cuando nos hicimos presos de las palabras. No sé cuando aprendimos la cultura del encierro, no sé cuando nos acorralamos en las palabras y en las formas que ensalzan estos egos tan poderosos pero que temen su propia alteridad.

Hagamos sonar las cacerolas, acallemos un poco al yo y recojamos al otro. Reconozcamos el delirio, el miedo y los impulsos en vez de negarlos. Aunque no podamos acceder por completo al otro, ni al sonido permanente de las cacerolas, ni a la propia alteridad de cada uno, esta es la revolución que esperábamos. La revolución de la consciencia a la que naturalmente estamos llamados, la revolución de la empatía. Y que toda palabra o discusión que nos devuelva al temor del otro desconocido que somos para nosotros mismos, sea una oportunidad para hacer sonar el beat metálico de la consciencia. Y si no se dispone del implemento físico, por lo menos cerrar las necias y falaces discusiones con un enfático y claro pronunciamiento: ¡Cacerola!

La próxima vez que escuches o te digas palabras vacías: cacerola. Cuando yo, tú u otro intentemos elevar barrotes a tu alrededor con términos simplones con los que el utilitarismo carcome el lenguaje: recuerda el metal de tu cacerola, recuerda ese símbolo y ese sonido. Con todo el dolor, la paciencia y la compasión que puedas tener hacia otro ser humano, no te enganches con quienes fundamentan su discurso en términos que perdieron su significado. Si te dicen “comunista”: cacerola; si te hablan de “castro-chavismo”: cacerola; si usan frases como “socialismo del siglo XXI” o “anarquismo internacional”: cacerola. E incluso, si la situación te lleva a términos como “fascista”, “de derecha”, “´élites” o “nazi”: haz sonar tu cacerola.

Dejemos que el sonido del golpe sobre el metal acalle esas discusiones, que nos traigan a hablar honestamente de principios, que el eco de la cacerola nos traiga a vivir en realidad esos principios cuya única orientación sea desarrollar una sociedad donde haya bienestar para otros.

Del cambio político no sé, quizás nunca ocurra, tal vez nunca se depuren los ladrones y negociantes del bien público, tal vez las instituciones nunca funcionen. No importa. Es en la cultura en donde cualquier cambio sería posible, es en el seno del cultivo de mujeres y hombres, de generaciones, en el cultivo de nuestras palabras, de nuestros idearios y nuestra forma de habitar este territorio en donde veo una fuerza de cambio real que nos era desconocida antes de esta explosión social.

Pero es fundamental empezar a soltar palabras, discusiones y manifestaciones clichés, dejárselas al aspecto vago y mercantil de la capa superficial del neoliberalismo. Todas esas palabras y manifestaciones que por vender o totalizar han succionado los significados propios de lo que es nombrado y mostrado por el hombre. Esas palabras e imágenes chatarra que el neoliberalismo nos ha devuelto vacías de sentido no tienen que ser bienes públicos en un sentido civilizatorio. Son públicas en su intrascendencia, en su impostura, en su imposibilidad de construir.

Ahora, son, si acaso, palabras e imágenes curiosas e ingeniosas que se usan en el plano de la ignorancia y la inconsciencia.

Andrés Santamaría, Director de cine, @andres_tanto, Ig andres_santamaria_p

 

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