Todos los gobiernos, casi sin excepción, se plantean como una de sus prioridades hacer de Colombia un país más equitativo. Y una de las condiciones fundamentales para que exista equidad es propiciar condiciones para potenciar el capital humano ¿Qué papel juega en ese contexto la cultura? Hay quienes aún piensan que la cultura es sinónimo de bellas artes. Nada más equivocado. Tiendo a creer, que esa es una discusión superada, y entonces me estrello de frente con la realidad. Está superada en un círculo minúsculo, pues todavía es frecuente oír voces que tildan los procesos, las iniciativas y el trabajo cultural de las comunidades, con el adjetivo calificativo de: “lindo”. Esa, palabra tan frecuente cuando de describir procesos culturales se trata, parece ser el lugar común de quienes no entienden cuál es el verdadero papel de la cultura en una sociedad como la nuestra y la reducen a lo que Vargas Llosa ha calificado como la cultura espectáculo o entretenimiento.

En Colombia, de acuerdo con la ley, “cultura es el conjunto de rasgos distintivos, espirituales, materiales, intelectuales y emocionales que caracterizan a los grupos humanos y que comprende, más allá de las artes y las letras, modos de vida, derechos humanos, sistema de valores, tradiciones y creencias”. De esa aproximación se desprende que el trabajo en el sector cultural implica un reto enorme porque la cultura es esencial en la construcción de nuestra identidad a partir de la diversidad.

En un país que vivió 52 años de conflicto armado, que fue víctima del desplazamiento, donde los desplazados por fuerza, logran adaptarse o (des-adaptar) a nuevos territorios, a nuevas formas de ver el mundo, con la carga y la añoranza de un pasado, con el peso y la valoración de sus costumbres, que adoptan otras que no les son propias, y que generan conductas para sobrevivir en sociedad,  a veces por gusto o placer, otras porque toca;  reconstruir tejido social se vuelve una prioridad. Vivimos en un mundo cambiante, y a medida que crecemos adoptamos nuevos referentes; ese proceso es completamente distinto cuando se hace por obligación en virtud de la fuerza y el miedo.

¿Cómo se reconstruye tejido social?  Las dimensiones más trascendentes de la cultura son dos: los artistas con sus creaciones, se convierten en el termómetro de una sociedad; la cual interpretan desde su manera particular de ver el mundo. Ahí quedan el cine y la literatura, el teatro, la danza y la música, las artes plásticas. Para elogiar, criticar o simplemente para reflejar o dar cuenta de un momento de un hecho, de una vivencia. Y la segunda dimensión es en la construcción de tejido social.

El reto es grande. ¿De que sirve firmar la paz si no somos capaces como sociedad de asumir un cambio profundo en la manera de agenciar nuestras diferencias? Cada uno tiene el derecho a pensar cómo piensa, de acuerdo con su formación política e ideológica. Sin embargo ya es hora de que las palabras que repetimos sin cesar, se llenen de contenido: una de esas palabras es respeto. Respeto por la diferencia. Y es en la construcción de esos contenidos, donde la cultura es verdaderamente trascendente; es urgente aprender a sustanciar nuestras diferencias a través de la palabra, de la memoria, a hacer catarsis a través del hecho artístico, a mitigar el dolor de tanto sufrimiento, a lograr transformaciones sociales para una paz duradera.

Hacer de Colombia un país de lectores fue una apuesta del gobierno Santos en esa dirección: combatir la desigualdad a través del conocimiento y dotar a los colombianos de herramientas que les permitan, en civilidad dirimir sus puntos de vista antagónicos. Llegar con libros a todos los rincones de Colombia y atender con especial énfasis a la primera infancia nos deja la satisfacción de haber incrementado los índices de lectura a casi tres libros leídos por cada colombiano, una cifra que no se movía desde el 2010 donde el promedio era de 1.9 libros leídos por año.

Nos preparamos para el post conflicto instalando en las veredas donde se ubicaron los desmovilizados 20 bibliotecas públicas móviles donde compartían en torno a la lectura los ex combatientes de las farc y la población de la vereda. Hoy 16 de esas 20, siguen funcionando en condiciones de excelencia.

Colombia cuenta con una red de 1.500 bibliotecas públicas y un equipo de bibliotecarios y bibliotecarias comprometidos con su tarea; también con muchísimos profesores que creen verdaderamente en el poder trasformador de la lectura.

Muchos de esos “profes” son personas excepcionales; como el caso de Mariana Sanz de Santamaria una joven de 26 años, graduada de abogada de la Universidad de los Andes de Bogotá, activista y convencida de que la paz se logra con trabajo y con acciones, y quien dejó todo, y se inscribió en el programa de la ong Enseña por Colombia que hace parte de la red internacional “Teach for All” y que tiene como propósito que un día, todos los niños y niñas de Colombia tengan educación de calidad, seleccionando jóvenes profesionales de todas las carreras que estén dispuestos a enseñar por Colombia durante dos años en los lugares más vulnerables. A Mariana le correspondió Barú; un pequeño lugar sin agua, y muy pero muy pobre, que no se parece en nada al Barú de los grandes y lujosos complejos hoteleros que están cerca. Es una de las profes de la Institución Educativa Luis Felipe Cabrera administrada por la Fundación Fe y Alegría y atiende a más de 350 estudiantes. Su jornada empieza muy temprano y termina muy tarde. Y con todo tiene tiempo para recibir en su casa todas las noches, a Cheidi, una niña de 9 años, que descubrió su biblioteca y encontró en su casa la posibilidad de entrar a otros mundos, y juntas, cada noche sin falta leen en voz alta.

Mariana es un agente de cambio, ayuda a una educación de calidad a esos jóvenes pero sobre todo, ella se está formando para ser una líder que vive, siente y comprende las realidades de los más vulnerables y que a futuro sabrá proponer para Colombia estrategias y políticas públicas para que a través de la educación y la cultura, se logre el cambio y podamos vivir en el país en paz que nos merecemos. Cheidi, en todo caso ya es una niña distinta, que influirá positivamente en su comunidad, y el esfuerzo de Mariana valió toda la pena.

Este es uno de los miles de ejemplos de cómo se construye, con hechos, tejido social.

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