La gestión de la vida digna en lo local es el desafío que nos planteó esta crisis en nuestros países y nuestras ciudades. Lo creo como urbanista, arquitecto y ciudadano. Es legítimo soñar con el surgimiento de un gran movimiento social por la gestión de lo local.

Jóvenes de diversas partes del mundo han comenzado a limpiar la memoria y la escena urbana de las estatuas de quienes simbolizan -parodiando a Borges – la Historia Universal de la Infamia – . Y no hay que llamarse a engaño. Las estatuas se derriban o como acto simbólico que reafirma la caída de la infamia o como anuncio simbólico de que ha surgido la convicción de derribarla.

El derribo de las estatuas enerva y asusta hasta los tuétanos a sus actuales representantes y voceros. A los que creen que los “héroes” de las guerras de conquista, de la esclavitud, de la discriminación racial y étnica, de las masacres, de la persecución y los genocidios deben glorificarse como símbolos de la evolución humana, de la civilización y del progreso.

Tiemblan quienes creen y rezan ante la estatuaria de la infamia.
Así como se derrumban los mitos falaces, sus simbologías e iconografías y se caen de sus paraninfos las pretendidas superioridades de razas, dinastías, naciones y civilizaciones y la justificación del dominio a través de la violencia y la discriminación, es necesario acabar con el mito de que el enriquecimiento, el éxito y el progreso de una fracción mínima de la especie humana debe seguir siendo considerado, presentado y admitido como el patrimonio común de la humanidad y el resultado final y meritorio de la evolución humana. Ni la estatuaria de la infamia ni la narrativa de los privilegios y la inequidad son, ni pueden, ser exaltados como patrimonio común del género humano.

Entonces, ya no hay tiempo ni resignación para evadir realidades inocultables: estamos sumergidos en una crisis seria; los paradigmas y los eufemismos tradicionales se han agotado; no se trata de volver a la “normalidad” causante de la crisis; la vida de los discriminados de siempre no sobreaguará si se arrodillan a rezar e implorar a las estatuas de los privilegiados. Por tanto, este imaginario debe ser revisado, así como borrado el culto a su estatuaria.

Este incómodo preámbulo es para discutir el futuro de Bogotá y otras ciudades del país. A los problemas que tenían las ciudades al comenzar este siglo, se ha sumado ahora el de la crisis sanitaria y se sumará el efecto de la recesión económica. Para América Latina, el Fondo Monetario Internacional estima un decrecimiento de -10% para 2020. Como el efecto económico y social será de largo plazo y golpeará a una muy amplía franja de la población, no tiene ningún sentido ni lógica agitar la bandera del regreso a la “normalidad”. El asunto que tenemos de frente para pensar y resolver es el tipo de anormalidad que se nos viene.

Por eso, sin eufemismos ni supersticiones hay que asumir el desafío por la vida, desde la crisis y por la búsqueda de una salida de la misma. No para volver al mismo carrusel del desahucio. La voluntad de vivir va a tener que apoyarse en el principio insoslayable de: no más de lo mismo. Y esto sugiere que la reconstrucción de la ciudad para los ciudadanos habrá que explorarla por caminos distintos a la resurrección de héroes y heroínas y a la reconstrucción de pedestales y estatuas de salvadores y redentores. Como la crisis va a ser dura y larga, pulularán de nuevo los profetas que nos prometerán el descubrimiento y la escritura de los mandatos once, doce y trece de la tabla de los diez mandamientos.

Todos los análisis serios coinciden en que las consecuencias duras de la crisis sanitaria, económica y social recaerán sobre los países, las regiones, las ciudades, los hogares y las personas más pobres y desamparadas y golpearán el empleo, la economía, la educación, la salud y el hábitat. Para impedir que la vida de muchos se ahogue en los pantanos de la carencia, la pobreza, el atraso y el fracaso, es crucial emprender la gestión de la vida en lo local. Porque las promesas del teletrabajo, la educación y salud virtual, la vida informatizada no pasarán de ser ficciones para quienes tienen que afrontar el problema de suministrarse más de una comida al día.

Por eso, soy de los convencidos de que la gestión de la vida digna en lo local es el desafío que nos planteó esta crisis en nuestros países y nuestras ciudades. Y lo creo como urbanista, arquitecto y ciudadano. Por eso, es legítimo soñar con el surgimiento de un gran movimiento social por la gestión de lo local. Por la formación de grupos y liderazgos de gestores urbanos para lo local. Que se preocupen y nos muestren rutas para la educación, la salud, el empleo, la convivencia y el bienestar de sus congéneres aquí y ahora. Que descubran y nos enseñen como se reconstruye la vida, no como se construye un imperio o se esclaviza una raza. Creo sinceramente que, si no avanzamos en esa ruta, lo que se añadirá es otro capítulo a la Historia Universal de la Infamia.

*Juan Carlos del Castillo, arquitecto, PhD en urbanismo

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