Carta abierta a un tío uribista

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Hola tío.

Espero que todo esté bien en tu casa, que los primos sigan creciendo y formándose como buenos profesionales y que todos gocen de buena salud y bienestar. Y espero que todo esté bien porque sé que la situación social y económica del país no es la mejor: En este momento hay una gran escasez de empleo, la cual vivo en carne propia, una devaluación que sube y baja de manera vertiginosa y también un alza tremenda del costo de la vida y de los bienes básicos. Esta es una suma de factores problemática para cualquier sociedad y fue por eso, te confieso, que salí a marchar durante meses el año pasado, teniendo que encarar el apelativo de vándalo y subversivo por el simple hecho de luchar por mis derechos. Yo, a diferencia tuya, he vivido un poco más drásticamente la desigualdad que impera en este país y considero que el último gobierno no supo cómo encarar dicha realidad y gobernó de espaldas a las personas más humildes, que constituyen las bases sobre las cuales se cimienta este país.

No quiero que sientas que te culpo. La culpa se genera cuando hay dolo y creo que en ti no ha habido una intención expresa de llevar al país por el camino maltrecho por el que camina hoy en día y que nos tiene en esta situación tan tensa. Nadie es adivino para saber si el candidato por el que vota va a hacer las cosas bien o no. Uno puede, simplemente, observar y entrever sus propuestas, proyectarlas en el tiempo, y esperar que eso que propone sea cumplido a cabalidad y que, además, de buenos resultados. Pero seamos sinceros: la política no funciona así. La política, en nuestro país, a duras penas funciona. Me parece sin embargo prudente hacerte un llamado de atención. Uno que parte del amor que afortunadamente nos tenemos el uno al otro, y que muchas familias tal vez no tengan el privilegio de compartir entre sus miembros. Nosotros, a pesar de nuestras diferencias, hemos sabido cómo dialogar. Somos seres sentipensantes, demócratas y ambos buscamos lo mejor para nuestro país, nuestras familias y nuestro futuro.

El próximo 19 de junio ambos vamos a ir a las urnas para escoger un proyecto político y, creo yo, el que tú vas a escoger es diferente al mío. Como lo fue durante las elecciones pasadas y como lo fue el fatídico día en el cual, por poco más de 50.000 votos, Colombia decidió decirle “no” a la paz. Algo que si te soy sincero todavía me duele. Y me duele no solo eso, sino también el hecho de que cada vez que he participado de elecciones desde que empecé a ejercer mi derecho al voto he perdido, y no solo he perdido yo, sino que tú has ganado. La pregunta que te hago es ¿realmente has ganado algo? ¿y el país ha ganado algo? ¿Y yo, tu sobrino, he ganado algo? ¿Algo real, palpable, que podamos decir que nos dieron aquellos que has elegido?

Los últimos gobiernos (a excepción del segundo gobierno de Juan Manuel Santos) los has puesto tú. Me atrevería a decir que desde el año 2002 eres uno de esos colombianos que disfruta de la democracia, porque cada vez que participa gana. Claro está que las cosas han mejorado en términos generales. Yo no conocí el país sangriento y atiborrado de bombas en el que tu tuviste que vivir. Sé que es difícil juzgar sin haber vivido los momentos y las coyunturas históricas que tu si presenciaste. Sin embargo, no quiero que pienses que mi juventud me impide generar mis propios raciocinios profundos acerca de la historia y la política de mi país. Ni tu ni yo vivimos el holocausto y no necesitamos hacerlo para saber que estuvo mal. Mi llamado de atención va justamente dirigido a esa reflexión: Tu, como ser victorioso de la democracia ultraderechista de nuestro país, puedes mirar hacia atrás y sentir que las cosas están bien gracias a la mano dura y beligerante de los gobiernos que has elegido, o puedes tener una mirada más crítica y comprender que vivimos en un Estado medio fallido en donde las cosas funcionan principalmente por dos factores: Por la inercia y por el narcotráfico. La inercia de ser un pueblo -como lo dice un cantante de mi generación- “sin piernas pero que camina”, y por el narcotráfico, que aprendió bien del anti-ejemplo de Pablo Escobar, y ahora opera entre las sombras y no construye barrios populares ni participa en política ni pone bombas en las urbes. Son dos puntos de vista, ambos válidos. Yo, más que creer que el progreso de nuestro país se haya dado por la seguridad democrática, soy un fiel creyente de que la historia humana se va depurando lentamente de sus delirios violentos, del autoritarismo y la soberbia y va buscando de manera progresiva su bienestar a través de la inclusión de la diferencia, y creo que es en principio eso lo que nos ha hecho mejorar como sociedad.

Este es, sin embargo, un punto de vista citadino y privilegiado – tanto como el tuyo – pues no hemos tenido que vivir el abandono del Estado ni tampoco su violencia, que es algo que sí viven las personas que habitan el campo. Yo no soy un líder social amenazado ni tampoco un falso positivo hablando desde el más allá, sin embargo, aquello que nos diferencia es que yo estoy aquí hablando un poco por ellos y un poco por mí, pues ojalá no tengamos que vivir nunca más gobiernos que utilicen a las fuerzas armadas como un aparato para silenciar a sus opositores ni tampoco financien y hagan guiños a los ejércitos paraestatales para hacer el trabajo sucio que ellos no pueden hacer. Ojalá no volvamos a tener nunca un gobierno que normaliza a una policía que dispara contra sus jóvenes cuando estos protestan por el hambre y la falta de oportunidades, como nos sucedió hace pocos meses. El llamado de atención va orientado entonces a que antes de ir a las urnas te tomes un tiempo para reflexionar acerca de la persona y el proyecto por el que vas a votar.

Sé que hay un personaje que se ha llevado el corazón de muchos gracias a su manera directa de hablar y a su ligereza al momento de referirse a sus enemigos y contendores. Uno que, como tú, también es ingeniero, además de ser millonario y tener como bandera la lucha anticorrupción, cosas que sé que te atraen más que un “exguerrillero” izquierdista con ínfulas mesiánicas. Este candidato, que tú puedes ver como un ser inofensivo, a mí me causa profundo temor y lo veo como un ser incapaz de dirigir nuestra nación y lo hago principalmente por aquello que tú me has enseñado a lo largo de mi vida: Tú, que me has enseñado a discernir, deberías tener en cuenta que no porque alguien diga que no es corrupto significa que no lo sea. Tú, que me has hablado siempre desde el respeto, deberías considerar dos veces antes de votar por alguien que no demuestra ningún respeto hacia su interlocutor y hacia sus subalternos. Tú, que eres un demócrata, deberías considerar antes de votar por alguien que plantea desde antes de su posesión declarar Estado de emergencia y que dice “limpiarse el culo con la ley”. Tú, que me enseñaste sobre la virtud del ser humano como un ser que debe respetar las normas y que te has construido a pulso, deberías pensar dos veces antes de darle tu voto a una persona que obliga a prevaricar a otros para beneficiarse a sí mismo con coimas. Tú, que me explicaste a fondo cómo funcionaba la corrupción en el mundo de la licitación pública, deberías tener una posición férrea en contra de quien está imputado por interés indebido en celebración de contratos.

Entiendo de manera profunda que nuestras posturas políticas surgen a partir de nuestras condiciones de vida y de nuestros condicionamientos: de aquello que nos ocupa la mente y de las ideas que nos hemos construido, las cuales plantean una posible solución a todo lo que nos acongoja en el día a día. Como decía el gran filósofo y pensador Estanislao Zuleta la ideología es un “error encarnado” y se puede entender como un “conjunto inmenso de opiniones en las que tenemos una confianza loca”. Ambos estamos, lastimosamente, atravesados por ella y nadie en su sano juicio puede decir que la trasciende. Como seres humanos siempre estaremos sesgados, por lo cual lo más sensato es asumir que no tengo la razón al decirte que es mejor el proyecto político por el cual yo me he decidido inclinar. Sin embargo, Zuleta también afirma que “la única autoridad que la ciencia admite es la demostración”. La pregunta entonces es ¿Qué nos demuestra el candidato octogenario? ¿Qué relación puede tener con las generaciones más jóvenes que claman por empleo y educación más allá de ser el candidato del tik-tok? ¿Qué relación guarda este ser decimonónico con las necesidades afirmativas que necesitan las mujeres para adquirir la igualdad y la justicia tanto jurídica, económica y social cuando afirma expresamente que deberían estar en la casa? ¿Qué puede este candidato imputado brindarle al país materia de lucha contra la corrupción cuando buscó – presuntamente – beneficiar a su hijo con una coima de 1?5 millones de dólares cuando ejercía como alcalde? ¿Qué cercanía puede tener este hombre con las regiones cuando desconoce cómo se llaman, dónde quedan y cuáles son sus capitales? ¿Qué nos puede traer de “cambio” una persona que ve a los pobres como vaquitas lecheras que solo sirven para engrosar su abultada fortuna a través de deudas vitalicias?

El país necesita madurar y para ello tenemos que dejar de sentir la política en las entrañas y hacerla ascender a nuestra mente y de manera sensata observar qué tenemos enfrente. Votar por un candidato por miedo al otro, aun cuando es un candidato vacío, grosero, sin propuestas ni la cabeza para enfrentar los debates con argumentos, es botar el país a la deriva de un posible autoritarismo y a nuevos ciclos de violencia: no causados por los jóvenes marchantes como nos quieren hacer creer, sino por los mismos violentos de siempre que mandan sobre los territorios a través del imperio del miedo, y que necesitan soluciones estructurales para salir de una vez de esas dinámicas de violencia. Estas soluciones estructurales no van a caer del cielo, sino que parten de tener en el gobierno personas que sepan y comprendan la pluralidad de realidades que hay en este país. Un equipo lleno de diversidad que comprenda que la desigualdad, el abandono y la exclusión son el gran culpable de todos nuestros males. Todas estas cosas son las que debemos reflexionar antes de depositar nuestro voto y dejar que el esfero que marca una de las dos opciones sea guiada por el odio o por el miedo.

Tío, te quiero y no dejaré de hacerlo porque nuestras posturas políticas sean diferentes y termines eligiendo a lo que según tú es el mal mejor, pero si de algo sirve te invito observar al candidato por el que vas a votar de una manera objetiva y crítica y pregúntate si ese es, realmente, el mal mejor.

*Martín Zamudio. Politólogo y periodista. @MartinZamudioE

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