Carta a mi maestra

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Querida Aleyda, ayer amaneció lloviendo y como no pude ir a clases, me mandaste a leer un libro para la próxima semana; coincidencialmente, encontré un libro de Antón Makarenko, uno de los pedagogos más grandes que tuvo la antigua Unión Soviética. Mejor hablemos de los escritores rusos, para no entrar en problemas con los separatistas rusos, aquel escritor de quien Máximo Gorki escribiera “que hombre tan asombroso es usted, el libro se llama ‘problemas en la educación soviética’”.

Siempre he tenido especial predilección por los escritores rusos, porque en cierta medida me inicié en ellos. ¿Cómo olvidar a Dostoievski, Gorki, Nabokov, Chejov? ¿Cómo olvidar ese famoso clásico como lo es el Dr. Zhivago, que un día me hizo sollozar, porque de niño uno no quiere que mueran sus héroes? A mi entender, el Dr. no muere en la guerra ni en la paz de Tolstoi, pero muere de amor y morir de amor será ¿heroísmo o martirio? Como te comentaba, me había distanciado de los escritores rusos, no por razones de pensamiento o ideología. Lo que sucede es que cuando te estaba escribiendo esta carta, cayó una gota de amargura en mi tintero, al recordar a otro tristemente célebre ruso. – ¿Sabes quién es? – Te voy a dar algunas pistas: le decían el ingeniero de almas, el hombre de hierro, que rompió su amistad con Hitler porque le invadió Rusia. Bueno, si no sabes, te lo voy a decir: es Stalin; por el mal hábito de no olvidar porque soy un tauro, ese nombre siempre se me ha asociado con el archipiélago de GULAG; olvidemos a Stalin por un momento, pero te prometo que en esta carta no va a quedar títere con cabeza.

No vayas a creer que cometí un parricidio con los escritores rusos; sucede que a medida que uno va creciendo, va despejando ciertas dudas como, por ejemplo, las cigarras de Rusia no cantan igual a las nuestras y la Lolita de Nabokov es frívola y fría comparada con las desaforadas y ardientes lolitas de nuestro trópico.

Aleyda, volvamos al tema del resumen del libro. Te comento que se me presentó un dilema al encontrar un libro de Fernando Savater, llamado “El valor de educar”. De este autor poco conocía y desprevenidamente leí una entrevista que un periódico capitalino le hizo cuando vino a Colombia. Dicha entrevista no me dijo nada o poco me interesó, porque eran las mismas preguntas estúpidas que hacen los periodistas. Te voy a hacer muy sincero: no quiero hacer resúmenes ni sinopsis de estos libros. Desde niño siempre he odiado hacer esto. Más bien he tenido una actitud crítica de rechazo o adhesión a cualquier autor, porque un libro se lee para la vida, nunca para complacer a un maestro. – ¿Cómo sería si los escritores escribieran sus libros para satisfacer la o buscar la complacencia de los críticos? – Sería fatal. Para mí, era hostigante, un castigo, cuando el profe de literatura nos decía: “dentro de ocho días traer el resumen de la Ilíada o la Odisea”. Yo sabía de antemano todas las peripecias del mercenario Aquiles y sus guerreros en el vasto universo de sus aventuras. Transcurrida esa semana, se veía en el descanso el comercio jamás visto: cambiaba el resumen de la Ilíada por la Odisea o viceversa. A este profesor alguna vez tuve que decirle la frase proferida por el hijo del telegrafista de Aracataca: “Los escritores haríamos mejor negocio, no escribiendo los libros originales, sino las sinopsis para bachilleres”.

Esta mañana, sacando en mi violín una de las estaciones de Vivaldi, te asocié con la lluvia de primavera de Turgenev; cuando te vi por primera vez caminando por el malecón de los abuelos, caminabas en puntillas para no pisar las flores; cuando te sentaste junto a mí, no sé si lo hacías con intención, pero no he podido olvidar ese botón que faltaba en tu blusa celeste y dejaba entrever un hermoso y turgente seno, redondo y duro como una manzana, sostenido por ese delicado encaje blanco, el encaje de mis fantasías y pecados.

El mundo es para los soñadores; no sé porque hoy me levanté pensando en ti y en esa frase; la verdad, no recuerdo quien la dijo, y si no es de nadie, me perdonarás, pero son esas pirotecnias intelectuales que a veces tengo. Si es cierta esa frase, el pendejo de Jairo ya es dueño del mundo, porque todos los días se te duerme en clases.

Querida profesora, quiero que tengamos un poco más de imaginación. No sé cómo vas a hacer para que Jairo no se duerma más en clases; no sé qué voy a hacer para exorcizar y sacar de mi cabeza de una vez por todas la manzana del encaje. ¿Cómo vas a hacer para que no llueva y no tener que mandarme a leer más libros, porque tú sabes que soy un hombre dulce y no me puedo mojar? No sé qué voy a hacer para no comer más los caramelos que, furtiva y sigilosamente, le hurto a mi mejor amiga. No sé qué vas a hacer para entender que ya he crecido y decirle a mi madre, tíos, que no me regalen más caballos de palo el día de mi cumpleaños. La verdad, Aleyda, no sé qué vamos a hacer los dos. 

Lo que sí sé es que todas las noches, cuando me acuesto y abrazo mi almohada, suspiro por vos; muchas veces me levanto y miro la luna, aquella luna plateada y consentida de la cual una vez te pregunté que por qué no se caía del cielo y tu respuesta fue una sonrisa y un beso en mi frente. No sé si era que no sabías o no querías dañar mi fantasía, explicándome la Ley de Newton. Ayer por la tarde, tomé de la cacharrería de Samuel una moña para tu cumpleaños, porque me gusta verte con ese cabello recogido, te ves linda, con esa belleza hierática, grave y extraña, parecida a un guerrero mongol; son muestras de mi cariño, a mi manera.

Aleyda, ya han sonado las campanas del reloj en la vieja iglesia. Una bandada de palomas abandona el árbol que está junto a mi ventana y la lluvia sigue cayendo sutilmente sobre las lustrosas avenidas. Un abuelo abandona el último fortín de su supervivencia: su puesto de dulces; un gato pasa raudo la desierta calle, perdiéndose en el infinito. Yo aquí sigo mirando con indiferencia cómo pasan los últimos chavales del colegio. Uno de ellos me saluda y me dice: “qué tragedia con este invierno”.

Aunque el día amaneció verde y azul, hoy estoy aquí sin esperanzas, viendo caer la lluvia. De todas formas, ha llegado el invierno, profe. En esta soledad nada pasa, nada sucede, solo el gato que vuelve a cruzar la calle. A veces he pensado que la literatura es basura, porque cuando llegan esas tardes grises y mandarinas preguntándome y embriagándome de ti, no sé qué decirles ni qué escribirles, solo decirles que esto es un imposible. 

Cuando leas esta carta, pensarás con una trémula sonrisa que todo lo mío es fantasía. No te importará que, desde aquí, es imposible no moverse, no pensarte, no caminar, trafagar en este cruel invierno. Ya ves que desde aquí no he hecho sino ver la calle vacía, la lluvia y pensar que la literatura es basura. Hoy será una oportunidad para guardar bajo juramento mi última palabra antes que termine este día y no me importe si el gato vuelve a cruzar la calle. 

Profe, en estos momentos, me doy por vencido; no quiero saber nada de la lluvia, ni del puto felino que vuelve a cruzar la calle por décima vez; si no fuera porque todos los días te va a recoger ese señor, entrado en años, alto, de lentes bifocales del carro azul, la luna se compadecería de mí y todas las noches entrada la primavera, tomados de la mano, fuéramos al balcón verde – lila de la calle Murillo y yo te regalaría una camelia.

Hoy no quiero hacer nada, redactar resúmenes, leer libros, no hacer un carajo, mucho menos tocar el violín: solo pensarla y dormirme entre sus brazos.

Atte, Manuel.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 – 2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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