Catalina

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Catalina

Elisa Mújica

Alfaguara

162 páginas

Una bellísima carátula, con la imagen casi completa de Adolescencia (1937) -una de las obras icónicas de Débora Arango- invita a tomar en las manos el libro que hoy se queda en la Biblioteca Diaria de La Línea del Medio. Es que esta portada es irresistible: los colores, los volúmenes y la composición de la más atrevida y más valiente pintora antioqueña del siglo pasado, y superpuestos en la margen superior izquierda el nombre del libro y de la autora: Catalina, de Elisa Mújica.

Pero ¿quién es Elisa Mújica (ni siquiera es Mujica, es Mújica)? Una nueva escritora, me dije. Entonces abrí las páginas del libro y lo primero que me encontré es un prólogo bellísimo de Pilar Quintana que se pregunta “¿Por qué nadie me habló de Elisa Mújica?” Es que resulta que ni a ella, ni a otros autores de reseñas que luego consulté, como Gloria Susana Esquivel o Camilo Hoyos -reseñas publicadas en el número 167 de la revista Arcadia-, nadie ni nada les había puesto el nombre de Mújica en el panorama. Ni qué decir a mí, que apenas soy un mediocre lector aficionado.

Como les decía, esa precisamente es la pregunta que se hace Pilar Quintana en el prólogo del libro. ¿Y qué se se responde? Que no parece haber una explicación distinta al silenciamiento, intencionado o por negligencia, por parte del pensamiento machista en Colombia, de la voz de la mujer y de la literatura femenina.

Elisa Mújica (1918 – 2003) fue una santandereana que empezó a descubrir la literatura escrita por mujeres a los siete años; se mudó a Bogotá con su familia y se vio obligada a trabajar para sostenerse. Ocupó el cargo de secretaria del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo y, más tarde, ejerció el mismo oficio en la embajada de Colombia en Ecuador. También vivió en Madrid. Fue marxista y trabajó para el partido Socialista Colombiano, movimiento del que luego renegó para declarase católica practicante (circunstancia que me hace valorarle más: su vida se la pasó rompiendo esquemas, incluso los míos, anticatólico como soy). Además vivió soltera, con lo que esto pudo significar en ese momento en este país. Tampoco tuvo hijos.

Escribió libros de cuentos y novelas. Catalina, de 1963, está considerada su más importante. Cuenta la historia de una mujer de principios de siglo en Colombia, maltratada por su marido y estéril luego un accidente, obligada a callar para poder sobrevivir. Después de saber esto me impactó aún más la portada de este libro con la obra de Débora Arango, porque las dos, a mediados del siglo pasado, denunciaron la violencia contra la mujer y hablaron de lo femenino cuando no se debía.

Tengo una amiga maravillosa, una editora prodigiosa, Luz Ofelia Jaramillo, quien alguna vez se quejó conmigo de que nunca había podido leer un solo escritor colombiano, hombre, que no sea misógino. Le voy a recomendar este libro. Reforzará su teoría.

Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave

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