En medio de una protesta en el día de ayer, indígenas de la comunidad Misak del Cauca derribaron la estatua de Sebastian de Belalcázar, legendario conquistador español, ubicada en el Morro de Tulcán en Popayán.

La indignación que ha despertado la caída de un símbolo del pasado colonial debería aplicar para indignarnos frente al panorama crítico del Cauca. Miren ustedes: cuenta hoy en día con los niveles más bajos de desarrollo y de producción con respecto a otros departamentos del país. Contribuye un escaso 2.3% del Producto Interno Nacional. El 46.4% de su población presenta necesidades básicas insatisfechas, 24 de los 42 municipios tienen niveles altos de pobreza, el 41.5% no alcanza a cubrir sus gastos mínimos con sus ingresos, cuenta con una tasa de 36.6% con población desnutrida, el 33% de sus habitantes en edad escolar se encuentra por fuera del sistema educativo, la tasa de analfabetismo alcanza el 12.1% y, en la zona Pacífica, hasta 39%.

El Cauca ha conservado sus prácticas políticas tradicionales, así como le ha gustado conservar el patrimonio histórico. Ha hecho de la corrupción política algo natural e inevitable. La corrupción se ve reflejada hoy en día en la precaria capacidad de gestión, en el desvío de recursos públicos y en el clientelismo.

Popayán cuenta con uno de los índices más altos de desempleo del país casi el 18% antes de la pandemia y sus niveles de inseguridad han aumentado de manera notable; vemos con preocupación el incremento de bandas criminales organizadas dedicadas al lavado de activos, a la extorsión, hurto y sicariato.

Si a lo anterior le sumamos el deterioro de la ciudad en su malla vial, en el espacio público y en el precario e indignante sistema de transporte público, podríamos concluir que Popayán se encuentra en un proceso acelerado de degradación.

No podemos pretender que se pueda conservar el pasado sino trabajamos por el presente y futuro de la región y de sus comunidades. No podemos tampoco arroparnos con las historias de los antepasados, muchas veces oscuras, si queremos romper el círculo vicioso casi eterno entre violencia, pobreza y analfabetismo.

La comunidad en general está en el deber y en la obligación de exigirle a sus gobernantes mayor gestión, efectiva, para solucionar las problemáticas antes descritas. La política es acción; la contemplación hay que dejársela a las estatuas.

*Jairo Hernán Ortiz Ocampo: Filósofo, Magister en Ciencia Política, Doctorando en Ciencia Politica. Docente Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, Universidad del Cauca. Director Grupo de Investigación Problemas Regionales y Derechos Humanos.

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