Ciencia, paz y Fajardo

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El código, sin misterio alguno y en nombre de la verdad, es un frente unitario de la Esperanza, por fuera de los extremos, que aísle y derrote la vulgaridad como modus operandi de la política.

Durante el período de la Segunda Guerra Mundial, Alan Turing, matemático y criptoanalista de origen inglés, realizó una extraordinaria contribución a la paz, al aportar de forma decisiva a la tarea de decodificación de la máquina Enigma, un dispositivo cifrado utilizado por el régimen nazi y sus fuerzas armadas en el intercambio militar y en la diplomacia ultra secreta de primer nivel. Sus logros en el criptoanálisis de los planes navales de los nazis, según la opinión de serios historiadores, redujeron el tiempo de la guerra en más de dos años y le ahorraron al mundo millones de muertes. Alan Turing es considerado uno de los padres del desarrollo teórico de la ciencia computacional y de la inteligencia artificial.

Por razones familiares, tengo relación con la Universidad de Utrecht y fue el profesor portugués Cosme Mesquita da Cunha quien, más allá de los antecedentes generales que conocía de Turing, por medio de una nota editorial de la revista universitaria Scope, motivó mi interés por este gran hombre de ciencia y hacedor de paz que resolvió con su descubrimiento un problema de claves y números y, sobretodo, desbrozó una ruta de alcance práctico hacia la paz universal.

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La condición homosexual de este científico trajo consigo persecución y discriminación, siendo acusado de “indecencia grave” en 1952. Tras haber salvado millones de vidas descifrando el Enigma, no pudo escapar a los siniestros códigos sociales de la época, algunos aún vigentes en nuestro medio. Su destino estaba moldeado por códigos: salvó vidas descifrándolos, mas no pudo eludir aquellos códigos del comportamiento social, los mismos que hacen apología de la venganza y el odio, aquellos que aparecen en todas partes y hoy particularmente en las redes. Son los códigos que fijan pautas morales o ideológicas, estéticas, en los lenguajes, en los computadores y teléfonos móviles, en la música y terminan dictando el texto de nuestras vidas y regulando nuestras realidades.

A Fajardo los rústicos disparadores de bodoques desde las cerbatanas mediáticas lo acusan de ver ballenas, de dictar clase, de no participar en las grescas vulgares del debate público colombiano, de cerrar los ojos, de ser elusivo, de envolver los años en índigo y de las derrotas ajenas o de las victorias en el paleolítico mundo de la polarización. Empero nadie lo acusa con pruebas de irregularidad alguna o de haber proclamado falsedades. Es matemático y cree en la fuerza precisa y demoledora de la verdad.

Como lo señala el profesor Mesquita da Cunha, cuando tratamos de escapar de los códigos por tener diferencias frente a ellos o simplemente, tal el caso de Fajardo, por tener respuestas propias, necesitamos probar la validez de nuestras ideas y desafiar las contra narrativas de la provocación. Los detractores persisten en la provocación: el estereotipo del líder bravío, ofensivo, en el límite de la decencia, desafiante, con “perrengue”, es lo que necesitas, le dicen. Fajardo hace de la serenidad su mantra mientras los detractores le gritan, como al vendado de la fiesta popular cuando se acerca a los cuartos traseros del burro para fijar su cola en la cartulina: tibio, tibio. Fajardo avanza en su comunicación sobre redes sin alterar un ápice la sobriedad de su estilo y su afabilidad. Los enemigos se descomponen.

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Ciencia y paz son dos alas de un mismo pájaro. No pueden ser conductores de paz aquellos que inhalan pólvora para hablar. No es lo que necesita Colombia; no es lo que quiere la nación. Conocimiento del país en los territorios, relación sustancial con el desarrollo tecnológico y la innovación, apoyo nítido a las Mipymes, educación y formación profesional, seguridad con civilidad y ciudadanía, mujer, campesinado, infancia y juventud. Propuestas con detalle para forjar compromisos. Y un reposicionamiento de la paz y su proceso para impulsar y corregir desde el conocimiento, la innovación social y la cooperación. Conozco por razones profesionales y familiares trabajos científicos, estudios etnográficos, multidisciplinares sobre temas como la leishmaniasis cutánea y sus contextos sociológicos, antropológicos, sanitarios y terapeúticos. Y las tareas de grupos con base de conocimiento en arte y reconciliación, en los temas de la cultura del perdón y la reconstrucción de nexos comunitarios fundados en diálogos que se creían imposibles. Fajardo se nutre del conocimiento de la gente que sabe y no de los manipuladores incendiarios de la animosidad.

En tiempos como los presentes, todos somos codificadores y la vida transcurre en flujo. Cada día creamos o perpetuamos códigos, sucumbimos a lo novedoso, impulsamos tendencias en el pensamiento, el vestuario, la música y el entretenimiento, también en el herramental tecnológico y en la vida laboral. Los escritores y articulistas mostramos acuerdo o rechazo ante diversos códigos.

El proceso de Fajardo está tomando forma mientras el caudillismo vulgar pierde terreno y se deshace en medio de peleas intestinas y viscerales como las pinturas de Francis Bacon. La Coalición de la Esperanza ha recibido el influjo de la personería reconocida al Nuevo Liberalismo, y nuevas organizaciones se acercan. Sería deseable que conservadores progresistas vinieran a engrosar sus filas como lo están haciendo los jóvenes en las regiones. El código, sin misterio alguno y en nombre de la verdad, es un frente unitario de la Esperanza, por fuera de los extremos, que aísle y derrote la vulgaridad como modus operandi de la política.

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Fajardo tiene equipos de alta condición profesional trabajando en la forja de proposiciones de hondo calado democrático y alta factibilidad. Su método ordenado aplica un filtro para la priorización eficaz y discreta. Alan Turing podría inspirar algunas visiones compartidas: pluralismo, diálogo entre diferentes, ciudadanía, autoridad democrática, rigor, seriedad. Turing fue matemático, filósofo, biólogo, corredor de larga distancia y dueño de atributos a tener en cuenta. Si los ciudadanos continúan rodeando a Fajardo hay razón para el optimismo. Ellos van a frenar a los enemigos del Profesor. Ya no estamos hace 70 años cuando una manzana con veneno cianhídrico causó la muerte de Alan Turing. Sergio Fajardo tiene carisma porque no finge y se comunica tranquilamente con la gente. Esos millones de compatriotas privilegian la sinceridad y la verdad sobre la ofensa.

*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, @juanalfredopin1

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