Nadie que gobierne desde la opinión lo hará bien y es deber de todos nosotros detenernos frente a esta ola de opinionitis y empezar a ver el mundo como realmente es.

A la larga lista de nombres que le damos a las formas de gobierno -democracia, tiranía, monarquía, dictadura, tecnocracia – , hay una nueva definición que explica muy bien lo que hemos vivido en este 2020: claptrapocracia. Define el diccionario Cambridge la palabra Claptrap como un sustantivo que indica “charla tonta que no significa nada y no se debe creer”.

Este arte de gobernar desde la estupidez ha sido resaltado recientemente por el columnista del diario inglés The Guardian Séamas O’Reilly para destacar que el manejo de la pandemia de Covid-19 del gobierno de Irlanda no es buena, pero, comparada con su vecino inglés, se ve fantástica.

El caso colombiano es idéntico. Las estúpidas decisiones de nuestro gobierno frente a la pandemia se opacan frente a las demenciales – y genocidas – decisiones de los gobiernos de Estados Unidos, México, Nicaragua, Venezuela, Brasil y Bolivia en la región. Básicamente, son decisiones orientadas a hacer creer que “es una gripita” (Brasil), “con Biblia en mano estamos protegidos” (Bolivia) o simplemente “no existe” (Nicaragua y Venezuela), “si son ricos, tienen riesgo; si son pobres, no” (México), “usen cloro” (Estados Unidos), lo cual no es comparable con la simple estupidez de “no es el momento de cerrar las ciudades” de la ministra del interior de Colombia Alicia Arango.

En el caso económico, el club en el que entran Venezuela y Argentina, junto a Irak, Cuba, Ghana y Zimbabue, de múltiples tipos de cambio, cinco en Venezuela, más de diez – realmente no se sabe – en Argentina -, ha permitido que la economía colombiana ascienda al tercer lugar detrás de Brasil y México ante el desastre de aquellas dos economías quebradas. La dolarización de Panamá y Ecuador para detener espirales inflacionistas, que demuestran la incapacidad de contención al producir moneda propia, nos lleva a pensar en Colombia como un gobierno eficaz en lo económico.

En el caso de la salud y la educación parecería que hemos construido unos de los mejores no solo modelos sino sistemas de la región – y posiblemente del mundo -, que nos llevan a ser admitidos a la OCDE.

Sin embargo, en nuestro día a día, no parece que el manejo de la pandemia sea el correcto cuando pasamos de 100 muertos diarios a finales de junio a 300 muertos diarios en el mes de julio; no nos parece que tengamos una economía sólida cuando no podemos soportar vía crédito, ahorro o solidaridad una cuarentena; no nos parece que el sistema educativo sea bueno cuando los maestros mandan 60 fotocopias de actividades sin sentido para el trabajo en el hogar; no nos parece que el sistema de salud sea eficiente cuando hacemos filas de cuatro horas para reclamar medicamentos. ¿Qué es lo que sucede?

El problema lo tocó el columnista Germán Peña al inicio del gobierno de Duque, Pablo Robledo a un año de presidencia, Iván Gallo al inicio de la epidemia este 2020 y lo puso en escena pública el editor del diario El Espectador ahora a finales de julio, solo como reflejo de lo que se ha convertido en redes y caricaturas políticas en una moda más prolífica que las burlas al presidente Julio César Turbay Ayala.

Más allá de que este gobierno haya superado en el índice de escarnio público al doctor Turbay o en desprestigio al del doctor Pastrana Jr., lo que debemos destacar es que la nuestra es la época de la opinión, ese arte de construir una “charla tonta que no significa nada y no se debe creer”. La opinión es la fuerza en la que se esconden el extremo derecho de El Parche del Capuchino y el extremo izquierdo del Cuarto de Hora, con lo que la ‘verdad’ se vuelve un valor de uso, de intercambio, según convenga.

Nadie que gobierne desde la opinión lo hará bien y es deber de todos nosotros detenernos frente a esta ola de opinionitis y empezar a ver el mundo como realmente es y como realmente queremos que sea para no resignarnos a vivir en el nuevo imperio de la claptrapocracia capaz de elegir como fiscal a Néstor Humberto o a Francisco.

* David Camargo, docente asociado Universidad Antonio Nariño, científico analista de datos, asesor en políticas públicas con doctorado en el área de reconstrucción centrado en consecuencias de la guerra sobre la propiedad de la tierra.

1 COMENTARIO

  1. Que buena definición para un gobierno que engañó al pueblo desde el inicio de su campaña electoral. Claptrapocracia y seguiremos así por otros dos años por lo menos.

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