Coalición de la Esperanza

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Sacado de La Opinión

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De la Coalición de la Esperanza saldrá el gran concordador por consulta popular. Los demócratas votando masivamente para elegir un vocero o vocera de unidad, con legitimidad aglutinante.

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La fractura social que se manifestó durante las últimas décadas y continúa profundizándose en la pandemia tiene dos expresiones abominables: la indolencia ante la muerte de miles que es tratada por el lenguaje oficial como estadística y por muchas personas como parte de lo inevitable y el desempleo, que tiene a diez millones con dos raciones al día y a la mitad de las unidades económicas por fuera de la economía institucional. El hartazgo y la sensación de No Futuro cunden entre la juventud y las mujeres. Miles de colombianas regresaron al trabajo en casa no por voluntad sino por un sistema que no genera suficientes oportunidades, ni remunera el cuidado y las maltrata cultural y físicamente. La curva aspiracional está por el piso, los jóvenes desertan del sistema educativo por razones económicas y porque la educación no desbroza espacios laborales, lo cual refuerza la frustración.

Empero, lo peor ha sido el retorno a un estado de violencia cotidiana. A ello ha contribuido la generalización de la actitud insolidaria y el “sálvese quien pueda”, con civiles armados y el lumpen empoderado por ausencia de autoridad civil y de reconocimiento jerárquico, el desdén del gobierno hacia el proceso de paz, la proliferación de grupos de jóvenes incluidos inmigrantes en bandas criminales, y narco disidencias; se ha configurado un escenario donde la inseguridad tanto rural como urbana y las masacres son la noticia de todos los días. Una sociedad rota, sin convergencia, en la cual campean las manifestaciones de corrupción y desarraigo ético, donde los pregoneros de las extremas son fogoneros de la violencia fratricida y el gansterismo es el negocio más exitoso.

Surge en ese contexto la Coalición de la Esperanza como una opción creciente, una alternativa ante la dinámica de los extremos que nos ha sumido en la polarización y en la fragmentación. Una convergencia con sentido de ejercicio de los derechos constitucionales, mas también con claro y sobrio ejercicio de la autoridad democrática, una fuerza conductora con capacidad de control de los abusos de autoridad pero implacable contra el terrorismo de toda procedencia.

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La antigüedad romana veneraba a la diosa Concordia Augusta como símbolo del acuerdo, el entendimiento y la paz duradera. En Grecia, era Harmonía, símbolo de comprensión y equilibrio matrimoniales, asociado a deidades femeninas como Securitas y Fortuna. En variadas expresiones del arte, esta diosa se representa con un manto largo, portando una patera como un cuenco para las ceremonias y sacrificios, una cornucopia para recordarnos que la solidaridad requiere solvencia y un caduceo, señal de paz y salud. La Coalición de la Esperanza será para Colombia la voz de la concordia, una tarea de gran magnitud y sentido histórico.

De la Coalición de la Esperanza saldrá el gran concordador por consulta popular. Los demócratas votando masivamente para elegir un vocero o vocera de unidad, con legitimidad aglutinante. Ya empieza a ocurrir desde las regiones y sectores sociales. Y las extremas vociferando en nombre del odio y del miedo, se están dividiendo, pensando como siempre que el más popular es el más agresivo. Que la ofensa y la calumnia se multiplican. Sin compromiso con la ciudadanía. Condenando a regañadientes el atentado al helicóptero presidencial y buscando aguas arriba justificaciones al vandalismo destructor en vez de dialogar con los jóvenes. Ciscándose para condenar la voladura de oleoductos y las masacres por el control de las rutas de la inmundicia.

Ya llegamos doscientas personas con liderazgo en los más variados sectores y la Coalición continuará creciendo en la medida que sus propuestas sean conocidas.

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La propuesta del Plan de Empleo de Emergencia, la estrategia de desarrollo productivo con énfasis en ciencia, tecnología e innovación, la consulta propositiva entre los jóvenes, la estrategia de cadenas territoriales para animar la economía campesina, la microempresa y la artesanía en el espacio rural-urbano, los planteamientos en el tema climático, los asuntos de seguridad y paz, la política internacional renovada, los temas de la mujer, la salud, la economía del cuidado y los adultos mayores, en fin, los temas de comunicación y relacionamiento entre el gobierno y la sociedad para poner coto a lo que denomino la ádeiocracia, esa sociedad desconectada y vacía, esa democracia de apariencia tomada por la corrupción.

Y es que la situación política colombiana no está para arrebatos ni para clamar por la búsqueda de uno o una que se ponga las botas. Se requiere un proceso ciudadano donde el líder sea un intérprete no elemental de la complejidad nacional y coordine un colectivo aglutinante, inteligente, con capacidad para practicar una democracia que aísle los terrorismos y escuche el pálpito de los territorios, promueva presupuestos participativos y rompa los contubernios con la corrupción. Necesitamos un gobernante que entienda el principio filosófico de la alteridad, que escrute el punto de vista y la perspectiva de otros, que no dé por supuesto que su visión es la única posible.

A la vez, ese proceso hacia el gobierno no debe dejar dudas en torno a la vocación de paz y en cuanto a el aislamiento y a la extinción de las organizaciones criminales y terroristas de toda laya. Un gobierno empático que sepa escuchar, no significa confundir el don de mando con la babosada y esa primacía del emocionalismo que pareciera dominar el espacio de la cultura occidental. Kant, en su tercera “Crítica”, según nos lo recuerda José María Ruiz Soroa, se refirió a la mejora del juicio personal mediante el uso de un “pensamiento ampliado” y la consideración de los problemas desde la pluralidad de perspectivas. Eso no significa practicar la incapacidad decisional, la porfía a lo Carrasquilla o eso de hablar mucho sin escuchar a nadie. Conocemos estilos de gobierno que hablan con todos para escuchar sólo a los áulicos y reaccionar con tardanza y, como decía Guillermo León Valencia, “cabalgando sobre el lomo de los acontecimientos”.

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Adelante entonces coaligados de la esperanza, hagamos conocer las propuestas de los excelentes grupos profesionales vinculados, las propuestas de las organizaciones comunitarias y los excluidos, los planteamientos de las clases medias y de los sujetos sociales marginalizados: campesinado, mujeres, juventud, infancia, adultos mayores, discapacitados, informales, víctimas, minorías étnicas, ambientalistas, migrantes, todos los ex de la guerra, la inmensa mayoría de los cuales merece y desea hacerse parte del sistema socio económico y político.

*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, @juanalfredopin1

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