Colombia elige: Civilización o barbarie

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Colombia merece darse una oportunidad después de más de doscientos años en que han gobernado los mismos, es necesario que sean relevadas las viejas dirigencias que han destruido al país.

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Dos candidatos que, desde distintas orillas y trayectorias políticas y personales se manifiestan,cada uno a su manera, desde el otro lado del establecimiento; quedaron en punta para disputarse la Presidencia de la República de Colombia, cuya segunda vuelta se celebra el próximo 19 de junio.

El mensaje fue muy claro, la ciudadanía ratificó el llamado al cambio que se viene haciendo desde 2019 con un movimiento social que, liderado especialmente por los jóvenes, se ha tomado las calles de las principales ciudades, y cuya mayor expresión se dio entre los meses de abril y junio del 2021, especialmente en la ciudad de Cali.

La derrota de Federico Gutiérrez simboliza el cansancio de los electores con la vieja política, el hundimiento de los históricos partidos Liberal y Conservador y sus derivaciones más recientes representadas en Cambio Radical, el Partido de la U y el Centro Democrático, para aludir solo a los principales.

Es también la bofetada con que la ciudadanía quiere despedir al nefasto Gobierno de Iván Duque, que deja un país deshecho en la violencia, el crecimiento de la pobreza y en una quiebra casi que total de las de por sí precarias instituciones de la democracia. Cooptó a todos los organismos de control, abusó de su cargo para hacer campaña a favor de su candidato, el derrotado Federico; toleró la violación de los derechos humanos por parte de la fuerza pública, a quien se subordinó, permitiéndoles también su intervención en política y sonándose las narices con la constitución, que tantas veces se ha pasado por la faja. 

Si Duque, el Centro Democrático y el resto de la coalición que lo secundó en el Congreso de la República querían con Gutiérrez mantenerse en el control del Estado y haciéndole la venia a la horda de corruptos que estaban convencidos de que nunca les iba a llegar la hora, la ciudadanía que mayoritariamente votó el pasado 29 de mayo les dijo basta ya, como el pasado y el presente, nuestro futuro no es de ustedes, estamos dispuestos para el cambio.   

Hasta ahí bien, pero también es cierto que, luego de la primera vuelta, queda en ciernes la dirección del cambio, que puede no ser o ser hacia atrás o hacia adelante.

Si bien Gustavo Petro y Rodolfo Hernández parecieran sintonizar al mostrarse como la contracara del establecimiento derrotado, en su forma y contenidos sus propuestas son, por el contrario, absolutamente divergentes. Uno y otro muestran la polarización que verdaderamente está en el fondo de lo que nos ha mantenido como el país que somos; no la de la paz o de la guerra que se ha utilizado para ganar gracias políticas; tampoco la de la izquierda, la derecha o el centro que, al fin y al cabo, son parte de la diversidad que le da sentido y razón de ser al ejercicio de la política.

La tensión que quedó marcada el pasado domingo es la que se presenta entre el país que quiere entrar en la escena de las verdaderas trasformaciones: sociales, económicas, políticas, culturales, y aquel que, a pesar de que grita el cambio, añora mantenerse en los moldes del país premoderno y anclado en los valores de una sociedad medieval.

Rodolfo Hernández es un candidato sin talla de estadista, no sabe de la estructura y el funcionamiento del Estado, no conoce la geografía del país, no sostiene un debate, literalmente no sabe nada de lo que habla. Sin embargo, sus actuaciones, discurso y actitudes lo conectan fácilmente con una franja de electores que, si bien rechaza seguir siendo representada por los políticos tradicionales, se mantiene culturalmente atrasada y es políticamente conservadora.

Es machista, misógino, xenófobo, homofóbico, soez al hablar y agrede sin reparos física o verbalmente cuando se le increpa; aun así, más bien por eso, logra cooptar esa masa de votantes a la que le permite reafirmarse en su universo simbólico y de representaciones ancladas a la figura del patriarca, el padre regañón y autoritario, sin importarle reparar en la razonabilidad de sus juicios y realizaciones.

Gustavo Petro, por su parte, tiene un programa renovador y progresista, conoce el manejo del Estado, domina con maestría cada uno de los temas que, no solo Colombia, sino la agenda pública internacional tiene sobre la mesa: la lucha contra los efectos del cambio climático, el uso de energías y tecnologías limpias, la lucha contra el hambre, la pobreza y la reducción de la desigualdad, la cobertura universal en el acceso a la salud, la educación y el derecho a la jubilación, además de una agenda de género como premisa imperativa para el cambio y una lucha frontal contra la corrupción. 

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No obstante, a pesar de su conocimiento y la visión de futuro y humanista de su programa, Petro, qué paradoja, no logra llegar a aquellos para quienes éste tendría más sentido y deberían ser los primeros en acogerlo. La razón ya en parte está dicha, estamos frente a un electorado, al menos una gran parte de él, para el que los asuntos programáticos y de contenido son menos importantes que su fe, sus creencias y sus funciones emocionales más primarias; portador, además, de un saber y un bagaje cultural que lo mantiene enajenado, acrítico y formado para normalizar la subordinación y el acostumbramiento a mínimos de sobrevivencia.

Es ese el electorado al que fácilmente se le llena el saco de su conciencia cuando se le dice lo que quiere oír, se le lleva a lugares comunes y se le convoca sin mayor esfuerzo con mensajes ya de antaño trillados y siempre burlados, como el único con el que Rodolfo Hernández enarbola su campaña: acabar con la corrupción, sin decir cómo y teniendo, él mismo, decenas de investigaciones en curso en la Fiscalía General de la Nación. Es importante que no se lea esto como un juicio peyorativo a las personas, se parte de entender que todas las decisiones humanas son producto de cómo hemos sido educados, cómo hemos sido construidos social y culturalmente y que no somos ajenos ni a la historia ni a la sociedad de la que formamos parte.

Ese es pues el escenario al que nos enfrentamos.

Por un lado, Hernández y la seguridad de un retorno al pasado y una puesta en peligro de lo poco que queda de institucionalidad. Es al fin y al cabo un candidato solo transitoriamente desmarcado del establecimiento, que inevitablemente terminará absorbiéndolo por su incapacidad demostrada en los asuntos del Estado, el talante apenas retórico de su discurso, y porque necesariamente, como en efecto ya lo hizo, tiene que arrastrar el apoyo de la vieja clase política para ganar la presidencia; en caso de que así fuera, para garantizar la gobernabilidad, lo que le acarreará un elevado costo en reparto de dádivas y burocracia que pesará sin reparos sobre los recursos del Estado.

Por otro lado, con Gustavo Petro, que aún mantiene el reto de convocar a una ciudadanía que esté dispuesta a reflexionar y asumir el reto de que el país se dirija hacia un verdadero cambio, antes que a reencauchar y abrirle un espacio de resiliencia a quienes el pasado 29 de mayo recibieron el rechazo mayoritario de los electores.

Colombia merece darse una oportunidad después de más de doscientos años en que han gobernado los mismos, es necesario que sean relevadas las viejas dirigencias que han destruido al país; la pobreza, la violencia, la desigualdad, el hambre en que se mantiene una gran parte de la población no pueden seguir siendo la fotografía que ilustra la realidad nacional.

La manipulación y el miedo infundado no serán los que esta vez guíen la decisión del elector, si algún miedo existe es justamente el del triunfo de un personaje como Rodolfo Hernández, con el que el país va a tocar fondo y se va a seguir profundizando la crisis institucional y la segura caída en un régimen autoritario. Ya anunció que su primer acto de Gobierno será declarar la conmoción interior, qué peligro para alguien que, así luego haya tratado de corregirse, se declara admirador de Adolfo Hitler.

El ideario de un país moderno, incluyente, que no entrampe los rieles por donde se conducen las transformaciones culturales y de un ejercicio civilizado de la política no cabe en la mente estrecha y retrógrada de un personaje como Rodolfo Hernández. La corrupción no se resuelve a gritos ni a bofetadas, menos si quedamos en cabeza de alguien para el que la economía es un asunto escindido de la ética y liderada por personajes sin personajes sin escrúpulos. Además, eso de que el rol de las mujeres es el rol de las mujeres es quedarse en la casa es un desatino que busca tirar por la borda más de un siglo de lucha por sus derechos, pero sobre todo un exabrupto histórico impresentable ya avanzadas más de dos décadas del siglo XXI.  

Aunque es difícil luchar contra el calado cultural sobre el que esperan seguir cabalgando las huestes de la vieja política, hay que insistir para que el Gobierno no quede de nuevo en manos de quien ignora los asuntos más elementales del manejo del Estado. La posibilidad del cambio es total y se avizora con esperanza el giro civilizatorio por el que una gran parte del país puja para avanzar.

Ojalá que este punto crítico en que se encuentra Colombia no termine, con Hernández, en un retroceso que trunque las aspiraciones de quienes en estos últimos años le han venido abriendo espacio a nuevas voces y a una nueva generación de dirigentes que saben, además, que los cambios políticos son ante todo cambios culturales.

Estamos ante dos opciones: civilización o barbarie.

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*Orlando Ortiz Medina, economista de la Universidad Nacional y magíster en estudios políticos de la Universidad Javeriana. @OrlandoOrtizMe4

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