Colombia, un canto a la soledeña

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Pienso que a esto se debe nuestra reiterada referencia a la soledad en que vivimos, desde la obra cumbre de la literatura colombiana, y en momentos de trascendencia nacional, citamos los 100 o 200, ¡quizás 500 años de soledad!

(Lea también: Imaginarios sociales sobre la mujer negra)

La melodiosa voz de una mujer, bajo la tenue luz de la luna, en la imponente desembocadura del río Saija hacia el Océano Pacífico, se escuchaba nítida, a pesar del ruido del motor fuera de borda, como un bálsamo para el cansancio. Se intuía que dicha voz provenía de una casa, donde alumbraba una lámpara, en las orillas del río, por donde navegábamos, aún de noche. Su voz solo entonaba repetitivamente “un canto a la soledeña, soledeña, soledad”. Me la imagino realizando una labor igualmente repetitiva, relacionada con la pesca que realizan las mujeres negras en los manglares del Pacífico sur, quizá preparándose para la faena que iniciaría en la madrugada.

Corrían los años 80s y participábamos en las correrías de la campaña por la elección popular de alcaldes, por primera vez. Fue un momento de gran entusiasmo, de mucha esperanza, para las comunidades como las del río Saija, quienes veían la posibilidad de elegir un alcalde oriundo de este territorio distante y “solitario”. Recuerdo este momento de gran acción política colectiva, de base y desde lo local, como un hito en la búsqueda, tantas veces frustradas, por acceder a condiciones de vida digna por las comunidades del Pacífico colombiano.

A principios de los 90s, el día de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, con otro colectivo, estábamos en el distrito de Agua Blanca, promoviendo la candidatura de un líder afrocolombiano, del proceso organizativo de Buenaventura y el sur del Pacífico. Una mujer que se acercó a la mesa donde distribuíamos información, nos preguntó en tono de reproche si a eso (la elección de la Constituyente) también le metíamos racismo. Esta sorprendente lectura o interpretación me resulta aún muy aleccionadora respecto a los obstáculos en nuestra sociedad para la participación de los afrocolombianos, que, en ese momento político, era de vital importancia para la definición colectiva de quiénes somos como Nación colombiana.

Si bien no se logró ese escaño en la Asamblea Nacional Constituyente, recuerdo muy esperanzador ese momento pre y post constituyente: impulsó una gran movilización en la dinámica organizativa de comunidades negras, principalmente en los ríos del municipio de Buenaventura y el Pacífico sur, en articulación con el proceso organizativo del Chocó, el Caribe y a nivel nacional.

A su vez se participó en procesos o espacios como los generados por Viva la Ciudadanía, del cual conservo ese llamado, a través de un poema de Borges, distribuido en un separador de libros, a que “El diálogo tiene que ser una investigación y poco importa que la verdad salga de uno o de boca de otro. Yo he tratado de pensar, al conversar, que es indiferente que yo tenga razón o que tenga razón usted; lo importante es llegar a una conclusión, y de qué lado de la mesa llega eso, o de qué boca, o de qué rostro, o desde qué nombre es lo de menos”.

Imborrables las imágenes sobre la participación de las comunidades negras campesinas, de los ríos de Buenaventura, en el proceso de reflexión colectiva desarrollado en torno al Artículo Transitorio 55 de la Constitución Política, que luego sería reglamentada mediante la Ley 70 de 1993: verlos llegar en sus canoas, en gran número, a los talleres comunitarios; manos callosas con lápiz y papel, intentando escribir, con dificultad, los derechos consagrados, por fin, reconociendo a las comunidades negras, afrocolombianas y palenqueras como sujeto colectivo en un Estado social de derecho y una nación pluriétnica y cultural; o ver algunos campesinos con el librito ya publicado de la Constitución, debajo del brazo, como queriendo agarrar y apropiar aquello que, por siglos, ha sido esquivo: el reconocimiento como colombianos.

Por la misma época, la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, de la Conferencia de las Naciones Unidas realizada en Río de Janeiro, en 1992, impulsó el reconocimiento del Chocó biogeográfico como una de las regiones con mayor diversidad biológica del planeta, lo cual se materializó en acciones como el Proyecto Biopacífico- Conservación de la Biodiversidad en el Chocó Biogeográfico. Esto, articulado al reconocimiento de las comunidades negras del país y, en particular del Pacífico colombiano, fortaleció la acción colectiva de las comunidades organizadas en procesos étnico-territoriales, por la defensa del Territorio Biocultural del Pacífico, como lo denominó del Proyecto Biopacífico en su informe final.

(Texto relacionado: La irrupción afrodescendiente en la política)

Identifico estos tres momentos, entre finales de los 80s y principios de los 90s, como de gran impulso y movilización de nuevas perspectivas para las comunidades negras del país y del Pacífico, en particular.  En contraste, también me vienen a la memoria imágenes muy puntuales y simbólicas, de la dura y cruda realidad que siguió o persistió no obstante estos esperanzadores momentos.

Recuerdo a un líder social de Buenaventura lamentarse, frente al impacto de la guerra y la acción de los actores armados en la región, que caminábamos sobre una gran fosa o cementerio. Es decir, dolorosamente, el otrora territorio de etnogénesis de las comunidades negras del Pacífico, donde, siguiendo a Oscar Almario (1999), se construyó una cultura propia, un modo de vida en la llanura aluvial del Pacífico sur, era percibido ahora como escenario de muerte.

A finales de los 90s, un niño de una escuela de la Costa Pacífica nariñense, ante una pregunta que se le hizo sobre lo que más deseaba, respondió que quería ir a Colombia. Porque conozco esa región, puedo imaginarme las condiciones de vida de ese niño, incluso las de la escuela donde recibía educación, lo cual, seguramente, contrastándolas con las representaciones que él tendría de Colombia (a través de la televisión), lo llevaron a concluir que no vivía en este país. ¡Muy fuerte imaginario de exclusión!

Finalmente, recuerdo el triste desenlace del secuestro y muerte de los diputados de la Asamblea del Valle del Cauca por las FARC (2002) que terminó cuando los cuerpos de 11 de ellos fueron llevados a la Cali mediante una acción humanitaria liderada por la Cruz Roja (2007). En esa ocasión el funcionario de la Cruz Roja que habló en la entrega de los cuerpos se mostraba muy conmovido tanto por el hecho mismo y, como lo manifestó, también por las condiciones de vida de las comunidades de la zona donde se habían rescatado los cuerpos – la Costa Pacífica nariñense -. Esto, en una clara muestra de la interrelación de las múltiples violencias del conflicto armado y de la exclusión social, que se ciernen sobre estas comunidades.

Pienso que así, entre momentos o hechos esperanzadores y la persistencia muchos otros de dolor y frustración, los afrocolombianos hemos venido construyendo, en este caso desde la realidad particular del Pacífico colombiano, una noción, una narrativa y un sentido de (no) pertenencia a esta nación, Colombia, que no solo se da en estas últimas décadas, sino a través de varios siglos desde la trata trasatlántica, el arribo forzado a este continente y el inhumano del sistema esclavista: desde la negación, la exclusión y las múltiples violencias, todo atravesado por el racismo sistémico o estructural, sustentado ampliamente en la defensa de los derechos humanos de los afrodescendientes, a nivel nacional e internacional.

Así, arribamos a este momento de volver a creer, con dos recientes hechos: la elección del nuevo gobierno de Gustavo Petro y Francia Márquez, con un claro mandato popular y de la Colombia diversa y pluralista. Y el informe de la Comisión de la Verdad, presentado recientemente, en torno al conflicto de los últimos casi 60 años.

Veo estos dos procesos conectados: la democratización del país hacia la garantía para todos/as de los derechos consagrados en las Constitución Política de 1991 y el aproximarnos a la(s) verdad(es), no solo de lo que ha sido el conflicto, sino de quiénes somos, cuál es la trayectoria histórica y las narrativas de cada uno de los distintos sectores y grupos sociales que conforman la colombianidad, aún por alumbrar en su plenitud.

Pero diversas narrativas y perspectivas de la Colombia que aspiramos, se consideran injustificadas o “resentidas” porque creo que no nos conocemos o, al menos, nos conocemos muy poco: diversas regiones, distintos grupos étnicos y sociales, perspectivas políticas e ideológicas que se muestran antagónicas, jóvenes con sed de participar y vivir con dignidad, campos olvidados y ciudades segregadas, etc., constituyen a mi juicio burbujas o “islas perdidas” sobre “nuestro” territorio nacional, sin que medie un proceso de transformación cultural hacia una narrativa común, y a la vez pluralista, que posibilite un mínimo de cohesión social.

Y nos llamamos colombianidad
sin sentirnos,
sin conocernos,
sin acercarnos,
sin encontrarnos.

Pienso que a esto se debe nuestra reiterada referencia a la soledad en que vivimos, desde la obra cumbre de la literatura colombiana, y en momentos de trascendencia nacional, citamos los 100 o 200, ¡quizás 500 años de soledad! En ese mismo sentido, interpreto ahora la canción de la mujer negra, una noche de luna, en el río Saija: Colombia, ¡un canto a la soledeña!

(Le puede interesar: La doble deuda de Colombia con Haití)

*Mary Lucía Hurtado Martínez. Escritora afrocolombiana.

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