“Necesitamos de un pueblo que siga adelante, un pueblo que no retorne a ese pasado oscuro que argumenta, legitima y justifica la violencia como medio para salir de sus históricos problemas.”

Hace algún tiempo leí un libro llamado “Retrotopía” (2017), una obra póstuma del desaparecido sociólogo polaco y premio Príncipe de Asturias, Zygmunt Bauman. En este libro, el autor logró sintetizar y denominar bajo el término “retrotopía” aquellas negativas  prácticas políticas y sociales, que debieron caducar y desaparecer por sus evidentes y nocivas consecuencias e, infortunadamente, todavía siguen vigentes y haciendo de las suyas en sociedades donde inhumanamente se replican fenómenos como la desigualdad y la violencia.

Es mientras leía el capítulo destinado por el autor para describir y entender esos fenómenos que me llamó la atención un aparte que decía: “Algunos de nosotros sacamos ánimos para mantener la esperanza de que estén pronto por llegar nuevos y más prometedores comienzos para todos. Otros, desencantados de cualquier esperanza, exasperados y adictos a la frustración, invierten sus aspiraciones en retornar al pasado”.

Es evidente que nuestros tiempos son altamente hostiles, desesperanzadores, desmotivantes y agobiantes, esos que logran crear una bruma de incertidumbre sobre los improbables futuros y los dificultosos presentes, incitando a un descontento casi generalizado por parte de los que tienen que sufrir en primera persona los calvarios y problemáticas que les aquejan, permitiendo a la vez que se genere un punto de retorno o permanencia al pasado, uno que no era mejor que el presente.

Muchos colombianos se están volviendo adictos a la frustración. No es para menos ya que al ver y vivir en carne propia tantas y juntas dificultades, lo único que se le pasa a la cabeza a cualquier ser humano es desfallecer, renunciar, abdicar, abandonando los esfuerzos para salir adelante y acariciar la resiliencia para afrontar la adversidad y superar las tragedias o dificultades que se estén pasando. A pesar de que somos unos de los países más desiguales del mundo, con la tasa más alta de desempleo de América Latina, con el índice más alto de trabajo informal, con más medio millón de jóvenes entre los 15-24 años sin empleo y con un país que se podría definir sin oportunidades, creo que debemos procurar, o por lo menos, intentar no desfallecer.

Homenaje a las personas que perdieron la vida en la masacre de El Tigre, Putumayo. Centro Nacional de Memoria Histórica

Necesitamos de un pueblo que siga adelante, un pueblo que no retorne a ese pasado oscuro que argumenta, legitima y justifica la violencia como medio para salir de sus históricos problemas, esos que ayudan a perpetuar a los actores armados y a diversos actores políticos. Es preciso reconocer que la violencia que muchos colombianos tuvieron que afrontar de primera mano, y no desde la comodidad de los sofás en la ciudad, como de seguro la vivimos ustedes y yo, desde la firma de los acuerdos de paz con la guerrilla de las FARC, disminuyó.

Lo anterior está demostrado por cifras y estadísticas gubernamentales y no gubernamentales que han dado fe y esperanza, sobre todo a las víctimas, que gritan y claman no regresar a un pasado donde, tras de que tampoco tenían oportunidades laborales, también tenían que sufrir la inclemencia de una guerra que les impedía estudiar, trabajar, poner empresa y sentir tranquilidad. La tranquilidad, un bien que debería ser considerado un derecho pero que ha sido más bien un privilegio de los políticos que defienden la violencia por cualquier medio, de los que pueden pagar por su seguridad y de los que viven en las grandes ciudades, que siguen fanáticamente defendiendo a unos eternos políticos que se han proclamados como defensores de la falacia Agustiniana de la “guerra justa”.

El premio Nobel de economía Amartya Sen decía que de nada servía tener un país con tasas de crecimiento económico, laboral y educativo, si en ese sus habitantes se veían confrontados a constantes actos de violencia y sin posibilidad alguna de hallar tranquilidad (1999).

Colombianos, sabemos que nuestros actuales y venideros tiempos están a la orden de la incertidumbre pero, por nada del mundo, permitamos que la ceguera, el fanatismo y las artimañas políticas nos lleven nuevamente a un pasado donde no había trabajo, oportunidades, buena educación, buena salud, pero tampoco el digno derecho de vivir y luchar para superar aquellos otros males que hoy nos siguen acechando.

Fabián Fonseca, licenciado en ciencias sociales

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