Colombia, un actor desestabilizador

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La compra de aviones de combate reafirma el talante desestabilizador del gobierno Duque, según el analista internacional Héctor Galeano.

El anuncio del gobierno colombiano de adquirir veinticuatro aeronaves de combate solo evidencia que, dentro de sus prioridades, no está la inversión social y especialmente el diseño de estrategias para superar la pandemia y las secuelas que dejará,

En la justificación de Semana, pasquín encargado de lavar la imagen del presidente y catapultar al próximo “elegido”, se fundamenta el gasto, que se calcula sobrepasa los cuatro mil millones de dólares, en las supuestas amenazas provenientes de Venezuela, Cuba y Rusia. El escenario que pinta la desprestigiada publicación es el de un verdadero “triángulo del mal”, dispuesto a caer sobre Colombia, como una horda de “vampiros” que succionará la más “pulcra” democracia del planeta e intervendrá en las elecciones de 2022.

Además, sin un ápice de vergüenza, la que acompaña con una monumental ignorancia, confunde lo que sería un peligro a la defensa nacional por parte de actores internacionales con los riesgos que suponen los grupos ilegales que actúan en nuestro territorio. Para los primeros, es cierto que se requieren aviones como los proyectados en la compra. Sin embargo, para los segundos, sin duda, tenemos una de las mejores flotas de la región adquiridas en su mayoría en Brasil. 

La realidad es que todo ese espectro de confabulaciones, intrigas y maquinaciones provenientes del exterior, solo parece ser el perfecto autorretrato de la Colombia de hoy, gobernada por un gobierno mediocre e irresponsable que actúa de espaldas a su nación, pero con un delirio de potencia, lo que le da el “derecho” a intervenir en procesos electorales y promover acciones militares hacia Venezuela. 

No conformes con la violación a la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas cometidas por el embajador Santos, transgrediendo el artículo 41, al inmiscuirse en el proceso electoral norteamericano, ahora, el Fiscal, condiscípulo de Duque, decidió enfilar sus ataques contra la institucionalidad ecuatoriana, bajo el argumento de poseer pruebas de la financiación del ELN al candidato que representa el ‘correísmo’. 

Tampoco podemos olvidar que, hacia el frente oriental, las amenazas de intervención militar han estado siempre sobre la mesa, lo que por cierto nos convierte en el principal sospechoso de apoyar la fallida operación Gedeon, protagonizada por un grupo de mercenarios. 

La pregunta es ¿estamos amenazados, o somos la amenaza? Desde que se inició el Plan Colombia, nos erigimos como el principal riesgo de la región. Con la presencia de contratistas estadounidenses en suelo nacional, la aspersión indiscriminada de glifosato y una política exterior ideologizada en los dos periodos del ex presidente y ex senador Uribe, ratificamos nuestra fama del Caín latinoamericano. 

Hoy como un déjà vu, volvemos a posicionarnos como un Estado que irrespeta la institucionalidad internacional, amenaza a los vecinos, sumado al terrible  agravante de cimentar su gestión en el vil y soterrado propósito de “hacer trizas” los Acuerdos de Paz.

El exorbitante gasto que se destinará en la adquisición de los aviones,  bajo la excusa de equilibrar el poder de combate venezolano, es una de las tantas falacias que Duque, su jefe político y el partido de gobierno, arguyen para desviar la atención sobre temas prioritarios y especialmente, otra cortina de humo, para esconder el funesto legado que heredará al terminar su mandato. 

Esa excusa podría haberse esgrimido en 2006, cuando el Gobierno del Coronel Chávez Frías, adquirió los cazas Sukhoi Su-30MK2, con lo cual, realmente desequilibró a su favor el potencial militar aéreo. No obstante, en ese momento, Uribe se encontraba en el pleno éxtasis de la seguridad democrática y los “ríos de sangre” que ésta trajo consigo, como fue la orden del general Montoya en consonancia con la Directiva 029 de 2005. 

Igualmente, el documento “Líneas generales del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2007-2013”, proferido por el gobierno del vecino país, afirmaba sin titubeos que Venezuela buscaría alianzas con países contradictores de los Estados Unidos. De hecho, a Rusia, le compró las aeronaves, a China las unidades blindadas y, durante un tiempo desde 2007, dos veces al mes, volaba un Airbus directo a Caracas – Damasco – Teherán. Todo esto, durante la administración de Uribe. 

Es paradójico que, ahora, Colombia requiera protegerse de Venezuela, siendo precisamente nuestro gobierno el que reiteradamente ha amenazado militarmente al gobierno de Maduro. Es surrealista que Duque dé la espalda a una ciudadanía que requiere la inversión social del Estado, para superar una crisis humanitaria que, sin duda, se agravará en la próxima década. Es absurdo que un país como el nuestro no entienda que los retos del siglo XXI no se enmarcan en el concepto tradicional de la defensa nacional y sí en la seguridad humana, como lo expresó el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo desde 1994 que ubicó al ser humano como objeto referente de la seguridad. 

Pocas esperanzas quedan de que Duque y su equipo de trabajo entiendan que la pandemia y el cambio climático son enemigos invisibles que ningún F16 podrá detener. Para entenderlo, se requiere inteligencia, empatía y especialmente ética pública, lo que constituyen valores y virtudes de las cuales carece este gobierno. En conclusión, retornamos a la primera década del actual siglo. Sin duda, somos un país desestabilizador.  

*Héctor Galeano David, analista internacional. @hectorjgaleanod

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