Colón y las embarcaciones de la avaricia

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Dicen que a Cristóbal Colón lo que lo movía era la fe, pero las capitulaciones que firmó con la corona española antes de partir – que estipulaban una décima parte de todas las riquezas que se descubriesen y la misma proporción de los beneficios del comercio -, y su diario de viaje – donde la palabra oro era muy recurrente -, parecen contradecir esas afirmaciones. La presencia de la iglesia en una expedición de conquista, más que suspicacias en esa época, generaba confianza, y cubría con un manto sagrado una empresa mercantil, arriesgada e imperialista. Nadie sabía que se trataba en realidad de una cruzada; porque en España, lo que era de Dios, era también del Cesar. Dicen igualmente, que la meta de Colón era descubrir otra ruta para llegar a los reinos de las especias, a las indias orientales, a Cathay y a Cipango, nombres antiguos de la China y el Japón. Dicen incluso que buscaba el camino al cielo, y el reino de la eterna juventud. Dicen muchas cosas, pero en todo caso, frente a la magnitud estimada del viaje, los vehículos de semejante epopeya, parecían más bien modestos; consistían en dos carabelas y una nao, con pertrechos limitados, y una sed de riqueza desbordada.

Las cosas eran tan nuevas, tan recientes – parafraseando a García Márquez y Carpentier -, que había que bautizarlas con el dedo (1), y así fueran ajenas, identificarlas con cosas conocidas, y declararlas obra de Dios; pero, ante todo, dominio de los reyes católicos de España. Al desembarcar en Guanahani, el 12 de octubre de 1492 – isla de las Bahamas que bautizó como San Salvador -, Colón creía que había llegado a China, y llevaba en la diestra una espada, y en la siniestra un estandarte con las armas reales, una bandera con las iniciales de los monarcas españoles, y la figura verde de una cruz.

Sin olvidar que buscaba el país de la canela, de la pimienta, del clavo y de la nuez moscada; los pedazos de oro que pendían de las narices de algunos de los indios, despertaron inmediatamente el olfato del Almirante y sus acompañantes. Al indagar que muy cerca había otra isla, más grande, que llamaban Cobla o Cuba, capturó algunos aborígenes; y en medio de resistencias, gritos y lamentos, los embarcó en una de sus naves para que le sirvieran de guía, en pos del anhelado metal. Con ese acto, la esclavitud europea en América, soltaba sus primeras amarras. La avaricia – como el viaje de Colón -, conocía el punto de partida, pero nunca el punto de llegada. El almirante se dirigió entonces a Cuba, que confundió con Cipango, la isla que Marco Polo había descrito en sus famosos relatos de viaje del siglo XIII, y que no se sabe con certeza, si fueron dichos relatos, u otros, los que inspiraron en realidad la inmensa travesía.

Así de insólita es la historia, la modernidad asomaba su rostro, de rasgos antiguos y medievales, a través de la epopeya de un hombre que estaba perdido, y que tenía por norte la codicia. En adelante – dice Colón -, el oro sería nuestro guía, la brújula mayor de nuestras andaduras (2), y sigue: La palabra ORO será la más repetida, como endemoniada obsesión, en mis Diarios, Relaciones y Cartas (3). No obstante, el Almirante debía saber, que la grandeza de los imperios, y el prestigio de los hombres – al lado del oro -, dependía de los esclavos, y que la codicia del primero podía conducir al derrumbe de los unos y al extravío de los otros.

Y aunque muere convencido de haber llegado a Cipango – la isla cubierta de oro de las páginas de Le divisament dou monde -; el genovés nunca descubrió las tan anheladas minas de oro, ni el mundo de perlas y diamantes del que hablaba el famoso libro de Marco Polo; mucho menos encontró- si era cierto que los buscaba – el camino al cielo ni el reino de la eterna juventud.

En vez de oro, el almirante siempre se topó con una población nativa numerosa. Se trataba de indios en cuero, y de mujeres que vestían cosillas de algodón que escasamente les cobijaba su natura (4). Se puede argumentar que lo que movía a los españoles no era solo la riqueza y la religión; que el problema era de hombres angustiados, embarcados, como Colón, en las inmensas deudas y promesas de la expedición; hombres llenos de necesidad, de sueños de ascenso social y de aventura; como toda la comitiva, que estaba compuesta por andaluces, judíos y vizcaínos. Pero lo que no se puede omitir, es que esos hombres eran en su mayoría exconvictos, ladrones y piratas, y fue con ellos que se encontraron los aborígenes. Que eran – entre otros -, pueblos de agricultores, cazadores y pescadores; que cultivaban el maíz, la batata y la yuca; que sabían tejer, y desconocían las espadas, los caballos, el hierro, y las raras lógicas de la ganancia. Fue a pueblos semejantes, a los que tramó Colón con baratijas, con cascabeles de halcón y con espejos, mientras les arrancaban las tiritas de oro de las narices, con que los indios decoraban su humanidad.

Lo que llamaron descubrimiento, y luego conquista, fue en realidad un genocidio, una empresa imperialista de pillaje, de muerte, de esclavitud, y colonización; y mientras Colón exploraba las islas adyacentes, los otros expedicionarios, con Martín Alonso Pinzón a la cabeza, hacían lo propio en pos del oro. Torturaban, violaban, aprisionaban y asesinaban a los indios que se les rebelaban. Y a los vencidos, como no tenían logística para encarcelarlos, y alimentarlos, los mataban. Colón hacía lo mismo, en proporciones que no caben en su Diario, en sus Relaciones y en sus Cartas. Y así, al cabo de años y de viajes, edificó Colón su pequeño reino de terror, donde hizo del genocidio y de la esclavitud la norma. Pero los enfermos de codicia – decía el genovés – eran los españoles, porque buscaban el oro para sí; para atesorarlo, y al regreso entregarse de lleno al vicio, a la lujuria, y la desaforada adquisición de bienes. Y sin reconocer que él estaba picado por el mismo bicho, decía que lo suyo, por el momento, no era el oro sino el prestigio; es decir, preservar y aumentar los títulos que, en las capitulaciones, le había otorgado la corona española. Pero eso que llamaba prestigio, no era más que una metáfora del poder, que se basa en la dominación, que es la esencia sigilosa de la avaricia.

Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto (5), escribió entonces Colón al llegar a Cuba, para luego quejarse, que lo único con que lo agasajaban los indios, era con raras pero sabrosas frutas, y con plumas de colores y una infinidad de papagayos que habitaban las islas, y que tenían cagada de blanco la proa y la cubierta de sus naves.

Con una embarcación menos – con frutas, y a lo mejor con ejemplares de esos perros extraños que no sabían ladrar, y con algunos papagayos en malas condiciones que sobrevivieron, como sobrevivieron siete de los diez indios capturados, que arrancados de su comunidad, desconsolados y enfermos soportaron el viaje, y que luego serían vendidos -, regresó Colón a la península ibérica, sin haberle visto la cara al Gran Khan de la China, y sin las cantidades de oro prometidas a los acreedores de la expedición. Luego de su encuentro en Barcelona con los reyes católicos de España – en abril de 1493 -, donde dicen que llevó los indios capturados, y planificó el segundo viaje; el almirante pasaría a la historia como el descubridor de un nuevo mundo. Pero así continuára perdido en las embarcaciones de la avaricia, y sosteniendo que Cuba era Cipango; lo que Cristóbal Colón en realidad había descubierto, no era precisamente un nuevo mundo, sino una forma moderna y degradada de la dominación y del poder: el racismo.

Nota: la cita (1), es una paráfrasis inspirada en: García Márquez, Gabriel (2012). Cien años de soledad, Barcelona: Penguin Random House, p.9; y Carpentier, Alejo (2004). El arpa y la sombra, Editorial Letras Cubanas, p. 82. El resto de citas son de Carpentier: cita (2), p. 80; (3) p. 81; (4) p. 81; (5) p.83

*León Arled Flórez, historiador colombo-canadiense.

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