Coloquio en la taberna

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A Javier y Jasbleidy.

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“I’m Not The Only One” de Sam Smith sonaba en la taberna. Sentados de espaldas a la calle, permanecíamos varias personas cuando inesperadamente el compás de una banda de músicos hizo su entrada por una bocacalle. Los compases de ambos ritmos se confundieron en el ambiente. El barman corrió sigiloso a disminuirle volumen a Sam Smith cuando entonaba: “te he amado durante muchos años, quizás simplemente no soy suficiente, me has hecho darme cuenta de mi miedo más profundo, mintiendo y haciéndonos pedazos”. La papayera que se asomaba por una esquina escoltaba a una enorme cruz  que se alaba sobre el firmamento parecida a la que portaba la emperatriz Elena de Constantinopla, elevada a los altares por el cristianismo y madre del emperador Constantino, uno de los últimos gobernantes de la despiadada saga romana entre los que se cuentan Valeriano, Trajano y el despiadado Nerón, muy aficionado a la piromanía, el cual sin sonrojarse ordenó incendiar la ciudad para culpar a los seguidores del nazareno, según relatos del martirologio romano.

Su reinado desató una de las más crueles y violentas  persecuciones  en contra de los cristianos. Cuenta una leyenda que, a Santa Elena, un día el crucificado se le apareció en sueños y le dijo: “con está cruz vencerás”. Tiempo después su hijo Constantino terminó converso al cristianismo. El enorme madero donde padeció el hijo de Dios iba sujeto a una anda gravitando sobre los hombros de un grupo de cargueros, hombres silenciosos en mangas de camisas que transpiraban en todo momento. El madero, adornado con pequeños bombillos de luces voltaicas que parpadeaban intermitentes, se abría paso por la calle principal; la murga de músicos hacía sonar los platillos, clarinetes, bombardinos entonando una marcha triste.

Por encima del enorme crucifijo, la vi por primera vez mientras caminaba en medio del barullo de la gente. En una de sus manos, llevaba un pequeño cirio encendido que iba iluminando su rostro; llevaba puesto un vestido corto de color blanco adornado de pepas, que cubría su agraciado y juvenil cuerpo mientras caminaba de manera cadenciosa alargando su largo cuello de cisne. No recuerdo qué le dije a la persona que estaba a mi lado. Fue algo anodino, sin importancia porque el barman le había aumentado volumen a otra melodía, que atronaba de los altavoces y se perdía en medio de un arcoíris de luces fosforescentes. El piso confeccionado en madera y lustrado rigurosamente emitía un embriagante olor a amoníaco. Al fondo, en la penumbra varias parejas que no se conocían entre sí permanecían acurrucadas sobre las mesas mientras susurraban frasecitas de amor; entre ellos supongo, había infieles, verdaderos enamorados, amantes clandestinos, amigos con derecho. El cantinero, un hombre curtido en su oficio… si por casualidad sus oídos habían escuchado algunos de los dramas que se desarrollaban en esa taberna como en una puesta en escena, ya no se sorprendía… la mayoría de esos secretos se iban con él a la tumba a excepción de los que compartía con su mujer debajo de las sábanas.

El murmullo y coloquio en esa taberna parecían una confesión pública medieval donde nadie reparaba ni a nadie le importaba el que estaba plantado a su lado cuando el penitente confesaba sus diabluras frente a un confesor. Entonces, un hombre silencioso sentado en una silla parecida a un trono los escuchaba sin inmutarse con su rostro esculpido en pedernal con rasgos ascéticos producto de los ayunos y elevados misticismos de la regla de los monjes cartujos. En la taberna de vez en cuando se oía el susurro de una risa contenida cuando la música hacía una tregua; la densa niebla producida por el humo de los cigarrillos inundaba el ambiente. Al fondo la imagen sonriente de Gardel sonreía para todos. Afuera de la taberna, ella nunca se dio cuenta que yo la observaba. Caminaba sobrecogida mirando fijamente el pabilo de la vela protegiéndolo con la palma de la mano ante la arremetida de la brisa del mes de mayo. La seguí observando hasta que se evaporó en medio de la multitud de luces de los cirios que titilaban en una noche de luceros como alguna vez lo cantó el juglar. La persona que estaba a mi lado se percató de mi estado de arrobamiento y sin que se lo preguntara alzó una cerveza y dijo ceremoniosamente: “brindo por tu salud y la de ella, sé quién es y dónde vive, es gente de bien”, cuando otrora se le podía llamar así a la verdadera gente de bien, porque ahora esa mal llamada “gente de bien” son una gavilla de cretinos.

Abandoné la taberna sin rumbo fijo. Era tarde, caminé por la albarrada que defendía a la población de una límpida ciénaga. La luna se reflejaba en sus quietas aguas. Seguí avanzando y no pensaba en nada. A un lado de la calle permanecían varias familias reunidas en las terrazas conversando y escuchando música; algunos niños jugaban y colocaban velas en los andenes. Me había olvidado que era la fiesta de la cruz de mayo. Me acordé de un amigo que en días anteriores me había invitado a su casa. Seguí avanzando por la albarrada aun con la música retumbando en mis sienes y  ahora varios nubarrones ocultaban la luz de la luna sobre el agua. Cuando llegué a su casa, la vi. La vida, el destino, poseen una ruleta caprichosa que nos apunta de forma ineluctable. Somos marionetas ante sus caprichos; estaba sentada en el fondo de la sala acunando a un niño que supuse no era de ella por los mimos y cuidados que le propiciaba. En la vida, he visto a muchas mujeres muy jóvenes en esa actitud de acunar a infantes que no son de ellas, esa actitud tal vez heredada de nuestros ancestros, de la Eva mitocondrial por la conservación y perpetuación de la especie humana.

– Hola, le dije.

– Hola – me respondió sin mirarme – mientras acariciaba la cabeza del niño que dormía en su regazo parecida a la virgen de Murillo.

– ¿Cómo te llamas? – y me fui acercando como el protagonista del cuento de la muchacha de la cabaña de troncos de Onetti. Ella apretó el niño más a su pecho como un instinto de conservación.

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– “Fulana de tal” – me respondió con ojos asustadizos. En ese critico momento entró mi amigo de manera festiva y rompió el hielo: “Hola, fulana, te presento a un amigo”. Por primera vez sonrió y posó sobre mí esos ojos que jamás se me olvidarán. Dicen que los ojos son las ventanas del alma. Ahí, en esas ventanas, esa noche cálida del mes de mayo, me vi reflejado por un momento. Acostó al bebé sobre una cuna y le dije: ¿es suyo, el niño es suyo? Se ruborizó y respondió: ¡no!, es de la esposa de su amigo. Un equipo de sonido murmuraba una melodía desde el fondo de la casa. Ya nos habíamos acomodado en la terraza. La pólvora crepitaba y se elevaba como gigantes árboles anaranjados en el firmamento. Era una noche de fiesta; mi amigo y su compañera ya se habían alistado. “Nos vamos a la taberna” – anunció -. Nos fuimos caminando por la albarrada. Ambas mujeres caminaban por un lado y él y yo lo hacíamos por el otro andén; pensé por un momento en la capacidad que tienen las mujeres de asociarse entre ellas sin que se conozcan. Alguna vez leí sobre ese mundo donde vivían las guerreras amazonas, sus objetivos, su capacidad de supervivencia.

Entramos en la taberna. A esa hora permanecían pocas parejas. “Red Red Wine” de la banda UB40 sonaba en el ambiente. Mi amigo se deslizó casi que en la penumbra y fue a saludar de manera efusiva al barman, el cual gesticuló en la distancia una de sus manos. Nos acomodamos en el fondo, las luces seguían parpadeando, UB40 seguía sonando. Esa banda británica conformada por varios jóvenes desempleados siempre fue de mis afectos y esa noche la amé más que nunca. Había motivos para hacerlo; estaba tan cerca de ella que podía percibir su olor, su respiración. Mi amigo pudo sentir mi emoción y nos dijo a ambos: – ¿por qué no bailan? –. Ella sonrió y salimos a la pista casi que tomados de la mano. Ese acto de tomar a alguien por la mano, lo leí no sé dónde era un gesto de protección. Esa noche no había que protegerse de nada, solo de un grupo de machos alfas que, acodados en la barra, la escrutaban con la mirada desde que había entrado y en ese momento tenía que sacar mis dotes de gentleman, que es lo único que se antepone a los bárbaros. Vino a mi mente una frase de mi padre cuando nos decía a los hombres de la casa: “puedes perderlo todo en la vida, menos la decencia y dejar de ser un caballero”. La pista estaba casi desierta. Los timbales y la celestial trompeta de la orquesta de Bonny Cepeda interpretaban “Asesina”. Rodeé su delicado e inmaculado talle del vestido de pepas que le había visto  horas antes en la procesión cuando seguía la cruz donde padeció el nazareno y que ahora estaba en un lugar profano. En esas dos antípodas, se desarrolla la existencia de los mortales que erramos por este planeta azul: entre lo santo y lo profano, el carnaval y la cuaresma. ¿Quién de los hombres que hoy me están leyendo alguna vez no ha sido motivo de envidia, (heredada de ese primigenio ángel caído) por otros hombres cuando a nuestro lado está una carismática y hermosa amazona? Esa noche yo era el centro de envidia del grupo de los machos alfas que en cualquier momento lanzarían el feroz ataque. El líder de la manada la seguía escrutando con su lánguida mirada en silencio mientras bailábamos. Por mí se pueden ir al carajo, me dije. Su respiración contenida entremezclaba el olor de goma de mascar y la melodía que le agradaba la susurraba en uno de mis oídos como en una canción de cuna. Cerré los ojos por un momento y sentí que ese suelo de la taberna que olía a amoníaco y cera de abejas era mi sitio sagrado, mi ahora, mi Carpe Diem. Afuera, la brisa fría de la madrugada del mes de mayo corría sobre la diáfana ciénaga, indiferente si dos seres en los confines del universo eran felices en una taberna.

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*Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018- 2019. Especialista en intervención comunitaria.

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