Contra la vacuidad en el debate público

0
471

About The Author

El debate público en Colombia es superficial, pobre en cuanto a información e investigación, se funda más en el rumor que en la evidencia.

(Lea también: Gandhi encuentra su jardín en Bogotá)

Hace años, después de París 68, se hizo popular una matriz cuya creación se atribuye a estudiantes polacos: En las columnas van los sujetos, los verbos y diferentes predicados; en las filas van los contenidos alternativos para formar frases insustanciales.  Uno podía cambiar los sujetos, los verbos y los complementos en cada caso para leer, en unas treinta líneas, frases coherentes que no decían nada. Como una declaración versátil y flexible de un estado ineficaz. Era un conjunto que los jóvenes difundían al constatar los parecidos en los métodos, proclamas y prácticas de los diferentes partidos políticos cuando asumen la responsabilidad ejecutiva. Seis lustros atrás, cuando escribí mi ensayo “Interpelación a las élites” publicado por la Editorial Oveja Negra, llamé la atención de nuestra clase dirigente al dejar en claro que la decrepitud no era un asunto exclusivo de los políticos, sino que involucraba también franjas de la actividad privada y de los sectores empresariales.

Cuando veo los debates en algunos medios, la vacuidad de los discursos, la linealidad ideologista, la retórica iterativa, los ¨motivos¨ de los escándalos, la repetición infinita de los ataques y contra ataques entre gentes con fragilidades morales inocultables, viene a mi memoria la citada matriz multiforme de la estulticia, puedo comprender el hastío de la gente frente a lo público, percibo la desconfianza ciudadana y los sentimientos que  recuerdan la frase de Sábato: ¨Vivir es irse desilusionando¨.

El debate público en Colombia es superficial, pobre en cuanto a información e investigación, se funda más en el rumor que en la evidencia e invita a los académicos sólo como comentaristas mientras cientos de estudios de nuestras universidades y sus resultados se quedan sin ser difundidos y mucho menos considerados por los hacedores de las políticas.

Percibo una senilidad que contagia a todos los grupos etarios, incluida la juventud. Es el anclaje en el pretérito, la retrotopía de la que nos hablara Sigmund Bauman, ese afán de mostrar una falsa consistencia que no facilita la interpretación de los vertiginosos cambios a los que asistimos y que repite un vademécum cargado de anacronismos, donde unos y otros atribuyen a la ciencia posiciones dogmáticas que son su negación.

Por eso cuando entramos tarde a un noticiero o sintonizamos un programa radial iniciado, o accedemos a una reunión que ya pasa de quince minutos en una plataforma, de no ser por la información que nos provee el teléfono móvil sobre la fecha y hora, tenemos la misma sensación que nos invade cuando regresamos de un viaje, tal cual la expresara un escritor amigo: Te vas diez días de Colombia y pasa de todo. Pero te vas diez años y aquí no pasa nada.

(Texto relacionado: La economía popular y sus diez mandamientos)

A mí no me asusta el libreto de inclusión social, responsabilidad ambiental y construcción de paz del programa presidencial. Me reafirmo en esa posición. A mí me aterran la dificultad del estado colombiano para materializar los enunciados de las políticas públicas, la micro gerencia de las agencias oficiales y los micro lingotes de la oposición reaccionaria.

Es tal el aburrimiento de la ciudadanía que huye de la política y trata de sobreaguar en medio de la presión inflacionaria, la volatilidad cambiaria, el precio de los servicios gastronómicos, la demora para obtener una cita médica y los contestadores cargados de grabaciones que gradúan al usuario de estúpido, que el seguimiento a lo público redobla esa sensación frustrante y llena a esa ciudadanía de hartazgo. Esa ciudadanía que siente un vacío de referentes morales se mueve entre trancones infinitos, inseguridad rampante y debe asistir al lanzamiento de candidatos para las elecciones locales con el mismo bajo continuo de la superficialidad y la clientela.

Hay obstinación, resistencia, mas sobre todo obcecación, terquedad, porfía. Por eso debemos alentar los diálogos no habituales que estimulan algunas organizaciones buscando salidas, conexiones, encuentros improbables. Es decisivo pedir del gobierno mayor capacidad ejecutiva, menos explosión retórica. Y de la oposición menos bilis. Estábamos acostumbrados a un cierto resentimiento entre núcleos testimoniales de izquierda, pero no conocíamos de un resentimiento de derecha, que desea el mal para otros ciudadanos y apuesta al caos.

Pidamos todos al liderazgo político de todas las vertientes y del gobierno más razones y menos algarabía, más argumentos y menos voces destempladas, más realizaciones y menos retórica. Y como decían nuestras abuelas: “menos capricho, mijo”.  Nuestro debate político es elemental porque está minado por el capricho tal cual lo define el diccionario: “Deseo impulsivo y vehemente de algo que se considera prescindible o arbitrario. Determinación que una persona toma siguiendo este deseo”.

(Le puede interesar: Formidable semana para Petro presidente)

*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, @juanalfredopin1

Autor

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.