El mensaje al final de la tormenta será contundente: la humanidad deberá reinventarse.

El planeta, la naturaleza, el mundo tal como lo conocemos, acostumbrado y acaso resignado a la sobreexplotación de sus recursos a la cual el hombre lo ha sometido, de tanto en tanto nos recuerda nuestra propia condición minúscula frente al poderío silencioso de las fuerzas naturales del planeta que nos alberga.

Fiel a los preceptos religiosos y filosóficos que proclamaron la condición de un mundo antropocéntrico, la especie humana, con no poco de arrogancia y mucho de soberbia, ha dedicado todos sus esfuerzos a avasallar y devastar a este planeta generoso y espléndido, menospreciando la sana coexistencia con las demás especies animales, subestimando la importancia de ecosistemas de océanos, ríos, arroyos y canales, selvas tropicales, montañas y llanuras y todas las maravillas naturales contenidas en ellas, mientras el planeta, obstinado a pesar del insaciable desangre, se niega a rendirse y hace su último esfuerzo por regenerarse y reinventarse.

Cientos de especies, por cuenta de esa depredación insensata, han desaparecido o están al borde de hacerlo, miles de especies han sido desplazadas de sus ecosistemas y otras están siendo arrinconadas hacia linderos inexplorados y desconocidos, dando cuenta de una expansión que adolece de algún sentimiento parecido a la piedad o el remordimiento por parte del verdugo.

Hoy la humanidad enfrenta el más grande reto de la historia contemporánea en la que su propia pequeñez se da por descontada frente a la magnitud del desafío al enfrentar la pandemia del coronavirus, un enemigo invisible y silencioso, sigiloso en su actuar pero contundente en sus resultados visibles.

Hoy los arrinconados, tal vez en una despiadada forma de justicia poética, somos nosotros, al mismo tiempo en que aves, mamíferos, insectos e invertebrados caminan por el mundo que para ellos ha sido siempre ajeno, – como si de alguna manera en el pasado el planeta no hubiera sido su hoga r-, gozando de una libertad que la humanidad siempre tuvo pero que su arrogancia y ambición se empeñaron en impedirle apreciar.

Miles de millones de habitantes del planeta entero nos hallamos aislados y confinados en nuestras propias casas, presas de la ansiedad y del miedo, con la única certeza de saber que hoy todo es incertidumbre.   

Hoy como nunca, podemos disfrutar de todas aquellas posesiones materiales por las que mucho hemos trabajado y por las que tanto hemos devastado los recursos naturales: muebles de lujo, artilugios tecnológicos, ordenadores, teléfonos inteligentes y toda suerte de caprichos materiales que, con diez o doce horas diarias de sumisión ante un trabajo muchas veces mal remunerado, hemos podido procurar a nuestras vidas.

Hoy lo tenemos todo al alcance de nuestras manos, con la disposición del tiempo para disfrutarlos, pero teniendo que renunciar al bien más preciado y valioso que pueda tener cualquier especie sobre la faz de la tierra: la libertad.

Y es esa falta de libertad de movimiento, la misma que le hemos infligido a aves y peces cuando los capturamos y enjaulamos para exhibir nuestro poderío sobre las demás especies, la que indefectiblemente desembocará en males aun impredecibles.

Millones de hogares de todo el mundo no tendrán un alimento en sus mesas y los padres de esos niños hambrientos serán presas del pánico por no poder consolar el llanto de sus hijos y se verán abocados a encontrar solución a su aflicción por métodos otrora inimaginables.

Los casos de violencia intrafamiliar se harán más frecuentes pero no por eso menos invisibles de lo que hasta hoy han sido, creando una bomba social silenciosa, casi imperceptible en medio del caos generado por la pandemia.

Miles de pequeños y medianos empresarios se descubrirán al borde del precipicio, víctimas de un modelo económico injusto e inequitativo, cuya principal característica ha sido la prolongación de la brecha entre ricos y pobres y la perpetuación de la inequidad social.

La salud mental de muchos – o de todos – será por fin un tema de crucial relevancia mundial en la que la estabilidad emocional de toda la sociedad se pondrá a prueba como nunca antes, desnudando una dramática realidad en la que veremos por fin que los números y estadísticas manejadas hasta hoy en términos de salud mental, son tan solo la punta de un iceberg gigante que nunca ha reflejado el verdadero estado emocional de nuestra sociedad.

Ha llegado la hora en que la humanidad encuentre todos aquellos sentimientos extraviados en el camino de la ambición, tales como la sensibilidad y la solidaridad, la paciencia y la hermandad entre los pueblos.

El planeta nos está hablando a través de un enemigo invisible como lo es un virus con alcances inimaginables, pero el mensaje al final de la tormenta será contundente: la humanidad deberá reinventarse.

La especie humana tendrá que cambiar la forma de entender el mundo y la manera en que se percibe a sí misma, el lugar que ocupa en el universo infinito y aceptar con humildad y gallardía su responsabilidad en los errores cometidos a través de la historia.

Los gobiernos, esos señores que manejan los hilos del mundo, tendrán que entender que es imperativo invertir más en ciencia y menos en explotación irresponsable de los recursos naturales, al mismo tiempo en que habrá que invertir de manera consciente y efectiva en ese rubro olvidado y menospreciado por siglos enteros de ignominia, llamado justicia y equidad social, generando puestos de trabajo dignos y bien remunerados, fortaleciendo el tejido social a través de programas integrales de inclusión de los más necesitados, enfocando toda la atención en un sistema de educación de vanguardia y creando ambientes saludables y dignos para la tercera edad.

Esta crisis no será corta y dejará heridas muy profundas difíciles de sanar, pero también, si unidos nos lo proponemos, podría significar el cambio que tanto necesitamos.

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia, Twitter: @MauroPerez82 Facebook: David Mauricio Pérez

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