Se necesita una nueva ética integradora de las relaciones del hombre con la tierra, con los animales y las plantas, aceptada por las diversas tradiciones espirituales de Oriente y Occidente.

El origen del Covid 19 es uno de los aspectos más relevantes a la hora de evaluar los impactos que éste puede llegar a tener en lo que se denomina la geopolítica mundial y el multilateralismo. Hasta la fecha de elaboración del artículo, el origen se mueve en el terreno de la especulación. Tres hipótesis se perfilan alrededor de ésta.

Una primera hipótesis tiene que ver con el origen humano del virus, un arma biológica de amplio espectro y letalidad manipulada por las grandes potencias mundiales como China, Rusia y Estados Unidos. Sobre esta posibilidad se ha pronunciado Estados Unidos de manera contradictoria, por una parte, acusaciones del presidente Trump sobre el origen del Covid 19 a los laboratorios de Wuhan en China y, de otra, la CIA ha desmintido dicha posibilidad. Esta hipótesis es apoyada por el científico francés Luc Montagnier Premio Nobel de Medicina quien planteó que el virus habría sido “creado en un laboratorio”, al insertar en un coronavirus genes del VIH-1.

Una segunda hipótesis tiene que ver con el origen biológico del virus y la imposibilidad científica de la creación humana de éste, que está soportada por el grupo del Department of Immunology and Microbiology, The Scripps Research Institute, de Estados Unidos, además de otros centros de investigación. Estos expertos concluyen que de acuerdo con los datos es “irrefutable” la imposibilidad de que el SARSCoV-2 sea un virus de diseño.

Una tercera hipótesis habla la posibilidad de que el Covid 19 haya saltado de animales a humanos, como consecuencia de errores en la manipulación humana, teniendo en cuenta que los estudios científicos sobre los efectos del virus en animales adquiridos en humanos concluyen que las características genómicas adaptativas durante transmisiones virales no son detectables. El diario estadounidense Washington Post se inclina en forma decisiva a favor de un accidente o escape del laboratorio, hasta una infección del laboratorista, postura que aún no es concluyente por la comunidad científica.

Me siento tentado a pensar que el origen del virus está relacionado con la tercera hipótesis, por los peligrosos efectos con los que los seres humanos se han relacionado con la naturaleza, el eficientismo científico en la manipulación y transformación del medio ambiente, en su afán bélico y desarrollista.

El origen del virus tiene una importancia capital en la geopolítica mundial por las responsabilidades en su propagación y en el tipo de medidas que, a mediano y largo plazo, se tomen en diversos aspectos; en efecto, ya varios Estados se han pronunciado respecto a las posibles sanciones contra el gigante asiático. En materia económica, se comienzan a vislumbrar iniciativas de bloqueo comercial a sus mercancías de gran escala, demandas multimillonarias por los daños y perjuicios ocasionados a los diferentes países y la posibilidad de la apertura investigativa sobre sus responsabilidades. A todo esto, China también ha respondido con represalias y bloqueos económicos.

El origen del virus y su tratamiento de por sí ya generó sus primeros efectos y no precisamente en el gigante asiático, sino en el multilateralismo, con iniciativas políticas y económicas por parte de los Estados Unidos en contra de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la suspensión temporal de los aportes económicos a la Organización argumentando una mala gestión y el encubrimiento en la expansión del coronavirus, decisión rechazada por países e integraciones regionales como Alemania, China, Australia, Nueza Zelandia, la Unión Europea y la Comisión de la Unidad Africana, y  gestiones para provocar la renuncia de su director. Además, la apertura de una investigación formal sobre la gestión dada por parte de la OMS en los primeros días de la pandemia; la promoción de una reforma de la Organización en el seno del G7; la solicitud a los diferentes organismos de cooperación para la financiación de iniciativas mundiales de salud por fuera de la órbita de actuación de la OMS, bloqueos de impulso global frente a la enfermedad promovido por países como Francia en el seno de las Naciones Unidas y su negativa a participar en la conferencia de salud del G-20 impidiendo un comunicado conjunto para la búsqueda global de medicinas y vacunas contra el Covid 19. Estas gestiones de orden político de Estados Unidos también se han acompañado de acciones de desprestigio contra los funcionarios y la institucionalidad de la OMS.

Independientemente del origen del virus y los posibles propósitos de su propagación, la pandemia se desarrolla en medio de varios procesos políticos complejos a nivel mundial: las guerras económicas entre las grandes potencias, la proliferación de nuevos conflictos bélicos y sus respectivas crisis humanitarias y la grave situación de los derechos humanos provocada por la pandemia que, en lugar de contribuir a la unión de los países y el fortalecimiento del multilateralismo, ha debilitado esas posibilidades.

Contrario al sentido lógico de humanidad frente a los efectos dramáticos del Covid 19, el orden geopolítico mundial se está moviendo en otra dirección. El filósofo sloveno Slavoj ŽiŽek pronostica la caída del capitalismo, el fin del régimen chino y el surgimiento de un “comunismo ampliado”, mientras que el filósofo coreano Byung Chul Han teme que China dé un golpe de autoridad provocando un mundo menos solidario y más autoritario.

La pandemia del Covid 19 está acelerando un proceso político donde el gigante asiático gana cada vez mayor influencia, seguido por un grupo de países que, aún con diferencias, apalancan un modelo político y socio económico basado en el totalitarismo estatal, altamente disciplinado y controlado a través de las tecnologías de la información y la comunicación. Esta hegemonía por ahora se muestra más fuerte debido a los resultados positivos en el manejo de la pandemia, en los resultados económicos como consecuencia de ésta, en el apoyo al multilateralismo y la expansión de su cooperación a terceros países y su legitimidad interna, ganando espacios en los foros internacionales como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

A su vez, es evidente la pérdida de liderazgo mundial de Estados Unidos debido a las erráticas políticas del presidente Trump en diferentes frentes y niveles. La política negacionista y de preeminencia de la economía en la gestión de la pandemia profundizan diferencias internas dentro este país norteamericano y aún es prematuro medir sus alcances. Si las diferencias son notorias en la lucha bipartidista, ahora parecen abrirse hacia nuevos escenarios entre el centro y la periferia (Estado federal vs estados federados) que, sumado a lo anterior, son repercusiones que llevan a la impredecibilidad en la contienda electoral.

Esta errada política ha sido reorientada por las presiones internas de los sistemas democráticos, secundadas por otros bloques de países, como una especie de neocolonialismo, que usa herramientas excepcionales de sus sistemas constitucionales; donde el autoritarismo y el debilitamiento de los poderes público aumentan. Esta política a un corto y mediano plazo puede contribuir en la inestabilidad política interna de los países como sucede en Brasil. Esta política está contribuyendo al debilitamiento del multilateralismo, especialmente en el liderazgo de las Naciones Unidas y en la profundización de la ruptura de iniciativas de integración regional como el de la Unión Europea.

Pese al incuestionable fortalecimiento de los sistemas totalitarios y autoritarios de corte socialista y capitalista, también se perfilan nuevas iniciativas de fortalecimiento de carácter democrático por parte de los países considerados como socialdemocracias y Estados de bienestar, como Noruega, Finlandia, Islandia, Países Bajos, Alemania y secundados por otros como Francia. Estos sistemas están fundamentados en el paso de una economía enfocada en el crecimiento del PIB a otro basado en inversión social, especialmente en los sectores donde la pandemia ha mostrado su mayor dramaticidad (salud, educación, energías limpias, empleo, saneamiento básico, agua, entre otros) con el decrecimiento de sectores como el petróleo, gas, minería y publicidad y basada en la conservación de la biodiversidad.

Estas iniciativas hacen posible pensar en una economía basada en la creación de una renta básica universal, horarios de trabajo reducidos y compartidos y un sistema laboral que reconozca los trabajos de cuidados de ciudadanos. Una economía con un mayor poder impositivo a los ingresos, al lucro y la riqueza y transformadora de la agricultura para hacerla más productiva y regeneradora, basada en la conservación y en la biodiversidad, que sea sustentable y priorice la producción local y vegetariana.  Igualmente, plantean las condonaciones de deudas especialmente de los trabajadores y la de los dueños de pequeños negocios y cooperativas, así como las deudas soberanas de los países del “Sur Global” de todos los continentes.

Un efecto positivo, si así se puede ver, es la emergencia de un conjunto de problemáticas de carácter estructural en los diferentes países del mundo, en los ricos, emergentes, en desarrollo y subdesarrollo, provocando una nueva agenda mundial social fundamentada en la indivisibilidad e interdependencia de todos los derechos humanos, especialmente porque la pandemia es una amenaza a la salud mundial, que repercute en el disfrute de los derechos civiles y políticos, teniendo en cuenta las medidas que han adoptado algunos Estados para contener al Coronavirus.

Ahora bien, se puede pensar en una agenda mundial que fortalezca los derechos económicos, sociales y culturales (salud, educación, empleo, acceso a servicios básicos como el agua, saneamiento básico) y proteja la dignidad inherente de todas las personas, dedicando la máxima cantidad de recursos disponibles en los Estados para combatir el impacto negativo en las personas vulnerables (las personas de edad, las personas con discapacidad, los refugiados y las poblaciones afectadas por conflictos, así como en las comunidades y grupos sujetos a discriminación y desventajas estructurales.). Una agenda que se oriente hacia la protección de las garantías laborales durante la pandemia, que mitigue las repercusiones económicas de cara al futuro. Una agenda que fortalezca la asistencia y la cooperación internacional en las investigaciones, equipos, suministros médicos y buenas prácticas en la intervención del virus. Que evite decisiones limitantes frente a la exportación de equipos médicos, la obstrucción de acceso a equipo vital para las víctimas más pobres de la pandemia; que incremente la cooperación fronteriza entre países, para la circulación de bienes y servicios necesarios para la sobrevivencia.

Finalmente, como ya lo he señalado en anteriores artículos, se requiere una agenda global que propicie un nuevo diálogo del ser humano con la naturaleza, con las especies y la biodiversidad, un diálogo de saberes de las culturas humanas, que permita la ruptura del antropocentrismo y la vía de un ecocentrismo, una nueva antropoética. Una nueva ética integradora de las relaciones del hombre con la tierra, con los animales y las plantas, aceptada por las diversas tradiciones espirituales de Oriente y Occidente, que reconozca el valor inherente de la vida no humana, aceptando la realidad que como individuos y sociedades estamos inmersos en una interdependencia de los periodos cíclicos de la naturaleza, entendiendo y valorando los ecosistemas como totalidades. Un diálogo entre las culturas humanas que genere rupturas con los centrismos de inspiración hegemónica y de irrupción de los saberes desplazados, estigmatizados y devaluados por la preeminencia del saber científico en la modernidad, tal y como lo señala el profesor Carlos Jesús Delgado Díaz.

*Carlos Julio Vargas Velandia, magíster en Ciencia Política, abogado especializado en Derecho Penal, Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

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