El mundo está en la obligación de crear un pacto que permita el tránsito de la progresividad de los derechos económicos, sociales y culturales a su cumplimiento inmediato.

El Covid-19 es el problema más emblemático que afronta toda la humanidad en las últimas décadas, incluso en los últimos dos siglos. Después de la Segunda Guerra Mundial, de la finalización de la Guerra Fría y la lucha contra el terrorismo, esta pandemia es un problema que no tiene precedentes.

La multidimensionalidad del Covid 19 y sus impactos a corto, mediano y largo plazo están generando transformaciones aún no dimensionadas para el futuro global.  Todo esto constituye un fenómeno del cual aún no se tiene una teoría definida y aun los científicos discuten si estos son seres vivos o no o, en la medida en que sin célula hospedera, no puede existir. Lo que sí es cierto es que los virus coronarios están actualmente y coexisten con todos los seres vivos, son acelulares y no cumplen con los umbrales de la teoría celular, ni realizan metabolismo, que es cualidad esencial para la vida. Sin embargo, como fenómeno biológico reviste cierta complejidad, porque su forma de existir pone al límite su clasificación taxonómica, ya que son moléculas extremadamente complejas que son capaces de realizar funciones atribuidas a los seres vivos y reproduciéndose con la facilidad de una máquina celular para poder “copiarse”.

Los virus reúnen las características propias de los sistemas vivos más complejos, porque adquieren la información sobre el medio y su propia interacción, identificando las regularidades que le permiten actuar de manera eficaz. Adicionalmente, adquieren procesos de aprendizaje que le permiten una evolución biológica. Ahora bien, lo más emblemático de esta situación es que reúnen características propias de los sistemas complejos como el azar, la necesidad, la imprevisibilidad, la no linealidad, la interacción, la recursividad, la adaptabilidad y reticulación en red, lo que hace muy difícil la intervención.

Hechas estas precisiones iniciales, este documento tiene por objeto dar continuidad a una serie de artículos que pretenden analizar las consecuencias que a corto, mediano y largo plazo, el Covid 19 produce para la humanidad en sus aspectos antropo-sociales, en diferentes ámbitos territoriales, locales, regionales y de geopolítica, así como en sus implicaciones, políticas, culturales, económicas e institucionales. Vea también La geopolítica del Covid-19

Este conjunto de artículos tiene como propósito dimensionar los impactos del virus sobre el ser humano y su interacción social, visto desde una ampliación de lo que llamo “la redimensión de la dignidad humana y un nuevo diálogo del hombre con la naturaleza”.

Lo primero que hay que señalar es el posible origen del virus, ya sea del orden biológico, por las relaciones que en la actualidad el ser humano tiene con otras especiales (plantas, animales) y otros ecosistemas, que generan fuertes impactos como el cambio climático, ya sea del orden de la construcción humana enmarcada en situaciones tan dramáticas como la utilización de armas de destrucción masiva, en conflictos armados y el control de la población, que nos coloca en situaciones que pensábamos ya estaban superadas como la Guerra Fría. 

Una vez la humanidad logre la contención de este virus coronario, seguirán serias consecuencias, tanto en el corto como en el mediano y largo plazo. A la fecha, lo único cierto y visible son las mutuas acusaciones de las grandes potencias China y Estados Unidos acompañadas de las recriminaciones por parte de los países más afectados. Un primer impacto, que es el más visible, es el escaso liderazgo por parte del sistema de las Naciones Unidas y los sistemas regionales como la OEA para contener la problemática y el debilitamiento del denominado multilateralismo, que es posible que tenga un impacto en los procesos de integración económica como el de la Unión Europea.

Estas reflexiones las traigo por la repercusión planetaria, porque la dimensión del virus y su reticulación puede llegar a los todos los confines del planeta para alojarse en los cuerpos humanos por fruto del azar, la imprevisibilidad, las migraciones multicausales y la globalización. La localización del virus en el cuerpo tiene serias implicaciones en los efectos que pueda generar en el tiempo, en sus relaciones individuales, sociales, culturales, políticas y económicas; que transitan desde el aislamiento hasta los fuertes procesos de solidaridad y cooperación.  Las situaciones se pueden observar de manera pasajera y de olvido en la memoria de algunas personas; pienso que a mediano plazo se pueden generar grandes cambios en el comportamiento de los seres humanos, como lo es el temor y el miedo a la inseguridad sanitaria. En su relacionamiento e interacción con otro, se van a generar nuevos procesos de discriminación como, por ejemplo, lo que sucede con los profesionales de la salud, con los nuevos espacios laborales (domiciliarios), con la vida social y las relaciones afectivas y trans-subjetivas.

La dramaticidad de los cambios, en gran medida, depende de cómo los Estados están asumiendo la gravedad de esta situación y en esto se muestran complejas y contradictorias diferencias, como sucede en Estados Unidos, Inglaterra y Brasil, que asumieron la situación fundamentados en las teorías políticas de la evolución, los recursos escasos y la selección natural, en la vía del pragmatismo económico. El obviar las obligaciones de protección y garantía de los derechos humanos a los que se encuentran obligados los ha mostrado débiles políticamente y poco populares ante la humanidad. Otro grupo de países, como China, Rusia e Irán, adoptaron la vía del control disciplinario y el autoritarismo por medio de las nuevas tecnologías de la información (TIC), anteponiendo el derecho a la vida sobre otros derechos fundamentales, limitados exclusivamente en situaciones de excepcionalidad y bajo el estricto principio de la razonabilidad. Otros países como la India, Hungría, Israel y Colombia han adoptado por la vía de la excepcionalidad medidas como el control digital de contagiados con geolocalización telefónica unido a las multas por violación del confinamiento obligatorio, prisión por la divulgación de noticias falsas y alarmismo, entre otras. Esto conlleva a que lo excepcional se pueda convertir en normalidad, como es del caso de Hungría, que adoptó medidas excepcionales sin temporalidad y esta situación genera graves riesgos, en el  favorecimiento del autoritarismo y el control disciplinario, policivo y militar. Finalmente, otros países, amparados en sus estructuras sociales y culturales, en la relación Estado – sociedad y no en modelos políticos, han asumido la situación solidariamente, como Noruega, Finlandia, Costa Rica, El Salvador, sin requerir de la adopción de medidas excepcionales.

Gran interés ha cobrado las disposiciones de algunos países mediante controles tecnológicos que limitan la privacidad de las personas y que pueden tener grandes repercusiones en la dignidad humana y en los derechos humanos. Una situación que restringe los derechos y exacerba circunstancias ya superadas como la discriminación, la segregación y la vulneración de otro tipo de derechos.

Estas posturas lo que demuestran realmente es la visión de los Estados en relación con la dignidad humana. En palabras de Habermas, “la dignidad humana es algo que no tiene nada de trivial como la muestra la crisis actual”, pues es más que evidente que las salidas pragmáticas en el orden económico, el control social disciplinario y la excepcionalidad, con menoscabo de la vida y la integridad del ser humano, especialmente, con aquellos en situaciones de vulnerabilidad, representan una debacle que tiene su mayor expresión en la situación humanitaria de los Estados Unidos. Ahora bien, si esta fragilidad se demuestra palmariamente en el derecho más vital como la vida y la integridad, se hace aún más dramática en el campo de los derechos económicos, sociales y culturales, donde el temor y el miedo se hace aún más latente por situaciones de pobreza multidimensional en los diferentes países, incluso en los más ricos y poderosos como Estados Unidos, China, Inglaterra, emergentes como Brasil y la India o en vía de desarrollo como los países latinoamericanos y por no decir los más pobres como Haití, caracterizados en todo su conjunto por las fragilidades de los sistemas de salud, vivienda digna, empleo, educación e incluso por la precariedad en el acceso de medios tan vitales para nuestro tiempo como el agua, la luz, el Internet y las comunicaciones.

En mi opinión, el ser humano profundizará un proceso ya iniciado, con la inclusión en la trama de la vida de las tecnologías de la información y la comunicación, un mayor aislamiento social desde los niveles más primarios – individual, familiar, laboral  y social – ante el temor y el miedo a la inseguridad sanitaria. Una situación de esta naturaleza puede llevar a los Estados a aislarse para reducir sus obligaciones de protección y garantía de los derechos junto con la profundización de las medidas de excepcionalidad, sobre todo en los países pobres y las democracias débiles, abriendo brechas que ya estaban resueltas.

Es por esta razón que una solución a largo plazo debe conducir a una resignificación del principio más vital de la vida y los derechos humanos – la dignidad humana mediante un nuevo pacto o un acuerdo mundial – , que le dé vía a una nueva generación de derechos humanos alrededor de la universalidad especialmente de los derechos económicos, sociales y culturales. El mundo está en la obligación de crear un pacto que permita el tránsito de la progresividad de estos derechos a su cumplimiento inmediato tomando como criterio estructural los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas en cada uno de los países y políticas de seguridad humana. Pero, desafortunadamente, no será posible sin cambios radicales en los modelos político, económicos y de desarrollo imperantes,  por lo que, a la par de la resignificación de la dignidad humana, se requiere un nuevo diálogo que genere una nueva visión del ser humano con la naturaleza y su especie, un nuevo pacto civilizatorio, que en palabras de pensadores como Morin o Boaventura Do Santos, permita el retorno de un nuevo humanismo, que cambie la conciencia de la condición humana, y una antropoética del individuo, que desarrolle el conjunto de las autonomías individuales y de las participaciones comunitarias.

NOTA: El próximo artículo establece las relaciones del COVID 19 con los posibles cambios de orden político en los ámbitos internos de los países de cara a una nueva geopolítica.

*Carlos Julio Vargas Velandia, magíster en Ciencia Política, abogado especializado en Derecho Penal, Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

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