Crónica de un viaje al sur de Bolívar

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El presente relato fue galardonado en la categoría mejor crónica en el pasado concurso de periodismo Pluma de Oro realizado en la ciudad de Barrancabermeja- Santander.

Son las 5 y 30 de la madrugada; afuera se escuchaban los pitos de las motos que afanosamente cazaban sus primeros pasajeros; en esta calurosa ciudad, más de diez mil velocípedos viven del rebusque; el sonido intermitente de los pocos carros que pasaban rompía el silencio de las calles magangueleñas; la primera aurora azulada se asomaba sobre las hermosas sabanas de Bolívar. Estaba amaneciendo. Mientras termino de empacar mi morral se escucha en la radio la melodía de Joan Manuel Serrat “caminante no hay camino, se hace camino al andar”; mi rumbo, hoy aunque casi nunca creo en los caprichos del destino, es una parroquia en la neurálgica zona del sur de Bolívar, en reemplazo de un sacerdote que oscureció y no amaneció por amenazas en contra de su vida por un grupo armado ilegal. Ayer lo vi cruzar a grandes zancadas las congestionadas calles de Magangué – Bolívar; un agente de policía que se ha convertido en su sombra lo seguía a distancia; éste era un joven taciturno y silencioso que siempre apoyaba su mano derecha sobre la “Sig Sauer” y con la otra tamborileaba los dedos sobre la reata del uniforme que le oprimía la cintura parecida a un muñeco de año viejo.  El padre me saludó y dijo:

 − Y, ¿ahora cómo voy al baño? señalando a su ahijado; les dicen así por el plan “padrino” asignado por el gobierno nacional a las personas amenazadas; adicional a esto les ofrecen celular y un inútil chaleco antibalas; el ahijado permanecía en silencio acariciando la “Sig Sauer” que lo libra de todo mal y peligro; la pistola fabricada en Suiza, uno de los países más pacíficos del mundo, refulgía ante los rayos del sol.

Con el concierto de los primeros pájaros, me enfilé hacia un puerto llamado Yati; éste comunica a Magangué con Mompox; tenía que tomar el ferry que me llevaría hasta un punto llamado la bodega; a medida que me acercaba, escuchaba el ruido sordo, lejano de ese monstruo metálico pintado de amarillo que eructaba por su fumarola cantidades de humo; cuando llegué, había partido. Con mirada de impotencia, lo vi alejarse mecido por las aguas del Río Magdalena como aquel barquito de papel de la canción de Leonardo Fabio; se esfumó en la distancia; dicho ferry pasará a la historia porque muy pronto se abrirá el puente Roncador, uno de los más largos de Colombia con 2.3 kilómetros de longitud que unirá a Magangué con la depresión momposina. Un vendedor de cosméticos llegaba en ese momento, un hombre de treinta y tres años, de chivera ridícula y cuidadosamente arreglada parecida a la de Stalin, vestido de pies a cabeza por una esposa que se rebusca vendiendo revistas de catálogos; me sacó de mi estado de contemplación vociferando: 

− Carajo ¡lo perdimos! Encogiéndome de hombros y resignado le contesté:

– Sí, lo perdimos-

Al otro lado de la calle, en un kiosco de palma, varios hombres reunidos en un pequeño círculo, reían a carcajadas; el centro de atención era un travesti de ademanes sibaritas que comentaba cómo peluquear a un hombre, hasta no sé qué otras diabluras; por sus movimientos descoordinados, noté que estaba amanecido; desde una casa vecina, un fogón de leña hervía una olla con café que nos embriagaba con su olor; yo observaba al vendedor cotorrear por celular, seguramente con su jefe, explicándole que no había alcanzado el ferry, que no era su culpa y que por eso las visitas a los clientes se atrasarían; cuando cortó la comunicación, se hizo un silencio y sin preguntar mi aprobación prorrumpió en insultos:

─ ¡Malditos jefes, nunca lo comprenden a uno! –

 Un pájaro surcó el firmamento como un obús y se clavó en las negras y turbulentas aguas del río; el vendedor se arreglaba la chivera que se le había desordenado por el insulto imaginario; más calmado casi que en desahogo comentó que iba de Sincelejo hacia Mompox, ahora había que esperar que una canoa nos transportara al otro lado. En esa espera estábamos cuando comenzaron a llegar varios soldados al kiosco donde el travesti en actitud seria se cuadró y los saludó militarmente, uno de ellos traía sobre su morral de campaña loro y radio incluido; en este último se escuchaba la voz mal sintonizada de un locutor bogotano que despotricaba sobre el naciente acuerdo de paz; yo seguía mirando correr las turbias aguas y esperando que el pájaro emergiera. Uno de los soldados se sentó en la mesa y ordenó un caldo con cabeza de bagre; entre cucharada y cucharada, su aspecto físico cambiaba de pálido a verdusco; los efectos de esa bomba de calorías lo fulminaron; cayó de bruces sobre la mesa. Un hombre aindiado seguramente el dueño del restaurante le gritó a su compañero:

−¡Llama al coronel que este man se está muriendo! –

El otro militar entre aturdido y temeroso no sabía qué hacer; el travesti fuera de control con las manos sobre la cabeza gritaba y corría de un lado a otro,;varias personas le quitaron la camisa, las botas, al azulado militar abatido por el voltaje de la cabeza de bagre. Una mujer con cuerpo de foca de lentes bifocales entró solemnemente en escena vociferando:

− ¡Qué viva Colombia carajo!, mientras unos se ganan 30 millones en el congreso, a estos pobres les toca colocarle pecho al monte- el radio yacía en el piso, el locutor capitalino en una interminable jerga parecida a la del loro vociferaba que había que hacer trizas no sé qué cosas. La dama de los lentes seguía despotricando, el héroe de la patria fue sacado en hombros y llevado a un destartalado carro que hizo las veces de ambulancia hacia el hospital más cercano, el hombre aindiado lanzó su nuevo oráculo:

− A Magangué no lo lleven porque esa mierda allá está en paro − fueron sus últimas palabras porque el magullado galón partía en esa cálida mañana con el héroe bicentenario abatido, abatido por una cabeza de bagre.

Había transcurrido una hora desde el suceso del militar y la canoa aún no tenía el cupo para salir; el chalupero de turno sacaba del motor un líquido amarillento como bilis que destilaba sobre las aguas; su ayudante un hombre escuálido, enfundado en una camiseta deportiva de color rojo donde sobresalía un escudo con un diablo, conspiraba secretamente con otro y nos escudriñaba con la mirada de arriba abajo para ver qué clase de marrano iban a comer ese día; me llamó aparte y como si en esa frase estuviera contenido el secreto que salvaría al mundo me susurró:

– ¡ Cuánto nos dan y los pasamos ya al otro lado! –

Miré a mi compañero de viaje que sin inmutarse y sacando su cortesía de vendedor le respondió:

– ¡No gracias! – mejor esperamos – El tipo se alejó refunfuñando y filosofando sobre la tacañería; buscaba la aprobación de sus compinches que también querían participar de la chicharronada.

Transcurrió media hora más y al fin salimos en una enorme canoa impulsada por 40 caballos de fuerza que rompía pausadamente el río Magdalena, navegábamos a cinco kms por hora y en ese trayecto nadie se dirigió la palabra; solo se escuchaba el ronroneo del fuera de borda y uno que otro parroquiano insultando a otro por celular; observé que los que hablaron en ese trayecto fungían a ser jefes, gerentes, siempre daban órdenes; jamás se escuchó la frase. “sí señor, como usted diga”.

Los hombres y mujeres que nos esperaban al otro lado en la estación bodega abordaron como corsarios la enorme canoa ofreciendo toda clase de servicios: arepa de huevos,  gelatina de pata de res, agua, moto taxis…. el sol empezaba a caer como plomo sobre mis espaldas; arribé a Mompox patrimonio histórico y cultural de la humanidad en las horas de la tarde, ahí pernocté, recorrí sus coloniales calles; en Mompox, el reloj se detiene para siempre; en el portal de la marquesa, dos abuelos parlaban sentados en mecedoras mientras caía la tarde.  Por una buhardilla miré con curiosidad la habitación donde el libertador hizo siesta con Manuelita Sáenz y a pie juntillas entré al convento de San Agustín, otrora regido por los curas dominicos; varias personas permanecían en silencio sentadas contemplando un cristo agonizante parecido al de la pintura de Goya; en una banca reposaba el libro de las confesiones del obispo de Hipona, lo abrí justo en la página donde estaba escrito: “Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé, yo te buscaba fuera y tu estabas dentro de mí.”; la tenue brisa que se filtraba por la ventana proveniente de la albarrada nos acariciaba; comprendí que era una caricia de Dios en medio de ese infernal calor de la depresión momposina; una abuela permanecía de hinojos metida en un susurro ininteligible, mezclaba el latín con el castellano de Cervantes y miraba fijamente el Cristo ennegrecido; pasaba por sus nudosos dedos las pepas de una camándula; emulando ese estado de recogimiento, cerré los ojos y medité en los coloquios del hijo de Santa Mónica en su obra magna llamada “De civitate Dei”, muchos años después de convertirse de su licenciosa vida.

A la mañana siguiente salí bajo una tenue llovizna, perdido en medio de la nada y metido entre lodazales le pregunté a un baquiano.

– ¿A cuánto tiempo está el banco Magdalena? –  -a 15 leguas- – respondió –

 – ¿Y cuánto es 15 leguas? -volví a interrogar-.

Se quedó mirándome extrañado y esbozó una amplia sonrisa donde fulguraba un diente de platino:

-¡A 10 tabacos!-

Arribé al terruño del maestro José Barros bajo un diluvio universal, irreconocible por el barro que llevaba encima; desde una fonda un conjunto de gaitas y tambores animaban la lluviosa mañana.

Un diminuto hombre parecido a un muñeco de cera, con pequeños cráteres en su rostro producto de un acné juvenil, personaje sacado de un cuento de Dickens; luchaba y cavaba en medio de un pantano, trataba de sacar un camión marca Kodiak sumergido completamente; el conductor, hombre de barriga prominente sudaba copiosamente, aceleraba de manera furiosa el motor diésel; el camión se hundía cada vez más; se bajó y dijo airado:

-Y así quieren que votemos por ellos-

Pensé: definitivamente no ha sido el mejor día para los políticos; el hombre del cuento de Dickens le daba órdenes a su secretaria, una cachorra fornida de piel cetrina llamada Marta, con el cabello recogido por una gorra de los Giants de San Francisco, anotaba con libreta en mano la placa de los carros; después de titánicos 40 minutos, el camión pudo salir y el diminuto hombre se zambulló en las oscuras aguas para lavarse. El “radar” como se llamaba el ferry partió silencioso, Marta sudorosa y despojándose de la cachucha le entregaba al muñeco de cera el producido del día; el diminuto hombre con ojos codiciosos parecía un forajido contando apresuradamente billetes y monedas. La secretaria se alejó al otro extremo mascullando entre dientes.

 – ¡Avaro de mierda ¡-.

Exhausto me tendí sobre la enorme cubierta mirar un jet plateado, fulgurante como una hoja de cuchillo cruzar el cielo azul magdalenense, cerré los ojos por un momento y por el ruido y el tintineo de una cadena intuí que la fanática de los “gigantes” alistaba una motobomba para succionar el agua que empezaba a inundar el monstruo metálico que lentamente cerraba sus enormes fauces. En media hora nos vomitaría en tierra.

– ¿Marta, ya te celebraron el día? –

– ¿Qué día? – ¿qué día es hoy? preguntó sin mirarme y sin dejar de arreglar la motobomba.

-El día de la secretaria – le dije-.

–  Para nada, hoy todo es trabajo- refunfuñó. 

– El día de la secretaria es todos los días, intervino el diminuto hombre justificando su olvido; en actitud juguetona, parecido a un delfín, nadaba al lado del aparato que rugía poderosamente.

El “radar” era el nombre donde Marta era secretaria; cuando leí “radar”, pensé en un dispositivo satelital GPS. Le pregunté al muñeco de cera que ya había salido del agua completamente humedecido y devoraba un pescadito con un pedazo de yuca.

. ¿Por qué el nombre de radar? – 

Sin pronunciar palabra colocó su diminuto cuerpo tapando la letra R y con el léxico de un optómetra dijo en la distancia:

Lea – ¿Qué dice ahora? –

Me incorporé y leí en voz alta: “Rada”.

El muñeco sonrió: -se llama “radar” porque nosotros somos de apellido Rada- Este ferry es de mi hermano y yo  y, con su índice encorvado, señaló a un mastodonte, sin camisa, calzado con botas industriales capitanear el timón de manera magistral.

Cuando tocamos tierra le dije a Marta: -feliz día de la secretaria-; tal vez no me escuchó porque ya se había iniciado el tableteo de la motobomba que succionaba el agua con una gruesa y estriada manguera parecida a la trompa de un elefante.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 -2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca. Email: [email protected]

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