Crónica de un viaje a Sincelejo

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Varios pasajeros habíamos llegado con puntualidad inglesa a ese reverberante sitio donde el reloj anclado en la pared había detenido su aguja para siempre, marcaba un cuarto para las ocho. La anterior escena contrastaba con el afán de las personas que caminaban apresuradas y corrían de un lado a otro. Dicen que los terminales son los sitios más aburridos del mundo y sobre todo en época de puentes y vacaciones: Abrazos furtivos, bendiciones apresuradas, despedidas aplazadas, vendedores ambulantes ofreciendo desde una caja de chicles hasta el remedio para la impotencia, buses con sus chimeneas encendidas eructando el mortal gas carbónico, televisores mal sintonizados donde solo se escucha la voz atronadora de Homero Simpson, una mujer con caminado de pasarela cruza la calle, un hombre se acerca y le susurra algo al oído.

Nuestra puntualidad inglesa se vio trastocada. Eran las 9 y 20 de esa mañana y el bus no llegaba; al rato se escuchó un bocinazo que nos estremeció y al fin íbamos a partir, no sin antes formarse una batalla de palabrotas entre el “reboleador” que ya nos había tasado y negociado a nuestras espaldas con el conductor. Este último le regateaba y no le pagó lo pactado y, finalmente, el primero se despachó con maldiciones e improperios en contra su compinche.

Había perdido la noción del tiempo; cuando me percaté, la morena del caminadito de pasarela estaba sentada a mi lado. Sería una dama de unos 20 años, con el cabello negro recién cepillado, con curvas que ponían en riesgo la fidelidad de cualquier compromiso. Sería mi compañera de viaje. Se miraba en un pequeño tocador portátil una y otra vez maquillándose apresuradamente como lo hacen los payasos. Sin mirar y darme tiempo a la defensa, me acribilló con su pregunta:

─ ¿Para dónde vas?

─ Para Sincelejo – fue mi respuesta -.

─ ¿Qué te dijo al oído el tipo del piropo? -le pregunté -.

Me miró por primera vez y esbozó una leve sonrisa donde se veían los estragos de una mala ortodoncia.

─ La verdad no alcancé a escucharlo, lo que sí sé es que me asustó. – concluyó -.

El bus arrancó por la lustrosa autopsita arropado bajo 40 grados centígrados. Nos amparaba un techo mezcla de zinc y aluminio. Pegado a ese pequeño infierno pendían varios bafles que escupían decibeles con los corridos prohibidos. En ese mefistofélico calor, el sudor comienza a correr por las pantorrillas hasta llegar a los talones, el desespero aumenta, no sé porque odié tanto esa clase de música, que narra lo inverosímil – la hazaña de un narco megalómano, traquetos disfrazados de monjas que evaden la justicia, tractomulas veneradas que pasan raudas, cargadas de no sé qué cosas, siempre la misma historia, exaltando las hazañas del pillo y el forajido -.

El profesional al volante, un hombre enjuto y pequeño con una corbata más grande o igual a él, hacía tronar el viejo latón parecido a cuál lata de sardina en un terremoto. En un gesto desesperado, se deshizo de la corbata que le estorbaba y la arrojó murmurando “al diablo con esto”; ésta fue a caer encima de una calcomanía que decía“Jesús confío en ti”. La consola de este bus, templo y santuario de cualquier conductor. Pegados al vidrio estaban la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, la virgen del Carmen; más abajo se encontraban cosas de este mundo como un machete y una caja de herramientas.

Habíamos salido de Magangué Bolívar, municipio con más de 200 mil habitantes que se despliega a la ribera del gran río de la Magdalena, ciudad delineada por estrechos callejones propios de la arquitectura turca, con arabescos en sus frontales. Dos calles principales dividen a esta ciudad, una que entra y otra que sale, propias de los pueblos que desembocan en un río o tal vez por la malicia indígena de estos primeros habitantes para saber quién entraba o salía. Hacia el suroeste están los barrios de la gente pudiente como se les conoce acá, poblados en su mayoría por hijos de inmigrantes europeos, que venían huyendo de la guerra desatada en Europa por el lunático y loco de la cruz esvástica. Estos barrios permanecen resguardados por una impenetrable malla metálica, fiel copia de una película virtual, suburbios hechos a imagen y semejanza de Gringolandia, inspirados en el tío Sam. “In the houses”pernoctaron los místeres de la época de la bonanza petrolera. Al fondo, aún se puede escuchar el lamento de una guitarra rockera de un aburrido mochilero europeo que viene en busca de acción y aventura. Una imagen enorme en lata y goma de Mickey Mouse tiembla ante el ruido de los camiones ganaderos que cruzan lenta y perezosamente la lustrosa autopista, escoltados por otros que llevan la imagen de una anoréxica modelo ligeramente vestida promocionando una cerveza.

Magangué está ubicada geográficamente en la cola de varios departamentos. En esta población han convivido por décadas, costeños, paisas santandereanos y los turcos como les dicen acá; por un lado, está el departamento de Sucre; siguiendo el curso del río, está San Pablo en la neurálgica zona del sur de Bolívar. Según me comentó la morena que iba a mi lado, Magangué poseía regalías y presupuesto, casi igual al de la ciudad de Cartagena. Verdad o ficción no sé. Mientras hacía esa radiografía social, observaba que consentía y acariciaba dos celulares en sus manos; a cada momento se comunicaba con unas “amigas” que la esperaban en Sincelejo para irse a un trabajo que les había salido; llevábamos casi una hora de diálogo cuando sucedió la Primera estación – comenzó  el Cristo a padecer pensé -. Llegamos a un caserío llamado “Providencia”. Yo rogaba a la divina providencia que el conductor le bajara a la estridente música; de repente se escuchó el agudo grito de un niño que salía de una polvorienta calle: – ¡que el encargo que le enviaron a mi mamá! -. El conductor paró y entregó unas bolsas negras y así siguió, en media hora, hizo más de cinco paradas, entregando paquetes al uno y al otro. En ese transcurso, hubo tiempo hasta para el amor; en la lejanía, al lado de la vía, una joven mujer esperaba ansiosa el bus. Cuando éste asomó la trompa, su alegría fue inmensa; era la XII estación. En ella, se bajó el ayudante y entregó a la joven una USB; yo rogué que fuera el de los corridos prohibidos; la joven la recibió con tanta delicadeza y regocijo, como quien recibe un valioso tesoro. Entre miradas furtivas y hondos suspiros platicaron unos cinco minutos en voz baja, solo interrumpidos por el ronroneo del motor diésel que comenzaba a ralentizar.

Llegamos a una intersección llamada El Bongo; una horda de vendedores ambulantes emplumó el bus, ofreciendo cuanta chuchería bajo el inclemente sol que azotaba las azules sabanas de Sucre que, a mi parecer, después de las de Nueva Zelanda son las más hermosas del mundo. Un retén de la policía detuvo nuestro recorrido; el agente del orden, con su vientre maternal que reflejaba su bienestar y la falta de acción, hizo su aparición por la destartalada puerta. Nos miró a todos inquisitivamente como queriendo encontrar en un asiento el espectro de Tirofijo; el ayudante aprovechó para darle agua al bus que, cual monstruo prehistórico, abrió sus fauces para calmar la sed. Fue el momento oportuno para que el conductor con su puño cerrado le apretara la mano de manera furtiva al agente del orden entregándole algo; en ese infernal calor subió un hombre con una biblia debajo del brazo y mostrando una herida cicatrizada de casi medio metro empezó a relatar en palabras de un libreto cuidadosamente aprendido su tenebroso pasado, odiando este mundo cruel y maniqueísta – palabras más, palabras menos los grandes criminales de la historia le habían quedado en pañales -; hoy según él, era un hombre de bien, no sin antes colocar inofensivos dulces en nuestras manos.

Después de ese penoso recorrido por fin avistamos el municipio de Corozal, Sucre, que en la lejanía parecía una pequeña maqueta de arquitectura. Con tanta tragedia alcancé a dormitar un rato sin ningún miedo a la tigresa que venía viajando a mi lado. La escuché en el quinto sueño cotorrear con sus “amigas”, investigando cómo eran los hombres sincelejanos. Cuando desperté, vi el hermoso firmamento de la ciudad de Sincelejo. Ese estado contemplativo no fue impedimento para que el ayudante se escurriera a una de las últimas sillas y sigiloso introduera un pequeño fajo de billetes en su bolsillo izquierdo. Había pegado la primera puñalada del día.

“Por favor padre, ore mucho por mí y mis amigas para que nos vaya bien” – se despidió mi compañera de viaje -. Cuando la vi desaparecer en medio de una jauría de “reboleadores” y vendedores ambulantes. solo alcancé a decirle: “por favor manéjate bien que la“Madame” está buscando chicas para trabajar.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 -2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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