Crónica de Venezuela: Parte II

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Turismo: entre dólares e inflación, Parte II

El paisaje natural al otro lado del borde es igual al de la Guajira colombiana: plano, seco, rojizo, desértico y decorado con árboles dividivi -pequeños, leñosos y con forma de sombrilla- comunes en esta parte del planeta. Aparte de eso, las carreteras están llenas de militares, se ven cacetas abandonadas que alguna vez fueron restaurantes y grafitis que dicen “No + Trump” con caricaturas del presidente norteamericano, como también muchas vallas alusivas a Maduro y a Chávez.

Maracaibo tiene un aire desolador. Hay muchos edificios abandonados, poca gente en las calles, grandes cadenas de supermercados cerradas y fachadas que llevan tiempo sin retocar. La ciudad enfrenta constantes cortes de luz, de acuerdo con el Comité Nacional de Afectados por Apagones; de las 80.719 fallas que se registraron en 2019, 43.478 corresponden a Zulia, el estado de Maracaibo.

La crisis se agudizó el 10 de agosto de 2018 cuando una falla eléctrica dejó a la ciudad sin energía por 144 horas.  El Gobierno nacional atribuyó el problema a presuntos sabotajes de Estados Unidos, Colombia y partidos de oposición. Mientras, expertos declararon en medios internacionales que el problema se debe a la falta de mantenimiento de las instalaciones eléctricas, descartando un sabotaje exterior, ya que la infraestructura fue construida antes que el Internet y es difícil un ataque remoto bajo está condición.

Desde aquel episodio el Gobierno anunció un plan de recuperación con interrupciones programadas que un año y medio después parecen no dar fruto, a pesar de que Freddy Brito, ministro de energía, afirme continuamente desde su cuenta de Twitter que la cosa va bien.

Cuando ocurren los apagones tenemos que estar pendientes para desconectar los electrodomésticos, pues la energía regresa con mucha fuerza y los aparatos se dañan. En ocasiones solo tenemos seis horas de luz al día. Asegura Stefany, una joven maracucha que se encuentra en el terminal cotizando tiquetes de autobús para mudarse de ciudad. Según los datos del comité, durante 2019, se han dañado 50.000 electrodomésticos en los hogares.

Una fila de carros ocupa varias manzanas a lo largo de una avenida. Los dueños no aguardan dentro de los vehículos porque saben que la espera puede durar entre dos o tres días. La escasez de gasolina, en el país con mayores reservas de petróleo en el mundo, hace que la escena se repita en las pocas gasolineras que continúan abiertas en la ciudad.

La extracción de petróleo ha disminuido considerablemente: de los tres millones de barriles diarios que se producían históricamente, se pasó a producir 700.000 durante el último año. La insuficiencia de repuestos, que generalmente se importan y se compran en dólares, afecta los pozos, oleoductos y refinerías, que sufren por falta de mantenimiento y maquinaria.

La crisis se ha complicado al punto que la República Bolivariana se ha visto obligada comprar combustible a otros países. Sin embargo, las sanciones de Estados Unidos agravan las cosas, como ocurrió el 18 de febrero cuando la empresa rusa Rosneft Trading S.A, principal proveedor del país latinoamericano, fue sancionada por comerciar y transportar crudo venezolano.  Con este panorama, muchas compañías internacionales, por temor a represalias del gobierno americano, han dejado de vender a Venezuela los diluyentes necesarios para transformar el crudo en gasolina.

Y, para empeorar, está el contrabando que saca el combustible hacia Colombia. De acuerdo con cálculos de InsightCrime, a la Guajira entran 117.500 galones diarios de manera ilegal. La actividad resulta muy rentable, ya que la gasolina en Venezuela cuesta seis bolívares el litro, es decir $0.0001 dólares, prácticamente gratis.

El tráfico de gasolina, además, contribuye a otro negocio ilegal – el narcotráfico – , pues el hidrocarburo es fundamental para la producción de cocaína y, al ser de contrabando, reduce los costos de producción considerablemente, sobretodo en regiones fronterizas de cultivos ilícitos como el Catatumbo. Según Coomulpinort (Cooperativa Multiactiva de Pimpineros de Norte), en Norte de Santader, el 41% de gasolina que se vende es de procedencia ilegal.

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Luego de una hora de recorrido, después de atravesar el puente General Rafael Urdaneta de más de ocho kilómetros de longitud – tres veces más largo que el Golden Gate de San Francisco -, Orlando, nuestro nuevo conductor, logra dar con un restaurante abierto en la carretera. La propietaria, una mujer de avanzada edad, nos atiende con calidez y nos muestra el menú escrito en un pizarrón que facilita borrar y rescribir los precios a diario para seguir el ritmo de la inflación.

– Aquí recibimos cualquier moneda, están en Venezuela. Dice la dueña a secas a la hora de cobrar los 18 dólares que terminan costando cinco almuerzos corrientes.

Los venezolanos se sienten más seguros recibiendo cualquier divisa antes que el inestable bolívar. La moneda gringa se ha tomado rápidamente la economía; sin embargo, el país se ha dolarizado a las malas y sus habitantes aún se están familiarizando con la moneda. Llama la atención, por ejemplo, que no reciban billetes que tengan alguna marca o que estén sucios, pues estos circularían sin ningún problema en Estados Unidos.

Para ponerse de acuerdo en el cambio de divisa, se solía consultar el portal DolarToday; ahora la conversión más aceptada es la cuenta de Instagram @enparalelovzla, que toma información de sitios como DolarToday o Movicambios y saca un promedio diario. Durante las dos semanas que viajamos, un dólar pasó de valer 45.996 bolívares soberanos a costar 78.352.

De acuerdo con un estudio de la firma Ecoanalítica, el 55.7% de las transacciones que se hacen actualmente en Venezuela son en dólares, mientras que el 5% en pesos colombianos.  Por ahora, los bancos tienen prohibido admitir cuentas bancarias en moneda extranjera, pero ya muchos están trabajando para adaptarse a la nueva economía.

El gobierno, por su parte, ha admitido la necesidad del dólar. A finales del año pasado, Nicolás Maduro aseguró que la dolarización permite la recuperación de las fuerzas productivas de país y, a comienzos de 2020, dijo que aceptar los dólares fue una decisión correcta, ya que “ha permitido un respiro a la economía generando nuevas oportunidades de negocios en divisas convertibles”.  Incluso, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó en febrero reformas tributarias que establecen pago de impuestos a compras con monedas internacionales.

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Si me tomara una foto en los Médanos de Coro y la publicara en redes sociales, podría fácilmente hacer creer a mis amigos que estuve en el desierto del Sahara, o incluso en el planeta de Jabba el Hutt de Star Wars. Sus inmensas dunas comienzan en las afueras de Coro y llegan hasta al mar. Al caminar sobre ellas, un viento desapacible ciega los ojos con arena y, si no fuera por la máquina limpia-arena que recorre la carretera a diario, el desierto ya hubiese carcomido la vía.

El paisaje colonial de la ciudad de Coro ofrece visos de bienestar, por lo menos al compararlo con el de Maracaibo. No hay filas extensas en las gasolineras, la electricidad funciona correctamente y sus habitantes parecen seguir su rutina sin percances.  Por lo demás, algunas tiendas de cadena están cerradas, mas no abandonadas. Es común que los negocios grandes dejen de abrir por unos días mientras se estabiliza el dólar porque, si venden a precios de bolívares, corren el riesgo de quebrar.

Además de dólares y bolívares se usa el petro: una criptomoneda que el gobierno creó y que está respaldada por reservas en petróleo y piedras preciosas. Los elegibles para reclamar el medio petro, que el gobierno obsequia como auxilio de diciembre, son los pensionados y funcionarios del estado.

En el restaurante del hotel cuatro estrellas donde nos quedamos solo está disponible el bistec, a pesar de que en la carta se enuncian más de 15 platos. Al fondo de las mesas vacías, yacen unas congas solitarias en una pequeña tarima, que alguna vez sirvió para entretener a los comensales.

La hotelería se mantiene a duras penas, la ocupación se ha reducido drásticamente y muchas cadenas han tenido que cerrar varios pisos; también escasean algunos enseres como controles remotos. Como ocurre en otros negocios, aunque muchos de los pagos se hagan en dólares, los empleados siguen ganando en bolívares y, por eso, muchos desean irse, como el caso del camarero que nos atiende, quien no lo ha hecho por sufrir de una enfermedad que le dificulta viajar.

Por otro lado, las comunicaciones son complicadas; en el hotel, solo funciona el Wifi en la recepción y es bastante intermitente. En Venezuela, la mayoría de personas recurre a Internet mediante planes de datos en sus celulares.

*Oswaldo Beltrán, periodista colaborador.

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