Turismo: entre dólares e inflación, Parte III

En la radio, se escucha a Maduro entregando la casa número 3 millones y su tono es festivo, algo burlesco, definitivamente raya en el cinismo. De igual estilo son las comunicaciones en la televisión, que bien pudiesen ser inspiradas por novelas de George Orwell. En el canal Noticias Mérida, se repite la escena de Maduro y cada noticia exalta una labor del gobierno, no encontré nada negativo en las notas periodísticas que vi.

En PDVSA TV, hay un programa llamado Rostros del Petróleo, en el que pasan documentales de gente beneficiada por proyectos del Gobierno; la técnica de las filmaciones es muy similar a los comerciales de responsabilidad social de cualquier empresa, con actuaciones forzadas, imágenes aéreas de maquinaria  y primeros planos de gente sonriendo.

A la hora de las noticias, y en el mismo canal, el tema del día es el abatimiento de dos integrantes de la banda los Rastrojos por la Guardia Bolivariana; para poner en contexto se muestran fotos de Juan Guaidó con sus integrantes en la frontera y se atenúa el acento a la hora de pronunciar “paramilitares” y “colombianos”

Y para concluir está teleSUR, donde en un rimbombante anuncio, presentan al personaje del año y adivinen quién es. Les doy una pista: es un buen bailarín, canta, toca la guitarra, juega fútbol y no es Iván Duque. 

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Solo nos pararon en uno de los numerosos retenes militares que encontramos por las carreteras; ocurrió en un trayecto de Coro a Punto Fijo. La Guardia Bolivariana revisó nuestras compras y se molestó porque no teníamos el recibo de una cobija que habíamos comprado y, al final, nos dejó ir sin ningún percance.

Punto Fijo se ubica en la Península de Paraguaná. Allí queda el complejo refinador de PDVSA, el segundo más grande del mundo después de Gujarat en la India. El lugar, además, es el sector comercial más importante de Venezuela. En tiempos mejores, su puerto recibía mercancías de todo el mundo y por ser zona libre de impuestos atraía a muchos compradores mayoristas. Ahora, aunque hay muchos locales cerrados, el comercio subsiste a pesar de todo.

En el Centro Comercial Las Virtudes, no hay indicios de crisis. Las familias hacen compras y consumen helado como en cualquier otro centro comercial del mundo e incluso hacen fila para entrar al cine. Lo único diferente son los polvorientos cajeros en desuso, pues el billete de más alta denominación que existe es de 50 mil, lo que equivale a un poco más de un dólar (a precios de enero).

El uso del bolívar soberano en efectivo ha quedado reducido a pago de servicios públicos, transporte estatal, peajes o gasolina, los cuales resultan muy baratos al ser subsidiados por el Estado. En la gasolinera incluso, nos atendieron gratuitamente al ver que no teníamos sencillo con que pagar.  

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En el agua reposa una docena de lanchas, sobre las rocas de la bahía de Chichiriviche brotan pequeños cangrejos grises, encima de las tablas del muelle un enflaquecido perro disfruta los restos de pescado que algunos marineros le dejan. Cuando comenzó la crisis muchos dueños optaron por tirar a sus mascotas a la calle y éstas se ven por todas partes. Lo que poco se ven son los lancheros que antes mantenían repleto el muelle para atender a los turistas.

“Antes éramos 40 lanchas en esta bahía y no dábamos abasto; ahora tan solo quedamos ocho y no encontramos clientes”, dice José, propietario de la lancha ‘El Jhon’, quién solo consiguió transportarnos a nosotros durante la última semana de 2019. Además de la embarcación, José tenía una frutería que se quebró, ahora para subsanar los gastos se dedica a la pesca, se levanta a las 4 am para viajar dos horas mar adentro y conseguir pescado para vender y consumo propio “cuando me va bien consigo 100 kilos, a veces 30 o 40, otras no consigo nada”, dice el marinero.

El Parque Nacional Morrocoy está compuesto por pequeños cayos; para llegar a ellos, hay embarcaciones que prestan el transporte desde las poblaciones de Chichiriviche y Tucacas. Los costos por grupo van desde 10 hasta 40 dólares ida y vuelta, dependiendo la distancia del trayecto.  Los islotes son playas paradisíacas con arena tersa y aguas diáfanas de poca profundidad. Allí el turismo no está del todo muerto; se ven familias, paseantes venezolanos con descendencia asiática y árabe, yates atestados de fiesta y ruido.

Los precios en las playas son exagerados: un pescado cuesta 18 dólares y 10 pasar el día en un toldo con sombra y sillas; sin embargo, negociando el precio se puede reducir a la mitad. Aunque todo el mundo tiene su propio datáfono y así se han podido adaptar a no usar bolívares en efectivo; con los dólares, se enfrentan otros obstáculos, pues muchas veces no tienen cambio.

De vuelta en la ciudad, a unos metros de la Bahía, entramos a la tienda donde hemos comprado mercado toda la semana y, para nuestra sorpresa, en esta ocasión no hay huevos, como tampoco los hay en las siguientes tres tiendas donde intentamos conseguirlos.  La escasez golpea a ratos cuando se trata de alimentos. En tiendas de barrio, es normal ver uno que otro estante vacío, pero el sector que más sufre es el farmacéutico; es casi imposible encontrar una aspirina. De acuerdo con la Cámara de Industria Farmacéutica (Cifar), el sector está funcionando entre el 25% y 30% de su capacidad. 

Al cotizar transporte para el viaje de regreso conocemos a Alfonso, un tipo grande con apariencia de ganadero. Él cobra viajes a Valencia en 40 dólares y a Coro en 50. A Maracaibo no se atreve a ir porque teme ser asaltado pasando el puente. “Los carros que no tienen placa del Estado son objetivos de la delincuencia común, los maleantes cobran vacunas y hasta secuestran vehículos, a un familiar mío lo mataron”, asegura y añade que, en Chichiriviche, intentaron hacer lo mismo pero no pudieron, pues allí llega mucha funcionario y gente del Gobierno.

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Ya de vuelta en el estado de Zulia, y de nuevo en el automóvil de Juan David, nos detenemos para conseguir gasolina. Los pimpineros son la opción predilecta a la que acuden los carros que atraviesan la frontera, a un costado de la autopista permanecen ellos, en puestos improvisados con llantas como sillas, usando gorras o encapuchados para soportar el violento sol. Dos semanas atrás, en nuestro camino de ida, una caneca de 5 litros de gasolina costaba 65 mil bolívares; ahora el precio se ha elevado a 80 mil.

Al salir del país el camino se siente más corto. Luego de pasar una caravana de camiones colmados de mercancía, que tienen permiso para entrar los días domingo desde las 12pm, y ver unos tristes puestos de pequeños cultivos enfrente de establecimientos vacíos con grafitis que dicen se vende, retornamos a la oficina de inmigración venezolana que ha atendido gran parte de los 1.771.237 venezolanos que hay radicados en Colombia.

Cuando llega nuestro turno el agente de inmigración nos pide esperar. Por un momento, pensé que nos iban a volver a meter a aquella sala de espera, pero esta vez se ha ido la energía y tenemos que esperar sentados en el suelo mientras vuelve.

*Oswaldo Beltrán, periodista colaborador.

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