Cualquier día de navidad

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El pasado 13 de diciembre nuestro colaborador el P. Ubaldo Díaz fue galardonado con el premio de periodismo Pluma de Oro APB, de la ciudad de Barrancabermeja, Santander en la categoría de reportaje con el relato “el muerto desconocido”, publicado en este portal en febrero del presente año.

La ventana clausurada estaba a punto de reventar por el sonido de un parlante que atronaba en el amplio salón. Varias parejas bailaban y otras se paseaban con un vaso en la mano. Al otro lado de la calle, Mercedes y yo permanecíamos de espaldas recostados sobre una calesita mirando los árboles multicolores que producía la pólvora al estallar en el firmamento. Jamás pude entender la fijación que tenían los adultos por la pólvora, en ninguna celebración podía faltar, como los famosos castillos multicolores que convocaban a un sinnúmero de personas para ver reventar en el firmamento el dinero de sus impuestos, invadidos por un raro entusiasmo aplaudían los cañonazos que salían de una pequeña batería antiaérea que cíclicamente vomitaba luces que se perdían en el infinito, la densa nube de pólvora que invadía el lugar semejaba a una batalla napoleónica. La artillería pirotécnica disparaba de manera indiscriminada quemando el tributo de los presentes era manipulado por un desarrapado hombre que corría de un lado a otro encendiendo las mechas y se resguardaba al otro extremo de la amplia plazoleta. El desarrapado sujeto hacía su oficio con indiferencia ante la mirada de asombro de algunos niños que por primera vez sus padres los habían llevado a contemplar el invento de los chinos. Familias enteras hacían profundos gestos de exclamación ver en el firmamento formarse círculos multicolores y desaparecer por arte de magia. Esa noche de navidad con su enloquecida pirotecnia nos había atrapado a Mercedes y a mi recostados sobre la calesita que a diario remolcaba un viejo caballo que resoplaba y comía cartón a nuestro alrededor, ese era su alimento nocturno ya que su amo en las mañanas lo recogía para recorrer las calles de la ciudad en una infame jornada de trabajo de más de diez horas; esa noche de navidad el viejo corcel descansaría porque su dueño a esas horas estaría embrutecido por el alcohol rodeado de su familia y vecinos al lado de una olla humeante aguardando noche buena. Mercedes contemplaba en silencio al viejo caballo devorar cajas de cartones, mi brazo cruzaba su espalda y acariciaba el talle de su vestido confeccionado por el hijo de un inmigrante francés, famoso diseñador de modas de ademanes sibaritas quien tenía como ayudantes a inmaculados efebos que obedecían sus órdenes caminando de un lado a otro a pie juntillas llevando y trayendo ordenes en su taller de Haute couture, en los descansos el francesito  cruzado de piernas fumaba un pitillo de fabricación inglesa y desde la distancia con su mirada de águila identificaba un mal pliegue, un zurcido donde no iba, un ejército de mujeres volcadas en silencio sobre deslumbrantes mesones seguían sus estrictas órdenes. Quién iba a imaginar que mis impúdicas manos tocarían ese lujoso talle, seleccionado rigurosamente por sus aristocráticas tías entretanto ella hacía de modelo, algunas veces había posado para varias revistas de moda, Mercedes era una mujer bonita y llena de gracia. Sus tías eran mujeres de refinados modales que se quedaron vistiendo santos para no compartir sus riquezas con hombres que según ellas se pegaban como hiedras sobre los árboles, el vestido de Mercedes tenía que ser el mejor, porque era el de noche buena.

La música seguía atronando de los altavoces, ahora el ritmo era más moderado e invitaba a bailar, en contraluz se podía ver algunas parejas que lo hacían en el centro de la sala.

− ¿Bailamos − me dijo

− ¿Dónde? – le pregunté.

− ¡Allá al frente! – y señaló la casa de donde provenía la música, rodeo mi cuello con sus delicados brazos y comenzó a bailar en el mismo sitio, yo permanecía inmóvil, era esa rara manía que manifestaban las mujeres cuando querían algo, yo no quería bailar, estaba aburrido, por razones que no entendía, no me gustaba la navidad, ni me podía imaginar acostado en el diván de un aburrido psicoanalista explicándole por qué diablos odiaba la navidad. – Al carajo con eso – medité. seguidamente parafraseo a uno de sus poetas favoritos, creo que era Becker, ya que al final le alcancé a oír cuando susurraba algo sobre unas oscuras golondrinas. Esa noche exhalaba un costoso perfume mezclado con olor a ropa nueva, feromonas, goma de mascar y alcohol, musité sobrecogido: – “dioses Baco y Dionisio ustedes son mis héroes”-, aunque para los abstemios esos dioses habían llevado a la perdición a muchos hombres; esa noche se estaban portado de maravillas, Mercedes estaba medio ebria, se habían alineado a mi favor. ¿Pero que era perderse cuando se es feliz por un instante y es que acaso la vida no estaba confeccionada de eso, de instantes?, según se lo leí alguna vez al ciego de Buenos Aires -, ese era mi instante, mi pequeña Eternitè como lo escribió Rimbaud.

Al frente de esa casa color verde permanecían dos frondosas palmeras que se batían constantemente contra la brisa decembrina, “no tengo ninguna relación con esas personas” – le dije, miré al cielo y los juegos pirotécnicos habían expirado, sobre el oscuro firmamento en una fracción de segundos cruzó un cometa que agonizaba, y me dijo: “pide un deseo”, no alcancé, al volver la mirada, del interior de la casa emergió la silueta de un hombre que salía a tomar aire, por la incandescente luz voltaica que nos encandelillaba no se podía distinguir, fijé mi mirada con más detalle y vi que era mi tío, ¡oh!, -el mejor regalo de navidad-  pensé, cuando lo vi atravesar la calle y caminar resueltamente hacia nosotros vi con claridad que era el tío al que la familia le llamaba el “judío errante” debo aclarar que no era por algún atisbo antisemita, sino por esa leyenda que pasó de generación a generación en nuestra familia sobre aquel desdichado hombre que empujó y apuró a Cristo cuando iba camino al calvario. Según una tradición apócrifa, el hijo de Dios lo condenó a deambular hasta su segunda venida, hasta la parusía.  Mi tío, o el judío errante, en una noche de mi infancia bajo la luz de un candil me había regalado uno de sus tantos libros preferidos, en la caratula aparecía la señora de Bovary con mirada cavilante, pero cargada de felicidad, esa noche el “judío errante” abrió su caja secreta que permanecía oculta debajo de varios bultos de heno, al abrir la tapa de ese baúl tapizado con ribetes en cobre y cuero apareció el gran tesoro, ante mis desorbitados ojos estaba parte de la mejor literatura del mundo, algunos títulos en sus idiomas originales, fue mi primer encuentro con los escritores rusos, franceses, los españoles del siglo de oro, me dio el acceso y la clave secreta para ir sustrayendo ejemplares a medida que iba agotando los títulos, según me comentó muchos años después que se había fijado que las municiones literarias en el estricto canon de lecturas aceptadas en el matriarcado comandado por mi madre y mis hermanas estaban agotados, ya que no estaban permitidos  libros mundanos y paganos, con desgano repasábamos una y otra vez en las horas de lectura que casi siempre eran por las tardes ejemplares de historia sagrada y las colecciones de una tía que había sucumbido tres veces a la vida matrimonial, sus libros favoritos eran: “el secreto para ser feliz”, “cómo ganar amigos” y toda esa basura llamada superación personal; la historia de Dalila y Sansón eran su preferida, en esta última el protagonista era un Hércules de la saga hebrea que había liquidado a todos sus enemigos con la quijada de un burro y terminó sus días sucumbiendo a los efectos de Baco y Dionisio y a los encantos femeninos, al final de esa aciago relato, la tía catequizaba al séquito de vírgenes de sus sobrinas sobre cómo ser pacientes y perseverantes hasta dominar a un hombre al mejor estilo de Dalila, al matriarcado se les encendían las mejillas cuando se iba metiendo por los vericuetos de la sexualidad. Algunas de ellas cerraban los ojos para no escucharla y salían corriendo, golpeándose el pecho en señal de remordimiento susurrando las letanías inculcadas en los estrictos colegios de monjas donde estudiaban: “morir antes que pecar, morir antes que pecar…” Mi padre quien las veía en esos actos de arrepentimiento preguntaba: – “qué les pasó a estas locas”-.

Cierto día un peón de mi madre hizo el temido descubrimiento, por accidente dio con la “caja mágica”, mi madre fue informada sobre dicho suceso y fue con el matriarcado a husmear y lo más escandaloso para ellas fue encontrar en el fondo de ese baúl colecciones de revistas donde aparecía un ramillete de mujeres ligeramente vestidas disfrazadas con orejas de conejo rodeando a un hombre entrado en años que sonreía, y permanecía enfundado en una eterna bata de seda. Esa misma noche mi madre acompañada por su séquito en un acto solemne de desagravio atizaron una hoguera deshaciéndose para siempre del anatema representados en las revistas y libros prohibidos, en ese rito pirómano también sucumbieron “les fleurs du mal” que aún no había iniciado a leer. Fue la primera barbaridad que escuché en mi vida sobre quema de libros; la otra, la que hizo un fanático religioso, otrora jefe del ministerio público en Colombia, quien fungía como heraldo de la moral y las buenas costumbres.

Mi tío se acercó a donde estábamos y nos preguntó: ¿qué hacen ahí, pasen ? – y nos señaló la casa de color verde – “que ya casi es noche buena”, remató con sus exquisitos modales de gentleman erudito que había recorrido el mundo entero y que ya no le hacía falta nada por conocer o experimentar, realmente no me sorprendió verlo en ese ambiente festivo de mujeres y hombres todos adultos, libres, desinhibidos que reían y fumaban al son de la música decembrina, semejante a esos salones parisinos del siglo XVIII; entre otras cosas no me había sorprendido verlo en ese lugar y el por qué no estaba reunido en familia compartiendo con sus otros hermanos que habían llegado de largos viajes, alguna vez le escuché decir que raras veces se reunía con ellos por diferencia de principios, casi siempre la conversación de mis otros parientes giraban en torno a otros asuntos y se jactaban en hablar de ganados, caballos, de las ultimas heredades que habían adquirido, alguna vez le escuché al “judío errante” decir en privado que todos ellos eran “burros cargados con plata”.

Tres mujeres estaban sentadas charlando animadamente cuando Mercedes cruzó el centro del salón, su caminar cadencioso y elegante parecido a una bailarina de ballet hizo que las damas hicieran silencio y la siguieran con la mirada en una especie de encantamiento y arrobo, se dirigió al fondo y saludó con afectación a una joven esbelta como ella de ojos grandes y expresivos que permanecía sentada en una silla victoriana con cara de aburrimiento, por lo que supe después era su amiga e hija de los dueños de la casa. Mi tío seguía presentándome a algunos adultos que por el ruido de la música no supe ni me interesó como se llamaban ni que hacían.

Un merengue dominicano sonó, con mirada cómplice desde el otro extremo Mercedes me miró y salimos a la pista, bailamos hasta la media noche, lo supe porque la pólvora afuera había roto nuevamente la tregua, nuestros cuerpos traspiraban, su vestido de otro mundo se le pegaba a la espalda y a los muslos por el sudor, a esa hora mi madre estaría preguntando por mí para prodigarme su bendición y desearme feliz navidad, era su costumbre antes de las doce, reunía a sus hijos alrededor de un pequeño pesebre atiborrado de caballos, ovejas, fabricados en pasta, castillos en miniatura, pequeños y artificiales manantiales bordeados por extensiones eléctricas las cuales emitían lánguidas e intermitentes luces acompañados del ritmo “noche de paz”, recreando la palestina donde estaba ubicada la minúscula aldea llamada Belén de Judá,  ahí según la tradición nació el hijo de Dios.  “feliz navidad, feliz navidad” se escuchó en la sala abarrotada de gente, todos se abrazaban, aunque en el trascurso del año nunca  se dirigieran el saludo; eran los milagros que hacía Baco y Dionisio, ella me miró fijamente musitando: “feliz navidad”, tomó mi rostro en sus dos manos y me estampó  un beso en la frente  parecido al que se le da a un niño cuando lo despiden rumbo a la escuela, el judío errante me miraba y brindaba por mí en la distancia, entendí que mi felicidad era la de él, a nuestro  alrededor la  euforia era  total; soltando mi mano salió presurosa a dar feliz navidad a sus padres con la promesa de volver. Después del alboroto mi tío y yo éramos los únicos sentados en la terraza cuando sonó “quimbara, quimbara”, de Úrsula Hilaria Celia de la Caridad de la Santísima Cruz Alfonzo, se le aguaron los ojos, se levantó de donde estaba, dio varias palmas, sacudió las manos ininterrumpidamente y comenzó a bailar solo; según él, había visto a muchas bandas interpretarlo en la Habana antigua mientras la reina de la salsa sobrevivía en el exilio. Mercedes nunca regresó, ya era navidad y yo tenía que viajar con un tío al día siguiente como invitado a una de sus nuevas heredades.

En el año nuevo recibí una carta con caligrafía de convento, noté que era mi hermana quien me escribía saludándome y preguntándome como la estaba pasando, me tumbé en una pesebrera y la leí sin afanes, al final de cuentas estaba en vacaciones, la misiva relataba con preocupación que el novio “oficial”- por eso nunca he creído en la oficialidad, ni en ningún discurso oficial- con la que bailé la noche de navidad andaba buscándome para vengar la honra mancillada de su prometida. Y también me recomendaba no regresar por ahora porque mi madre estaba furiosa ya que se había encontrado con un hermano de la Salle, el prefecto de disciplina del colegio, el cual le había notificado que me tenía en matricula condicional por haberlo mandado al carajo el día que nos fuimos a las manos con uno de los intocables de su colegio y le había puesto el “ojo colombiano”.  Cuando terminé de leer la carta, la mallugué entre mis manos y la arrojé hacia atrás con desinterés y mi mirada se topó con la de un par de bueyes silenciosos parecidos a los del pesebre de mi madre que me miraban fijamente.

Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca, premio de periodismo pluma de oro APB años 2018 – 2019 – 2022.

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