Cuando las crisis se alargan

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Cuando las crisis perduran… los paradigmas se agotan, dijo alguien de quien, en este aislamiento, ya no recuerdo su nombre.

Me vuelve a la memoria cuando  intento digerir esta avalancha de noticias e imágenes de un mundo convulsionado y de opiniones atropelladas y como en estampida. Sabemos que algunos tratan de raciocinar y otros rezan. Yo apenas rememoro a Cesar Vallejo, en los Heraldos Negros … Hay golpes en la vida tan fuertes,… ¡yo no sé!,  golpes como del odio de Dios .

Sí, cuando las crisis perduran, hay que reflexionar. Para algunos, esto indica que el poco orden que se creía ver sobreaguar en este mundo se va deshojando con el paso de los días. Otros guardan la esperanza de que, amainada la tormenta, otro orden planetario emergerá para arreglar las cargas revueltas y desperdigadas en la bodega y que vendrá algo de bonanza para remendar las velas y reparar palos y aparejos. 

Cierto es que el devenir humano registra muchos ciclos de arreglos y desarreglos desde tiempos históricos y prehistóricos. Pero los ciclos de crisis y reordenamientos afectaban geografías precisas y acotadas y las comunidades humanas se iban enterando de los estremecimientos a trozos y a pedazos, una vez pasados los meses, los años o los siglos.

Lo de ahora es distinto, por su intensidad y por su amplitud, por su simultaneidad y por su percepción y comunicación en tiempo real. Pero también es cierto que en este ciclo hay una temporalidad distinta, que no se restringe al problema de una epidemia sanitaria. Es una crisis que perdura, que se alarga. Probablemente supera ya el siglo con su primer anuncio tocado por la corneta que anunció la primera guerra mundial, en 1914, si uno da crédito a historiadores del siglo XX, como Eric Hobsbawm.

El primer paradigma haciendo aguas, el del Orden

Supuestamente, esa guerra anunció un nuevo orden en el mundo, que se ajustaría y cambiaría de coordenadas como de protagonistas cada cierto tiempo.

Pero, si uno atiende a otros historiadores, oye la advertencia de que tres discursos paradigmáticos del llamado humanismo se disputaron el destino de ese nuevo orden: el discurso del humanismo liberal, el del humanismo comunista y el del humanismo fascista. O, en otras palabras, el humanismo de las libertades individuales, el del predominio de las colectividades y el de las razas y naciones superiores.

Lo que todos estos discursos ocultaron en realidad fue la disputa por el poder y el orden entre las dictaduras del mercado, las dictaduras de las ideologías y las dictaduras del odio y el resentimiento contra los congéneres. Todas ellas construyeron y manipularon el miedo hacia enemigos mortales de su propio orden como el problema capital y encontraron la solución en la violencia, la guerra y el exterminio.

Supuestamente, el discurso del humanismo del individuo y sus libertades triunfó sobre el de las colectividades y las razas. Eso fue lo que se proclamó después de la segunda guerra mundial y se recalcó con la caída del muro de Berlín.

Pero, hoy, sabemos que la libertad de los individuos terminó siendo de nuevo el pedestal a la libertad de los mercaderes, los guerreros y los sacerdotes, hoy llamados con sustantivos más sofisticados. Por tanto, nada nuevo. Es el orden de los primeros tiempos o el de las llamadas primeras civilizaciones humanas. Claro, algunos alegarán: entonces lo que la historia demuestra es que estos son los individuos meritorios e imprescindibles. A ello que habría que responder: si eso fue lo que dio el género humano en milenios de evolución y ya no es capaz de producir nada más, entonces, sin duda alguna merece su extinción.

Pero la crisis perdura…  porque si el dilema del género humano es escoger entre individuos libres, o colectivos con misiones históricas, o razas y naciones superiores, estamos atrapados en unas  cárceles ideológicas y unos dilemas falsos. Si debemos escoger entre estos paradigmas agotados, definitivamente estamos y seguiremos perdidos.

Lo que muestran y enseñan las ciudades

Las ciudades hoy son las más afectadas, tanto por la crisis epidemiológica como por la crisis de los paradigmas de más largo aliento, porque justamente evidencian las debilidades y contradicciones de esos discursos. Las ciudades contradicen fácticamente el falso predominio o ventaja de razas o nacionalidades “superiores”, de colectivos ecuménicos, de ideologías únicas, de individuos libres que aceptan la igualdad y fraternidad y de sus órdenes únicos. Es decir, las ciudades contradicen bajo el principio de realidad, las especulaciones, fantasías y  alucinaciones de los controladores del poder y el orden.

Las ciudades son los testigos y a la vez las víctimas de esa paradoja que existe entre la realidad y la alucinación de los de la consola del poder. Las ciudades son por esencia diversidad, heterogeneidad, pluralidad, contraste, complejidad. Un geógrafo y urbanista famoso del Reino Unido lo decía de forma simple. “No es solo que las grandes ciudades tengan más personas viviendo en ellas; es que contienen tantos tipos diferentes de personas por el lugar de nacimiento, de raza, de clase social y de riqueza, seres tan distintos en todos los aspectos, diferencias que explican por qué las personas viven en relaciones sociales infinitamente complejas”, advierte Peter Hall.Por eso las ciudades no resisten ni el discurso ni la práctica de los órdenes únicos, en evidente  fracaso, que predican los dueños de la consola.

Pero las ciudades no sólo padecen la crisis de los paradigmas del orden, sino de la otra gran epidemia contemporánea: la falta de control social a los encaramados en las butacas del Poder.  El triunfo del discurso humanista de las libertades del individuo no nos ha podido explicar la gran contradicción e ironía de la pérdida de una libertad fundamental: la de controlar el poder. Esa pérdida se le achacaba a los seguidores de los paradigmas de los colectivos ecuménicos dirigidos por el partido único o a los seguidores de los dictadores que proclamaban la superioridad de razas y naciones. Es decir, en esta voltereta histórica, así como se ha intentado revivir a los “individuos superiores o elegidos”, se intenta revivir también esa idea de comienzos de la modernidad defendida por Maquiavelo sobre  la dominación a través del poder: El único medio seguro de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es destruirla. Quien se haga dueño de una ciudad así y no la aplaste, espere a ser aplastada por ella.

Cuando las crisis se alargan… los paradigmas se agotan. Y no se trata simplemente de un problema atribuible a  la ingesta de un animal silvestre en una miserable sopa.  Ni a la estupidez que ahora invoca el vocero de la “nación superior”, aquel de  Primero América de que la responsabilidad la tiene ¡China!

¿Los paradigmas se agotan? Sí. Entonces habrá que abandonar el elogio al depredador; habrá que desistir del predominio del Tener sobre el Ser y el Sentir y habrá que elogiar como principio ético el derecho a vivir y morir dignamente de los humanos y no humanos. Y, al final, solo atino a recordar  unos versos de Jorge Luis Borges: No te habrá de salvar lo que dejaron escrito aquellos que tu miedo implora… No te salva la agonía de Jesús o de Sócrates ni el fuerte Siddharta de oro que aceptó la muerte en un jardín, al declinar el día.

*Juan Carlos del Castillo, arquitecto, PhD en urbanismo

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