“Se hace necesario propender por una sociedad dialogante. Tal vez es ingenuo lo que expreso, tal vez se diga “no se puede dialogar con un uribista”, “no se puede hablar con un petrista”, “los tibios no aportan”, pero el solo pensar eso es la renuncia a tener una sociedad dialogante.”

En el marco de una sociedad como la nuestra, cada vez más activa y más política – al menos en la digitalidad- , es necesario hacer al menos un ejercicio reflexivo sobre la forma en que nos disponemos a dar las discusiones. Cada vez es más normal que se trate de justificar nuestra continua tendencia a la agresión virtual con la frase “es que estamos polarizados”.

Me he preguntado por el contenido de tal frase. Creo que la política, aquí o en Pekín, tiene un componente racional y uno emocional.  Pero, en nuestra política criolla, “la polarización” es la eliminación del componente racional en pro del emocional y, en nuestra política, todo se ha vuelto plenamente visceral. Es decir, “la polarización” es la aceptación de que la emocionalidad es la mandante en la política. La política en esta sociedad violenta se ha vuelto un escenario de todas las formas de lucha.

Señalamientos, calificativos, escándalos, acusaciones y mil actos más en los que cada líder, seguidor u opinador se enfrasca como una costumbre heredada de las generaciones de la violencia que nos antecedieron. “Guerrillero”, “paraco”, “tibio”, adjetivos todos en una forma primitiva de generar división. Como en un estadio, quien siga a tal, es porque hace parte de la tribuna tal y, en consecuencia, hay que descalificarlo.

Quien tiene posturas políticas tiene el derecho de defenderlas. Es cierto que, de acuerdo a la epistemología desde la cual cada uno se enuncia, hay espacios que solo pueden ser binarios (al parecer una mayoría) pero también hay quienes consideran que hay demasiadas dimensiones para solo tener que ver en blanco o negro.

Se hace necesario propender por una sociedad dialogante. Tal vez es ingenuo lo que expreso, tal vez se diga “no se puede dialogar con un uribista”, “no se puede hablar con un petrista”, “los tibios no aportan”, pero el solo pensar eso es la renuncia a tener una sociedad dialogante, punto crucial para hablar de una plena democracia.

Líderes políticos como Gustavo Petro, Álvaro Uribe y Sergio Fajardo, de acuerdo con la óptica de cada persona, podrán plenamente agradables o desagradables, o medianamente soportables. Sin embargo, se han convertido en puntos de ebullición pasional, “en el líder”, en directores de lo cierto y en únicos interpretadores válidos de la realidad para sus seguidores. Lo que no esté en su órbita, simplemente es contrario a la “VERDAD” y hay que atacarlo.  Si alguien comparte una opinión de ellos, inmediatamente se le etiqueta como parte de esa tribuna y la etiqueta no estaría mal si fuera solo para determinar los que comparten una idea, pero la etiqueta se da para alinear y luego descalificar.

Es al menos triste que las generaciones jóvenes sigamos o nos prestemos para ese juego. Es válido ser seguidor del líder que se considere, pero lo que no es válido es alinearse, ver el espectro en blanco o negro y entrar en el juego de la división, la visceralidad para descalificar y, en últimas, sacrificar el diálogo democrático.

Las generaciones jóvenes tenemos un deber histórico de desalinearnos de la cultura violenta, ser constructores de democracia y participar políticamente, más que como seguidores, como proponentes. El espectro político nacional no puede reducirse a tres personalidades.  No nos engañemos, no son movimientos lo que los tres políticos en cuestión representan; son personalidades. Con ideas sí, pero personalidades.

No puede ser que nos dividamos en torno a tres figuras; no puede ser que la agenda nacional se discuta en virtud a lo que desde un trino alguno de ellos exprese. Si el poder político en Colombia está disputándose cada vez más entre hegemonías conservadoras y progresismos, hay espacio para opciones nuevas.

Desde épocas pasadas en Colombia, se ha mostrado la tendencia a seguir hombres; lo que se debe hacer es ir dando el paso a seguir ideas y pensamientos para que cada cual tenga el derecho de discernir y dialogar. No se puede seguir en la lógica de la granja orwelliana. Las generaciones actuales no se pueden desperdiciar en esos rituales.

José Luis Bohórquez, abogado

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