De nuevo el ELN

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No existe justificación política alguna para persistir en la violencia. El camino es la democracia con alternancia y no la lucha armada.

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Cesar Gaviria y los diálogos en Tlaxcala y México con la coordinadora guerrillera Simón Bolívar; Ernesto Samper con la sociedad civil y el Acuerdo de Puerta del Cielo; Andrés Pastrana y la posibilidad de una Convención Nacional; Álvaro Uribe en Cuba con su comisionado de paz Luis Carlos Restrepo y, finalmente, Juan Manuel Santos en Quito y La Habana con un cese bilateral al fuego que estuvo listo y se frustró por la politiquería de algunos. Todos los presidentes de Colombia en las últimas 3 décadas, con excepción de Iván Duque, intentaron la negociación política con la guerrilla del ELN. Algunos estuvieron más cerca que otros de lograrlo. Ahora, comenzando el gobierno de Gustavo Petro, se hace un nuevo esfuerzo con una guerrilla compleja y distinta a las exFARC. Ojalá a la sexta sea la vencida y hay razones para el optimismo, entre otras, el temprano momento en que se instala la mesa y que se retome la agenda acordada con Santos en el 2016.

La coyuntura política interna no puede ser mejor. La llegada al poder de un exguerrillero firmante de un acuerdo de paz que dejó las armas se reincorporó y defendió sus ideas por 30 años en la legalidad, es la mayor demostración de los cambios impulsados primero por la Constitución del 91 y posteriormente por los acuerdos con las FARC. De hecho, muchas de las reivindicaciones de esa guerrilla avanzan en el nuevo gobierno, en un ambiente de consensos democráticos. La definición de una participación ciudadana vinculante, planteada en los diálogos regionales del Plan Nacional de Desarrollo, el proyecto de acto legislativo que reconoce a los campesinos como sujetos de derecho especiales; el cambio en el enfoque en la lucha contra el narcotráfico o las reformas planteadas al sector hidrocarburos con la necesaria transición energética global, son iniciativas claves de Petro, que coinciden con propuestas históricas del ELN. No cabe duda, además, que las reformas sociales propuestas por la nueva administración se acercan a los postulados originales de esa guerrilla.

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El mensaje es claro y contundente, las armas no tienen espacio en la Colombia de hoy. No existe justificación política alguna para persistir en la violencia. El camino es la democracia con alternancia y no la lucha armada. El ELN no se puede quedar en los discursos del siglo pasado que nada tienen que ver con la sociedad actual. Por eso, la gran pregunta que la mayoría de los colombianos nos hacemos hoy no es sobre la voluntad de paz del gobierno Petro, demostrada en forma suficiente, sino por la decisión que pueda tener el ELN, fruto de sus deliberaciones internas, de dejar las armas y actuar en la civilidad. Las declaraciones y las acciones de los elenos siembran en muchas ocasiones dudas sobre esa decisión. Es clave entonces que la nueva mesa que se abre mañana sea con el objetivo de llegar a unos acuerdos definitivos y no simplemente, como a veces parece ser su intención, para abrir un dialogo nacional sin metas definidas.

Tenemos una gran oportunidad y ojalá se concrete porque hay territorios que sufren mucho en estos momentos. Hay que avanzar rápido en acuerdos humanitarios para proteger a la población civil. Habrá grandes desafíos y obstáculos en el camino y este gobierno ha demostrado que está dispuesto a jugar duro en la paz, con audacia, sin libretos predeterminados. Cada proceso de paz es distinto y no se pueden aplicar las mismas recetas. En la agenda del 2016, que según los anuncios se retomara, el fin del conflicto con el ELN se encuentra definido con claridad y el primer punto es el de la participación vinculante en la que se han tenido avances en los últimos años. Como siempre sucede en estos procesos, la justicia, los derechos de las víctimas y la participación política serán temas vitales de la discusión. La designación del equipo negociador del gobierno anunciada es un muy buen comienzo. Otty Patiño como jefe de la delegación oficial conoce del tema y tiene la necesaria madurez y cercanía con el jefe de estado; Iván Cepeda es garantía de seriedad, tenacidad y compromiso con la paz y la sorpresa es José Félix Lafaurie, sin duda una apuesta arriesgada, pero lógica al fin de cuentas, que ojalá salga bien.

Se abre entonces una nueva esperanza para los colombianos y en especial para regiones como Chocó, Arauca, Nariño, Cauca y el Norte de Santander. En nuestro caso el daño que ha hecho el ELN es inmenso. En la última década del siglo anterior emprendieron una demencial ofensiva de secuestros, atentados terroristas y asesinatos, que condenó a la región a una violencia absurda y al atraso que aún hoy sufrimos. Dentro de sus inaceptables, bárbaras y condenables acciones asesinaron a Eustorgio Colmenares en la terraza de su casa en 1993 y 4 años después, en 1997, a mi padre, Jorge Cristo, al llegar a su consultorio médico. Atentados cobardes y criminales. A pesar de esa dura circunstancia personal, sigo creyendo que la negociación política y no el aniquilamiento militar es el camino para algún día lograr la paz y evitar más víctimas en este país. Hace bien el presidente Petro en intentarlo, como la mayoría de sus antecesores. La coyuntura política internacional, la ola reformista interna y el equipo negociador anunciado, son razones para el optimismo. Ojalá el ELN entienda que no hay mejor momento y que esta será su última oportunidad de un acuerdo de paz con el Estado.

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*Juan Fernando Cristo Bustos, @cristobustos, Exministro del Interior y ex senador.

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