De triunfos y derrotas

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Desde el domingo en la noche, apenas comenzaron a conocerse los resultados electorales, los medios de comunicación han celebrado ampliamente el triunfo de opciones independientes y ciudadanas contra las maquinarias políticas regionales en varios de los principales centros urbanos del país. Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga, Cartagena, Cúcuta, Manizales, entre otras, son las capitales en las que sin duda alguna se manifestó una ciudadanía libre que cada vez se siente menos interpretada por los partidos tradicionales y busca opciones distintas. El hastío con la creciente corrupción, la defensa de causas puntuales, la preservación del medio ambiente, son algunos de los temas que mueven a los habitantes de estas ciudades, especialmente a los jóvenes que participaron activamente en los pasados comicios.

Pero, al lado de estos fenómenos de opinión urbanos, presenciamos la elección de gobernadores en todo el país cuyas victorias obedecen a dinámicas políticas tradicionales, absolutamente diferentes a las de las grandes ciudades. Cuando se revisa la lista de gobernadores del Valle del Cauca, Santander, Bolívar, Cesar, Córdoba, Nariño y la gran mayoría de departamentos en Colombia, se encuentra que son los partidos en coalición los que impusieron los próximos mandatarios regionales, en muchos de esos casos con la utilización de miles de millones de pesos, sin ningún control por parte de una autoridad electoral que no tiene ni la voluntad ni los dientes para controlar las violaciones a la ley electoral.

Son entonces dos países políticos y electorales distintos los que vimos el pasado domingo. Por una parte, el moderno, deliberante y con una ciudadanía empoderada de las grandes ciudades para elegir alcaldes, y por el otro, el atrasado, abandonado por el Estado y atado a la vieja política que responde más a las necesidades individuales de los electores que a los intereses colectivos de la comunidad. Igual se puede predicar de las enormes diferencias entre la elección de un alcalde frente a la de diputados y concejales en todo el país. Hay en ese proceso electoral comportamientos propios de un sistema político del primer mundo como vimos en el debate en Bogotá, que coexisten con procesos del tercer mundo en muchas zonas del país. El gran desafío es lograr la modernización de la política en todo el territorio y no solo en parte de él que, además, es el más desarrollado en términos económicos y sociales.

Y ya con relación a los resultados electorales se pueden sacar tres conclusiones esenciales. La derrota del uribismo fue clara y contundente. El partido de gobierno sufrió directamente el castigo de los electores por el desgaste evidente de la actual administración apenas transcurridos 15 meses del mandato Duque. Ya incluso se avizoran conflictos y señalamientos de responsabilidad internos frente a una debacle sin antecedentes para un partido o coalición de gobierno en elecciones territoriales. No cabe duda que la terca obsesión de los integrantes del Centro Democrático de modificar el Acuerdo de Paz y mantener por esta vía una absurda polarización del país alrededor de un tema que debe ser superado influyó de manera decisiva en el comportamiento de los ciudadanos que, más allá de la manera en que hayan votado el plebiscito hace tres años, quieren doblar la página y mirar hacia el futuro sin quedarse estacionados en el pasado de confrontación. Solo un sector radical y minoritario del CD persiste en hacer trizas los acuerdos y con esta actitud frenan cualquier posibilidad de que el Gobierno avance en una agenda distinta, que es lo que espera la mayoría de los colombianos.

La segunda gran conclusión es la victoria de la paz en estas elecciones. Las amplias expresiones independientes y de la izquierda democrática, fueron posibles gracias a que el acuerdo con la FARC, y la consecuente desmovilización y desarme de esta guerrilla, permitieron la profundización democrática del país y se redujo sustancialmente la estigmatización de sectores sociales que se movilizan ahora con mayor fuerza, sin el peligro de ser señalados como integrantes de grupos al margen de la ley. Además, los ganadores en las grandes capitales y muchos de los gobernadores electos, han sido defensores del Acuerdo desde sus distintas posiciones y partidos políticos, tanto desde el gobierno como del Congreso. Basta con mencionar a Claudia López, quien acompañó con convicción todo el proceso de implementación; Daniel Quintero, quien como ex viceministro fue ferviente activista de la paz; Jorge Iván Ospina desde el Senado; Elsa Noguera como ex ministra; el dirigente de izquierda y nuevo gobernador de Magdalena, Carlos Caicedo; el líder afro del Cauca y nuevo gobernador Elías Larrahondo o el ex viceministro Héctor Olimpo Espinosa, nuevo gobernador de Sucre.

Finalmente, será muy interesante este nuevo escenario en el que los principales alcaldes de capital no pertenecerán ni al partido ni a la coalición de gobierno. Algunos tienen militancia reconocida en partidos de oposición y otros surgen de movimientos regionales ciudadanos que defienden una idea de país distinta a la del Presidente Duque. Esto ocurre por primera vez en esas dimensiones tan amplias de las más de 10 de las principales capitales de Colombia y será una experiencia nueva en la que el jefe de Estado y los mandatarios locales deberán construir una relación de colaboración mutua, con respeto e independencia, más allá de las diferencias políticas. Será una responsabilidad muy grande en donde esperamos se demuestre madurez política y compromiso con la ciudadanía. El Gobierno nacional no podrá imponer su agenda a los alcaldes y estos a su vez, más allá de sus simpatías, deberán definir sus prioridades en conjunto con el nivel central y armonizar los respectivos planes de desarrollo nacional y local. Todo un reto que esperamos salga bien en beneficio de los habitantes de estas capitales que eligieron de manera libre sus nuevos gobernantes.

Juan Fernando Cristo, @cristobustos, ex Ministro del Interior y ex Senador

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