De vuelta al 2018

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Nos quedamos con lo mismo de hace cuatro años: un país fragmentado que ve como responsable al otro por los daños.

(Lea también: Ires y venires, a propósito de la campaña presidencial)

Considero que la peor época en Colombia es aquella cuando vamos a escoger gobernantes. Dejamos salir en buena forma lo peor de nosotros. La superficialidad del debate público combinada con el clasismo y racismo torna la cuestión más compleja. La presente campaña, al igual que su predecesora, se tiñe de verdades a medias, insultos, especulaciones apocalípticas y demás.

Comparando la situación del país con la campaña de 2018, donde tocar guitarra y jugar cabecitas, junto al respaldo de la clase política, llevó a Iván Duque a la presidencia, estamos en un momento distinto que exige tomarnos el asunto con calma. Las especulaciones de todo tipo se tomaron el debate. Se dicen muchas cosas, algunas más cercanas al lugar común que a soluciones. Más ideario que programa. Muchos totalmente desconectados de los problemas del colombiano de a pie. Pero, bueno, eso es lo que hay.

Lo cierto es que la decadencia se instaló en las instituciones. Sólo basta observar las mediciones de percepción ciudadana para comprender la profundidad de la crisis. Se barre parejo, como decía mi abuela. Pocas instituciones salen bien libradas del señalamiento de corrupción que, convertido en lugar común, advierte que todos sin excepción son corruptos, lo cual cae en el problema de la generalización que toma a todos como iguales. Sumado a esto, tenemos el infantilismo político de candidatos que, como Ingrid Betancourt, toman al ciudadano a la manera de un menor de edad.

Instalados en los discursos de quienes pretenden gobernar el país, queda uno más preocupado. Todos en alguna medida quieren sonar disruptivos. Proponer “cosas nuevas” es la tendencia. Aprovechar la crisis para desde allí mostrarse como el “distinto”. Que sin maquinarias. Que voy solo hasta el final. Que yo no represento el continuismo y, finalmente, el verdadero cambio somos nosotros. Todos reclaman el poder para sí por las razones mencionadas. Y, ¿qué decir de la forma en que se ha justificado el ingreso de personajes ligados al clientelismo y demás prácticas de las cuales parece existir cierto cansancio en el país?

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Más allá del discurso que, dicho sea de paso, es diferente de la política, tenemos poca o nula comprensión acerca del cómo se implementará el ideario hasta el momento expresado por muchos. En ese afán de sonar diferente, los candidatos echan mano de lo que sea. Lo último fue la idea de incluir en la bandera de Colombia una hoja de marihuana. Lo cierto de todo esto es que una cosa es ganar y, otra muy distinta, gobernar. Hasta el momento, las apuestas están dirigidas a ganar las elecciones; no obstante, vendrá el momento de iniciar el gobierno y la construcción de la bancada que apoye al ejecutivo será otro tema.

El problema, como lo comprendo, pasa por aquellas promesas estilo hoja de marihuana en la bandera, que pretenden sonar y, al mismo momento, mostrarse de avanzada en un país que se niega a cambiar el paradigma conocido y de ahí su votación a la presidencia. Hemos acuñado eso de mejor malo conocido que bueno por conocer. Pese a sonar disruptivos, el país no cambia con decretos, ni leyes. De lo contrario, nuestra realidad seria diferente. Del fetiche por la norma sólo nos queda una hiperproducción de leyes que pocos leen y entienden y a las instituciones les queda muy complicado en la práctica cumplir y hacer cumplir tantas disposiciones.

De la eficacia de la norma – simbólica – nos quedamos con una vuelta al pasado, esta vez peor. La deuda externa debería ser un tema para discutir, además de la pobreza, pero no. Lo importante es la disputa para que el socialismo y comunismo, entendidos como sinónimos por muchos, no llegue. Y, claro, con la visión bipolar de la realidad en la cual parece que estamos atrapados y pensamos que, por sustracción de materia, debe gobernar el bloque contrario. Sin embargo, el país que recibirá el próximo mandatario es realmente el problema. De las promesas de campaña de las cuales pasan en buena forma por el Congreso, las Cortes vía demanda, y desde luego, la base que decidirá en últimas cumplirlas o no, muchos entienden que todo será como el candidato lo dice. Parece que no hemos entendido cómo funciona el modelo.

Nos quedamos con lo mismo de hace cuatro años: un país fragmentado que ve como responsable al otro por los daños. Una clase política que se niega a cambiar. Unas instituciones deterioradas en su imagen. Unos candidatos en las antípodas mientras los ciudadanos de a pie apuestan por la tragedia y el vivir sabroso. Mucho me temo que no será como ninguno de los candidatos lo ve. Un presidente por bien que le vaya no alcanza a cumplir todo aquello que promete y, más difícil aun, cuando lo que recibe es lo que deja Iván Duque Márquez.

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*Juan Carlos Lozano Cuervo, abogado, realizó estudios de maestría en filosofía. Es profesor de ética y ciudadanía en el Instituto Departamental de Bellas Artes y profesor de cátedra de derecho constitucional en la Universidad Santiago de Cali. @juanlozanocuerv

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