Dejar de odiar a quien hemos odiado

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El psicoanalista y profesor de la Universidad Nacional Mario Bernardo Figueroa nos pregunta: ¿Dónde pondremos lo odiado? ¿Ahora quién nos dará nuestro ser?

Enfrentar la verdad nos pone ante un problema: nos podemos ver obligados a dejar de odiar a quien con ardor hemos odiado. Renunciar de un momento a otro a ese odio incubado con paciencia, lentamente, sin prisa pero sin descanso, ese que con tanto celo hemos degustado, es muy difícil. Nadie quiere, como lo mostró Freud hace tiempo, renunciar a un fuerte goce pulsional – de origen inconsciente por añadidura – como el que nos brinda detestar con todo nuestro ser… al ser del otro. ¿Qué hago ahora sin mi odiado? Y, ¿sin mi odio? ¡Estaba tan apegado a él! ¿Cómo vivir sin él?

Lo difícil no será solamente descubrir que éste, ésta o aquel fueron los culpables de nuestro sufrimiento y nos hicieron mal sino también será duro saber que aquellos a quienes odiamos no eran merecedores de toda esa cólera, que ellos no fueron los agentes de nuestra desgracia y no lo sabíamos. ¿Ahora con qué excusa los vamos a odiar?

Va a ser muy complicado, pero necesario, aceptar que hemos vivido tantos años tan afectuosamente apegados a ellos por la vía de nuestro rencor, de nuestra ira o de nuestra rabia, y ahora, de la noche a la mañana, debemos dejar caer ese odio. A la vez, tendremos que aceptar algo muy triste: que los ideales en nombre de los cuales odiábamos con tal furor no eran tan dignos como creíamos, no eran merecedores de nuestro amor, que eran ídolos con pies de barro, que sus líderes cometieron horrores inconcebibles.

No es tarea fácil soltar las amarras del odio para dejarlo naufragar: es un sacrificio que no estamos dispuestos a hacer gratuitamente. Su pérdida se experimenta como un profundo vacío que nos hace sufrir, una grave falta que, por añadidura, no podemos reconocer fácilmente y menos ante los demás. Si cuando perdemos a un ser querido, hay un normal afecto de vergüenza o de pudor por mostrarnos dolientes, por dejar notar nuestra agonía, imaginemos por un momento lo que podremos sentir si tenemos que admitir que sufrimos porque perdimos a quien odiábamos, porque se fue sin haber sido nosotros los causantes de su deceso, a pesar de haberlo deseado, o peor aun, si súbitamente se descubre que ésa no era la plaza adecuada para el odio, que odiábamos “en el lugar equivocado”, a la persona o al grupo errado, o por causas falsas a las que nos adherimos con fervor absoluto, pero soportadas en falsedades.

¿Cómo resignar ese odio si descubrimos que no tiene razón de ser, más que la de sostener mi ser de odiador, mi odioso ser? ¿Cómo sepultar el odio si descubro que no se enraizaba sino en mentiras amadas a las que no quiero renunciar, que nuestro ideal se alimentaba de esas falacias? ¿Qué hacer entonces con ese capital, con ese odio? ¿Perderlo así como así? ¿Qué hacer con mi recién quebrado ideal? ¿Lo restaño de nuevo con el pegamento del autoengaño? Es cierto que el fomento del odio es una de las bases más sólidas del fascismo y que hoy en día éste cobra renovados bríos, pero aun así, esto no se da sin pagar con la “miseria psíquica” – de nuevo Freud – , con una culpa bien reprimida que, tarde o temprano se manifestará en infelicidad.

La renuncia, al menos a una parte del odio, si bien a la postre genera bienestar y nos puede permitir restablecer el lazo social truncado, extender solidaridades y construir en favor de la sociedad y la cultura, implica en principio un doloroso duelo: dejarlo morir sin satisfacción, sin que con la muerte del odio muera el odiado.

A su turno esto implicará que la justificación con la que lo odiaba, que me daba la razón de ser, ya no exista. Con la muerte del odio, aquello en lo que había afianzado mi existencia ha desaparecido. Es difícil reconocer que eso que creo tan abyecto, como el ser odiado, sea al tiempo la razón de mi existencia, que la cruzada de odio en la que milito, aquella que le ha dado razón de ser a mi vida, sólo existe por él, por el ser odiado. Reconocer esto resulta absolutamente vergonzoso. Es con esta vergüenza con la que tendremos que enfrentarnos cada uno y cada una de manera singular, así como la sociedad en su conjunto.

El odio, más que un afecto, es una verdadera “pasión del ser”, como lo señaló Lacan. Preguntémonos si acaso el nazi tiene ser más allá del judío; si no es a éste, a quien tanto odia, a quien debe su ser, lo mismo que el racista al inmigrante discriminado, el homofóbico al homosexual y el machista a lo femenino que lo atraviesa a él mismo e intenta matar en las mujeres que agrede. Obviamente, ocurre lo mismo en las instituciones, movimientos o grupos políticos. Algunos no pueden desprenderse del odio porque éste es su bandera y prescindir de ella es renunciar a su existencia; el enemigo aborrecido constituye su núcleo vital. Aunque paradójicamente busquen eliminarlo, lo necesitan. Es tal vez una de las razones por las cuales el Centro Democrático no puede despegarse de la guerra como proyecto político y de su eterno enemigo, la guerrilla “delafar”. Más allá de esto, está, obviamente, lo que ella, la guerra trae: las tierras despojadas, los nexos con los paramilitares, la mafia, la corrupción y un modo particular de explotación sin límite.

Es lo que de manera tan clara nos ilustra la reacción de lado y lado ante la confesión de los crímenes cometidos por las Farc, en particular los de Chucho Bejarano y Álvaro Gómez Hurtado. Quienes simpatizaban con ellas no pueden admitirlo porque va contra el ideal que de ellas tenían y quienes las odian, como el presidente Duque, a pesar de aborrecerlas, se niegan a aceptar que ellas asesinaron a este último, porque se quedan sin la posibilidad de justificar su odio a Samper y a Serpa y de dignificar al difunto al poner en el lugar de la causa de su muerte el crimen de Estado.

En un psicoanálisis, la verdad se reconoce por sus efectos y ella causa, implica el acto. Cuando se manifiesta, hay responsable y acontecimiento, no mero saber acumulado, necesario, pero no suficiente. Algo de este orden es lo que comenzamos a toparnos ahora que enfrentamos la voz de los actores armados y la de las víctimas, ahora que no tenemos meros enunciados, sino acto de enunciación. Esto comienza a implicar cambios en muchos niveles, y a implicarnos en ellos. La sociedad tendrá que vivir, poco a poco, los cambios que la verdad genera. Entonces, parafraseando la canción de Silvio Rodríguez, tendremos que preguntarnos: “¿Qué hago ahora contigo?… ¿Dónde pongo lo odiado?”

*Mario Bernardo Figueroa, Psicoanalista, profesor de la Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia y miembro de la Asociación de Psicoanalistas de Bogotá Analítica.

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