Democracia eficiente

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Democracia eficiente. Ese es el antídoto contra el autoritarismo en cualquier país del mundo.

Cuando el liderazgo de una nación está atento al sentir de los ciudadanos y adopta decisiones en función del bienestar de éste – y, además, las explica debidamente – demostrando con el ejemplo que los sacrificios son generales y no sólo para un grupo de la población, seguramente que la gente se compromete más aún con la democracia.

Ocurre en nuestros países, sin embargo, que la dirigencia a veces pareciere haberse quedado congelada. Simplemente parecieren disfrutar del poder en beneficio personal olvidándose que éste, que es efímero y volátil, les fue concedido para servir y no para beneficiarse.

No importa cuánto fruto el ciudadano hubiere recibido como consecuencia de una buena gestión pública, siempre exige más y eso es ínsito al ser humano. Nadie quiere perder lo que ha obtenido y aspira a más. Nuestra dirigencia en Latinoamérica pareciere no haber entendido esa situación y, por eso, hemos visto cómo, en algunos países y para sorpresa del establishment, el poder mismo es desplazado, probablemente para nunca más volver, pues no solo le niega progreso a quien lidera sino que por sus ejecutorias – activas o pasivas – le resta lo que llegó a obtener.

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Quienes están en función de poder deben comprender que la única manera posible de conservarlo en democracia es con eficiencia y ocurre que, a veces, a pesar de ésta, caen por la volatilidad de ánimo del elector, solo que en este último caso, probablemente no se produzca un salto al vacío en búsqueda del vengador anónimo que muchos quieren encontrar.

Los países que tienen instituciones democráticas sólidas deben encontrar los mecanismos que permitan resolver las naturales diferencias derivadas del ejercicio de la política. Los que carecemos de ellas hemos aprendido cuán difícil es recuperar lo que por torpeza general perdimos.

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Si algo hemos aprendido los venezolanos que creemos que las cosas en nuestro país no van bien, es que – al rescatar la democracia – debemos cuidarla como la niña de nuestros ojos para que quienes nos sucedan no se vean precisados a migrar de su tierra porque ésta le niega lo que debería ser normal.

Por experiencia personal puedo afirmar que la defensa de la democracia no es solo una obligación de la dirigencia política del país. Los ciudadanos todos y muy especialmente las élites económicas e intelectuales de cualquier nación tienen gran responsabilidad en eso. Cuando estas últimas privilegian sus posiciones de grupo antes que el interés general de la nación, ésta probablemente atravesará tempestades que bien pudieran evitarse.

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Quienes estamos impedidos de retornar a nuestra tierra seguramente aspiramos a que en la que nos encontremos, los vientos de cambio – naturales en toda sociedad – no produzcan tempestades que con todo acaben.

*Gonzalo Oliveros Navarro, Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia. @barraplural

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