El fútbol y la política: desclasificaciones y descalificaciones polarizantes

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“El fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes”. “Encontrar para todo fracaso un chivo expiatorio: el secreto para ganar dinero con el fútbol, sin jugar al fútbol” Jorge Valdano (1955). Exjugador de fútbol argentino.

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  1. Desclasificación o no clasificación.

El fútbol es un asunto complejo. Actividad deportiva, negocio, emocionalidad, espectáculo comunicacional, relación interclasista, factor identitario. Todo eso y mucho más. Armando un hilo, como se dice hoy en las redes, podría enunciarse: es una actividad social deportiva que se ha conformado como un gran negocio global y local que convoca la emocionalidad de las gentes por tradición cultural, de amplia difusión comunicacional, que se transversaliza en todos los estratos sociales y que llega a convertirse en un elemento identitario grupal (hinchas de…) regional, nacional y aún internacional.

La FIFA, la entidad mundial que agrupa a toda la actividad, la rige y la controla, se considera como una de las grandes multinacionales del mundo. Esa apelación a la emocionalidad entrama y cubre un gran negocio a todos los niveles. Mueve mucho dinero en múltiples actores. Como deporte, hay ligas a todos los niveles – barriales, zonales, municipales, departamentales, nacionales e internacionales -. La FIFA agrupa a 211 federaciones nacionales, más que la ONU, que tiene 193 Estados miembros. Mueve aproximadamente dos billones de dólares al año.

Los dueños de un equipo de fútbol son básicamente empresarios que, si bien pueden participar de la emocionalidad que socialmente genera este deporte, lo ven ante todo como una actividad de negocios. Hoy en día, más que la boletería para un partido de fútbol, son los derechos de televisión los que más generan ingresos y la lotería es poder colocar a figuras promisorias de su equipo en grandes ligas y obtener así jugosas ganancias con lo que se denomina “venta de jugadores”. En este sentido, podemos afirmar que la Liga de Fútbol Profesional de Colombia y las amateurs también son ligas de ascenso y menor cuantía y la lotería para estos empresarios o sus representantes está en lograr vender y posicionar un jugador en las ligas mayores como las de Europa, Brasil o Argentina.

La importancia de la participación a un mundial de fútbol en donde compiten 32 países que previamente han disputado la clasificación dentro del área continental respectiva tiene varios efectos. Uno, el de orgullo nacional identitario de sentirse parte de ese club de clasificados al mundial. Dos, el deportivo, político y económico. Colombia, como sabemos, no clasificó (desclasificación).

Los efectos económicos – porque, insistimos, el fútbol asociado es un gran negocio tanto a nivel mundial como nacional – se invisibilizan. El fútbol no deja de ser una actividad jugosa y poco controlada. Será necesario disponer de una Superintendencia del Deporte que, con las herramientas propias de este tipo de organismo, pudiera hacer seguimiento a la forma cómo se maneja ese negocio y controlarlo para bien de nuestra comunidad y para que no sea el oasis de unos cuantos vivos o su coto privado de caza. El recientemente creado Ministerio del Deporte no suena ni truena. Así mismo debería ocurrir con otras actividades deportivas convertidas en negocios y otras que sufren penurias para sobrevivir y sobresalir.

Desde el punto de vista político, se ha utilizado a la Selección Nacional de Fútbol para ganar puntos políticos, tanto para invocar uniones que no son muy claras y logros que son de otros. Con la no-clasificación al Mundial de Fútbol nos quedamos todos con el pecado y unos cuantos con el género.

Me llamo la atención un “meme” que circuló con ocasión de la no-clasificación al Mundial de Qatar, entre muchos que circularon, en el cual los presidentes Gaviria, Samper y Santos afirman que en sus respectivos períodos la Selección SÍ clasificó en contraste con los presidentes Pastrana, Uribe y Duque, en los cuales NO clasificó. ¿Correlación estadística, suerte política o coincidencia?

(Texto relacionado: Candidato Cronopio, Candidato Fama, Candidato Esperanza)

  1. Descalificaciones polarizantes.  

En varias oportunidades nos hemos referido a un efecto (entre varios) al que conduce la polarización electoral: a la descalificación del oponente, a la guerra de post-verdades. Lo que complica un sano debate es que la certidumbre sobre cualquier situación anómala endilgada al oponente depende de la credulidad o posición ideológica. Ésta es una herencia de la fe de carbonero que nos obligaron a tener so pena del castigo infernal. Está profundamente y desafortunadamente inscrita en nuestra cultura ancestral.  El llamado período de la Violencia, el enfrentamiento entre liberales y conservadores hacia la mitad del siglo pasado, fue esa intolerancia absurda que, desde los púlpitos y desde los directorios políticos, alimentó el odio al oponente político, volviéndolo materia de fe o testimonio de la misma.

Lo que ocurre es que se termina votando en contra de… Ya no se trata de la democrática escogencia, ojalá por mérito, confianza o identificación, lo que pasa a un segundo plano. Hay que votar contra fulano o fulana porque nos puede llevar al caos, a la expropiación, a la ruina. Hay que votar contra el que diga el Gran Elector o el Establecimiento. El escrutinio de ideas, programas, propuestas, compromisos pasa a un segundo plano. Se generan cadenas de rechazo con descalificaciones ciertas o mentirosas (usualmente más de estas últimas) y el ejercicio ciudadano queda restringido a las adhesiones medrosas o convenientes.

Recurro al filósofo español Fernando Savater, quien con sencillez pedagógica nos dice: “Lo principal de la Democracia es que no es el final de la partida, no es un destino que hay que alcanzar y una vez se llega se acabaron todos los problemas…..la democracia es una herramienta para solucionar problemas, ….pero por sí misma no resuelve nada… es un instrumento para luchar por las ideas que nos gustan y oponernos a las que no nos convienen, y unas veces sale bien y otras mal.” (Ética de Urgencia). Para que haya verdadera democracia, se necesitan verdaderos ciudadanos en ejercicio de tal condición. El esfuerzo político que hay que hacer es para que esa ciudadanía crezca, ejerza una autonomía reflexiva de lo que considere conveniente para una Nación y así decida.

(Le puede interesar: Manual sobre coaliciones)

*Víctor Reyes Morris, sociólogo, doctor en sociología jurídica, exconcejal de Bogotá, exrepresentante a la Cámara, profesor pensionado Universidad Nacional de Colombia.

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1 COMENTARIO

  1. El futbol es todo lo que señala el artículo. Un verdadero Ministerio del Deporte no sólo debería actuar (entre otras cosas) en materia de regulación de la actividad comercial que tiene como fundamento fáctico el deporte sino, de especial manera, advertir de las implicaciones y enlaces que el deporte y las adscripciones identitarias a los equipos tienen con la historia nacional, las corrientes de opinión nacional e internacionales, la imagen de ls colectivos (reales o imaginaros) en diversos escenarios: internacionales, regionales, locales, etc. Pero… eso es pedirle peras al olmo y olvidar que aquí estamos en Cundinamarca y no en Dinamarca. Hay que señalar, sin embargo, que algo de esto se empieza a hacer en algunos centros universitarios de pensamiento.

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