Diálogo de sordos: premodernidad – posmodernidad

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La sociedad está rota: la fractura social, el conflicto, el narcotráfico, la lumpenización, la polarización y la pandemia formaron una dualidad radical. Se necesita la tercería de la esperanza como pegamento político del rompecabezas colombiano.

Byung Chul Han, el filósofo coreano, presentó en 2020 su obra “La Sociedad Paliativa”, cuya traducción al español estamos digiriendo. La idea central del libro es analizar una sociedad posmoderna en la cual ya no habría espacio para el dolor. Ya conocíamos por la literatura y la filosofía del siglo XX cómo la modernidad iba reduciendo los territorios otrora ocupados por la santidad, el heroísmo, la virtud pura. El legado de los Upanishad en la filosofía hinduista fue enseñarnos que existen mil y un caminos para apañar el sufrimiento y aún para derrotarlo. Lo nuevo, lo posmoderno es un orden social que promueve sutilmente un odio generalizado hacia el dolor, el imperio de la algofobia, un miedo general al sufrimiento.

En las sociedades posmodernas, setenta y cinco años después de las guerras, existe una tolerancia menor al dolor. Tales naciones huyen de la algofobia construyendo consensos. Hasta hace poco tiempo, cuando se produjo la reincidencia de las posiciones fascistoides, se registró una tendencia al consenso por el consenso, donde la política se coloca en una zona paliativa y transaccional para cerrar el paso a las posturas ultraderechistas del nacionalismo extremo, como un analgésico.

El sector encargado de la configuración del discurso del statu quo en países de bienestar extendido que afrontan temas complejos como la migración o la propia pandemia organiza presto la proclama de la resiliencia, la cual se transforma en sicología positiva del bienestar. La resiliencia nos haría menos sensibles al dolor como debilidad. Ese dolor quedaría enmudecido. Para ello, debes individualizar las precauciones, abandonar ese solidarismo anquilosante y castrador. La receta es ‘sé feliz’, sostiene Han en su crítica despiadada. La positividad de la felicidad reemplaza a la negatividad del dolor. La felicidad como motor del rendimiento. La libertad no se reprime; se explota. En ese orden político, hijo del proyecto económico neoliberal, el poder se hace invisible y sutil, luce bien, mucho mejor que el viejo poder disciplinario. La vigilancia asume una forma elegante. Basta aceptar todas las cookies, expresar tus deseos en las redes, contar tu vida. Como dice el profesor Álvarez Terán en el excelente resumen de la obra de Han, “el desnudamiento pornográfico acaba siendo lo mismo que la vigilancia panóptica”.

La comunicación del “me gusta” iguala; la crítica divide, hace sufrir. Lo que debemos mejorar, dicen, ya no es la sociedad sino los estados anímicos personales. Por eso, asegura el filósofo, los divergentes son reemplazados por los coaches motivacionales. La sociedad paliativa despolitiza el dolor y promueve una sumatoria cosificada de pequeñas sensaciones felices. Una colección de sensaciones, diría Bauman.

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Por eso se extiende la cultura de la complacencia, la mercantilización de la cultura. El arte se transforma en mero consumo. Arte y consumo mezclados. El arte, donde el dolor habitaba hasta estremecer, queda diluido en el comercio. Afirma Álvarez Terán que la anestesia general seda el dolor y el arte deja de ser una contra narrativa y aún en sus estertores se torna en “una poética del dolor sin enganche con la imaginación estética”.

El asunto en Colombia es que la sociedad, en sus componentes mayoritarios, es premoderna.

Y la sociedad premoderna tiene una estrecha relación con el dolor. No es mecánico por tanto el tránsito de la sociedad martirizada a la sociedad disciplinaria. Nosotros, como en su hora las naciones europeas, necesitamos tiempo y diálogo. La confluencia de enormes dificultades mencionadas al comienzo, la crisis de oportunidades y la memoria aún difusa de los ocho millones de víctimas, han sido activadas por la pandemia en forma de hastío, hartazgo e invertebrada rebeldía, a veces, no siempre, venturosamente, caldos de cultivo para el neopopulismo de las extremas.

En esa sociedad premoderna, pululan el impoconsumo, la renta ínfima e incierta, la juventud de los ninis, la política clientelista, la corrupción como ruta, las brechas salariales para la mujer y la economía campesina, la insuficiente cobertura educativa y la baja calidad, los pobres servicios de salud, la indefinición de la propiedad y sus títulos difusos, la infra lectoescritura, la carencia de competencias para la empleabilidad y la desesperanza.

Las opciones verdaderamente no lo son: el relacionamiento con los cultivos ilícitos, el servicio militar, la vagancia adicta al teléfono móvil, o las tareas casuales de ayudantía y mandaderismo sin productividad alguna. En el caso de muchas mujeres, la carga productiva, el trabajo por días y el cuidado sin remuneración son, en gran medida, su destino.

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La fractura social es también ruptura y exclusión empresarial. Más del 60% de las unidades económicas no tiene registro mercantil y se mueve en la informalidad. No conoce, ni utiliza la oferta institucional, excepto cuando se trata de subsidios en especie o dinero, frente a los cuales, buscará con encomio su acceso.

La clase media, uno de los potenciales de cohesión, tiene perfiles diversos y expresiones huidizas tanto de la premodernidad como de la posmodernidad. En general, amplios sectores de la clase media intentan lucir como posmodernos con una renta y un consumo premodernos. Por eso ha venido engrosando la fila migratoria ya que el proceso de su pauperización la agobia. La juventud protestante pertenece principalmente a los estratos 2, 3 y 4. Es el foco del hartazgo. Su palabra, en ocasiones expresada con dificultad o acallada por el lumpen, no es escuchada o resbala hombros abajo de los poderosos y sus tecnócratas. Otro tanto sucede con los adultos mayores, solos y pobres, saben lo que va a pasar y ni siquiera lo dicen pues no son escuchados. Tal es su mayor drama. A menudo, otros grupos etarios hablan con ellos tan solo para esquilmarlos. 

Por eso Colombia es una enorme fosa o una pirámide a medio construir, desde donde se escucha el eco de Babel, tan propio del diálogo de sordos.

La extrema posmoderna cree en la solución autoritaria y porfía en un modelo económico que, gracias al derrame desde los círculos de poder, iría integrando poco a poco a las gentes del pueblo que mejor se acomoden a su rol de noble servidumbre. Por momentos, una buena parte de la élite colombiana querría ir más allá de la mascarilla, usar el pasamontañas de la otra extrema para expandir el modelo social paliativo. Empero, sin dolor, no se consolida la felicidad. “Dolor y felicidad son hermanos gemelos y crecen juntos”, diría Nietzsche. La sociedad paliativa individualiza precauciones y seguridades. Al pretender la inmunidad ante el dolor, termina en depresión. Sucede que el dolor es condimento de la felicidad. Sin él, la felicidad se convierte en un confort apático.

Hoy, el Covid es el espejo de la sociedad. Según Byung Chul Han, la algofobia es tanatofobia, temor a la muerte. En ese territorio de dolor, la vida se anquilosa entre cuarentenas y teletrabajo. Los dos se convierten en campos de aislamiento en medio de la hipercomunicación. La muerte como proceso se interrumpe a destiempo. La eliminación del ritual funerario produce dolor y ansiedad inimaginables.

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El virus desencadena una crisis inmunológica, actúa como un terrorismo. Cada uno de nosotros es sospechoso de portar el virus y eso habilita un régimen policivo. La sociedad paliativa tiene que buscar la liquidación del nuevo dolor. El Miami Vaccine Tour, la weekend farmhouse, son esfuerzos para paliar la presencia sutil del dolor, los dolores crónicos, los dolores mudos propios de las tensiones de la sociedad del rendimiento. En el confort apático, la solidaridad no tiene cabida. O debemos “cosificarla”. No se vive o se ama sin dolor. Sin embargo, en la sociedad del rendimiento como en la sociedad paliativa, revive la indiferencia. Desaparece el otro como dolor y el amor se torna consumo.

La parte de la sociedad colombiana que boga en la posmodernidad está asediada por la deplorable combinación fáctica entre virus y paro, entre virus y bloqueos criminales. Creo que ese dolor, hors dœuvre, fuera de libreto, puede interpelar la sociedad paliativa y de hecho lo está haciendo. Pero Byung Chul Han advierte otro riesgo que aplica para nuestro terruño: la isotimia, un afán de bienestar individual, el heroísmo desbancado por el consumo y la vigilancia biopolítica. La vigilancia digital socava la libertad. La sicopolítica del big data promueve lo que él denomina, un capitalismo de vigilancia, una época poshumanista.

Dice el filósofo: si el hombre logra derrotar muerte y dolor, una vida sin dolor y sin muerte ya no es una vida humana. O es una vida de muertos vivos. Si el hombre alcanza la inmortalidad lo hará al precio de la vida.

La extrema premoderna cree que la solución es la exacerbación del dolor a través de la anacrónica lucha de clases atizada por el resentimiento y pregona la opción estatista sin considerar las limitaciones fiscales, el agotamiento en las fuentes y los cambios profundos sobrevinientes en la matriz energética por causa de la crisis climática.

Las dos extremas descreen del sistema democrático e intentan ganar popularidad a través de la masificación del odio y el insulto, del populismo como oclocracia mediática.

La alternativa sin duda es la coalición política alternativa que incluya los más amplios sectores de los cuales se ha prescindido o a los que se ha excluido: mujeres, campesinos, jóvenes, las víctimas, los despojados, los jóvenes, las clases medias, los grupos intermedios, los cuentapropistas y autónomos, los informales y los emigrados e inmigrantes, entre otros. La proclama son la inclusión y la cohesión social sin idealizaciones demagógicas, la transformación y el desarrollo productivo con eje en la ciencia y la tecnología y la educación en toda su dimensión socio cultural y económica, la restauración de la ética social, las reformas en justicia y seguridad, la priorización de los asuntos ambientales y el protagonismo de jóvenes y mujeres en la vida política.

Las decisiones mayores son fáciles de enumerar y difíciles de materializar: apego a los Objetivos de Desarrollo Sostenible contra el cambio climático, integración profunda entre ciencia, tecnología y sociedad, multialineación, multilateralismo  y cooperación renovados, devolución de la prioridad a la construcción de paz, internacionalización inteligente, año doce para los jóvenes, desarrollo productivo, inclusión tecnológica, formalización masiva y apoyo a mipymes, conservación del poder de compra del salario y corrección de la diferencia de renta mínima entre géneros, un sistema pensional progresivo que incluya todos los adultos mayores, reconocimiento gradual de la economía del cuidado y actualización catastral como base de la distribución de cargas sociales y del desarrollo local. Tal el mandato para la coalición alternativa que debe ampliarse y fortalecerse.

Nuestro país no superará esta horrible noche si no es adoptando una economía social y ecológica de mercado, promoviendo un capital ético, social y sostenible de la mano del humanismo digital, como alternativas que hagan posible el diálogo concordante y eficaz entre las sociedades premoderna y posmoderna.

*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, @juanalfredopin1

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