Diario de un mototaxista

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Sacado de El Dato Real

El fenómeno del mototaxismo, un medio de transporte que nació en el municipio de Cotorra, departamento de Córdoba y que hoy recorre las calles y avenidas de Colombia, se ha convertido en una fuente del rebusque de muchas familias ante la falta de empleo, que no viendo otra opción, recurren a una moto como fuente de supervivencia. Los políticos en campaña los llaman motorizados; después, transporte ilegal.

Sacado de El Dato Real

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Jairo está sentado sobre una rústica piedra; debajo de su brazo sostiene un batallado casco que tamborilea con sus dedos, bosteza y mira el final de la calle polvorienta. Sus compañeros de oficio casi igual o mayores que él esperan turno para jugar una eterna partida de naipes para matar el tiempo donde nadie gana o pierde. Al finalizar el juego, el más joven arroja las cartas con fastidio sobre la improvisada mesa, se levanta y se acoda sobre la barra de un quiosco donde un radio brama una lánguida melodía. Ahí, permanece una mujer de ojos tristes con acento extranjero que, sin mediar palabra, le sirve un café humeante. Éste lo sorbe pausadamente en silencio abstraído en sus pensamientos. Un collage de motos y personas cruzan afanosamente la avenida principal.

─ ¿Cómo está la cosa hoy? ─pregunta Jairo a los improvisados tahúres, quienes le ignoran por un momento. Permanecen concentrados barajando nuevamente el naipe cual brujos en un importante cónclave. Se ve con nitidez el “as de pica”,  el “diez de corazones”. Uno de ellos lo mira con extrañeza como si lo hubiese visto por primera vez y le responde: ¡mal muy mal!

– ¿Y eso? – vuelve a interrogar el hombre.

 – ¡Pues hoy solo he hecho dos carreras!  -. Éstas me suman cuatro mil pesos, el valor de un dólar – responde con resignación su interlocutor.

– ¿Y cuál es tu tarifa hoy? – le vuelve a preguntar – mientras se para de la improvisada estela donde ha estado sentado y camina resueltamente hacia el quiosco de la mujer de ojos tristes que ahora sermonea a quien parece ser su hijo, un adolescente con cara de porcelana china con dos hendiduras como ojos, que ha permanecido todo el tiempo echado sobre una banca mirando con indiferencia la polvorienta calle. – ¡Tengo que entregarle hoy “al patrón” 15 mil pesos de tarifa! -responde su interlocutor -, que hace una pausa y pensativo acaricia los naipes con la yema de los dedos, baraja para sí mismo y coloca las cartas de manera ordenada sobre la mesa. Sus compañeros ya se han levantado. La mujer de mirada triste ya no los escucha y sale a recoger las últimas hojas que ha desgajado el enorme árbol que los ha amparado de la canícula; de allá regresa con un pequeño atomizador y fumiga repetidamente la mesa del improvisado casino. El olor etílico en el ambiente es penetrante.  El joven se ha puesto en pie, se acicala y bosteza perezosamente emitiendo un sonido gutural y se pierde en la distancia. 

“El patrón” del que habla el hombre es un ex policía que según ellos tiene más de 50 motos rodando por las calles de la ciudad, de las veinte mil que ruedan diariamente buscando un pasajero.  – “Y no has leído que hay una congresista hija de la gran p…..   que quiere sacar una ley, que, si tú no has pagado el SOAT así tengas tu moto estacionada en tu casa te hacen el comparendo” – remata el jugador-, que tiene su licencia de conducción vencida con más de 10 infracciones. Afirma que el día que “los chupas” como le llaman a los alférez le detengan el velocípedo y no tenga como darles la “liga de campeones” que consiste mínimo en un billete de 50 mil, su moto se pudrirá en los patios. Uno de esos “chupas” busca por cielo y tierra al escurridizo hombre porque según él, en el último retén le metió un billete falso. 

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La mujer, indiferente al diálogo picaresco que sostienen, le sirve de manera solícita el quinto café del día. El otro hombre, que ha seguido el juego en silencio y no ha mediado palabra durante la tertulia, suelta una estruendosa carcajada celebrando la hazaña del billete chimbo, después se acomoda sobre la improvisada barra y hurga algo en las entrañas de un desteñido morral, el cual deja ver una reluciente ganzúa al lado de una colección de destornilladores. Una moto con dos policías apretujados hace su aparición sobre la polvorienta calle, hace una veloz ronda. El  de la carcajada, al escuchar el inconfundible ruido del velocípedo, se acomoda pausadamente sobre su rostro unos lentes oscuros para que no sepan que estámirando al estilo Pedro Navaja y, con el rabillo del ojo, no pierde de vista a la patrulla policial que más adelante se detiene. Uno de ellos choca amistosamente el puño con un hombre que entre risas se cuadra y los saluda militarmente. Este último le aprieta el puño entregándole algo de manera furtiva, el ruido sordo de la moto se pierde al final de la calle cruzada por una mujer quien lleva agarrada una desarrapada niña que hace berrinche, el hombre de los lentes oscuros vuelve a mirar con indiferencia la polvorienta calle por donde transita la moto con sus dos ocupantes que ya es una estela de polvo parecida a un cometa. 

La calle a esta hora ha quedado vaciada. Pedro Navaja se cruza el bolso sobre la espalda y sale caminado sin prisa. Está anocheciendo. Estos hombres son cuatro mototaxistas de los veinte mil que ofrecen este servicio en esta ciudad. Encontraron su trabajo cuando nació el fenómeno del mototaxismo al cual ni los políticos en campaña, ni los oportunistas, ni los ministros de transporte de los gobiernos de turno en sus reuniones con la población, que más bien parecen una gallera, han podido descifrar y dar solución. En la última elección para la alcaldía, el gremio de los mototaxistas volteó la torta y castigó en las urnas al anterior mandatario que quería reelegirse. Este último había desatado una cacería de brujas en su contra. Hoy por hoy ese gremio es decisivo en la balanza electoral.  

Este fenómeno dio a luz en el municipio de Cotorra, ubicado a 28 kilómetros de la capital del departamento de Córdoba, dada la necesidad que tenían los moradores de desplazarse. Jairo es un hombre curtido por el sol, desplazado por la violencia donde alguna vez tuvo su terruño en las entrañas del sur de Córdoba. Con tres hijos a bordo, vive hace diez años en un sector deprimido de la ciudad. Su rutina diaria inicia a las seis de la mañana cuando recoge su atuendo: cascos, chalecos y una bendición de su compañera que lo acompañará durante el día. Su mujer y sus tres hijos pequeños administran una venta de minutos y chucherías que han instalado en su casa. La pandemia les ha obligado a quedarse en casa, un espacio de cuatro metros por seis, amparados por láminas de Eternit con la mortal aleación de asbesto. A uno de los niños le ha hecho mella el discurso del ministro de salud; cada veinte minutos se levanta y sale como autómata a lavarse las manos con agua y jabón en una alberca que está al fondo del patio, vuelve y se sienta a mirar correr la vida de la calle por medio de la ventana y así sigue todo el día en ese acto compulsivo. El deterioro de la salud mental es evidente. Los otros dos infantes reciben clases virtuales en un viejo PC con conectividad nula, en una sesión parecida al espiritismo, con una valiente maestra al otro lado del mundo virtual, porque actualmente existen dos mundos, el mundo real y el mundo virtual. En ninguno de losmundos, esta familia escapa de los rigores de la pobreza y la miseria. La docente  les pregunta reiteradamente a sus cuarenta alumnos si todavía están ahí; por la mala conectividad todos responden al unísono. La voz es semejante a los últimos estertores del robot de la guerra de las galaxias cuando se le agotaba la batería.

Jairo regresa al anochecer, abatido; hoy ha logrado hacer la tarifa para “el patrón” cinco dólares. En su cara tostada se ven los efectos del astro rey, en sus brazos se asoman como marcas indelebles los estragos de las primeras manchas del carcinoma o cáncer de piel producido por la exposición a los rayos ultravioletas. Su hijo, que se ha lavado las manos por quincuagésima vez con agua y jabón, sale a recibirlo con un abrazo, Jairo estaciona la moto en la penumbra para que el alférez que lo anda buscando como aguja en un pajar por meterle un billete chimbo no le joda la vida, al menos por esta noche. 

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*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019.

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