Que sea éste el momento de dejar atrás los días en los que, al mejor estilo de una monarquía medieval en pleno siglo XXI, una parte de la sociedad grita eufórica “Dios salve al rey” mientras el país se desmorona frente a nuestros propios ojos. 

Al mejor estilo de las monarquías medievales en las que los súbditos, irremediablemente sometidos a los designios y caprichos de la corona, gritaban sin rubor “Dios salve al rey”, hoy el país entero se rasga las vestiduras por la detención de un hombre que enrostra la peor faceta del caudillismo soterrado y fanático.

Bocinas y aplausos de un lado de la sociedad que apoya con fervor irrestricto a su gran líder, cuestionando a su vez las decisiones de una justicia independiente, justifican peligrosamente el accionar de su caudillo, dándole patente de corso, no solo al jefe natural de su causa política sino a toda la corriente adepta a su dogmatismo exacerbado, la posibilidad de pasearse con descarada alevosía por los filos del Código Penal, en desmedro siempre de toda la nación.

Una sociedad que se precie de ser pluralista y moderna no debería envanecerse en los laberintos aciagos e inciertos de ese caudillismo nocivo y anacrónico, menos aún, en los momentos más urgentes de la historia reciente, en los que la imagen de toda la civilización tal como la hemos conocido, ha dejado de girar en torno a las figuras providenciales de un solo hombre para dar paso a la necesaria revolución de los ciudadanos invisibles.

Estamos ante un momento histórico para la humanidad entera, en el que ha quedado por fin en evidencia el ultraje y abuso de una clase dirigente que ha actuado siempre en beneficio propio, olvidando la verdadera esencia de lo que debería ser la política. Fue necesaria la llegada implacable de esta pandemia invisible para entender por fin la dimensión de la debacle a la que nos han tenido sometidos los dueños del país de marras, quienes han sabido capitalizar el silencio de toda una ciudadanía, la cual ha sido lo suficientemente tolerante con los delitos de quienes le han gobernado desde siempre.

Es curioso que todo un país vuelque su mirada sobre un solo hombre, precisamente en esta coyuntura cuando el país requiere de la manera más expedita y eficiente de las reformas que no hemos sabido emprender en doscientos años de vida republicana. Si existe un momento histórico en el que el país debe abandonar de una vez y para siempre el mesianismo absurdo que ha cabalgado por todas las instituciones fundamentales de la sociedad, es éste.

Desempleo que supera el veinte por ciento en una economía al borde del abismo; empresas quebradas y comercios cerrados por la pandemia; asesinatos sistemáticos e incesantes de líderes sociales; cambio climático de un planeta exhausto de darnos sus más dolorosas señales de alerta; familias enteras en situación de riesgo de desnutrición y vulnerabilidad; delincuencia común salida de toda proporción por cuenta de la inequidad y la falta de oportunidades; una juventud desesperanzada y sin futuro; un sistema de salud quebrado por la rapiña imperante de su clase dirigente; un larguísimo etcétera que describe la fatalidad de un país que se cae a pedazos ante la mirada apacible de su propia ciudadanía.

Mientras todo esto sucede, la atención de toda la sociedad, incluyendo entes gubernamentales y medios de comunicación, se posa sobre la figura de un solo ciudadano, olvidando que el futuro del país nunca estuvo ni podría estar jamás sobre los hombros de aquel, ni de ningún otro caudillo.

Es toda la sociedad en su conjunto, sin protagonismos personales individuales, la que está llamada a escribir su propia historia y tomar las riendas de su destino. Pero, para ello, es fundamental entender que no es endosando nuestra capacidad crítica a figuras providenciales, ni entregando a los caudillos oportunistas nuestros deseos de un futuro más promisorio y un país más incluyente la manera cómo podemos lograrlo.

Que sea la oportunidad que nos brinda esta pandemia la que nos permita entender que no existen ciudadanos de primera y segunda clase. Que es pagándoles salarios justos y a tiempo y sin demoras a los médicos que enfrentan la crisis sanitaria y que es mejorando el sistema educativo con cobertura universal para todos los ciudadanos cómo podemos lograr ese objetivo común que es encontrar, por fin, un lugar en esa modernidad que nos ha sido tan esquiva.

Que sea éste el momento de dejar atrás los días en los que, al mejor estilo de una monarquía medieval en pleno siglo XXI, una parte de la sociedad grita eufórica “Dios salve al rey” mientras el país se desmorona frente a nuestros propios ojos.  

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia, Twitter: @MauroPerez82

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