Luego de casi 16 meses de gobierno, Duque no ha leído adecuadamente su realidad política. Esa ausencia de lectura ha ocasionado que los hechos lo desborden desde el momento mismo en que inició su mandato.

Su equivocación más grave surgió de creer que fue elegido con un mandato amplio. Los lectores me dirán que el equivocado soy yo porque evidentemente Duque fue elegido con más de 10 millones de votos, dos millones más que los obtenidos por Petro en la segunda vuelta de la elección presidencial. Matemáticamente eso es cierto, pero políticamente no tanto. Vale la pena ir más atrás y recordar los resultados de la primera vuelta. En ella Gustavo Petro, Sergio Fajardo, Germán Vargas Lleras y Humberto de la Calle nos ofrecieron a los colombianos continuar con la implementación del Acuerdo de Paz y, al menos los tres últimos, plantearon unas propuestas que podrían enmarcarse en el centro del espectro político. Del otro lado, Duque, que venia de ser un senador opositor al Acuerdo de Paz, se caracterizó por proponer reformas sustanciales a éste y por ser mucho más conservador tanto en materia de derechos como en su agenda económica. Así las cosas, quienes compitieron con Duque obtuvieron en conjunto el 58% de los votos, en tanto que aquel alcanzó el 39%. Ninguno de los candidatos que no lograron su paso a la segunda vuelta adhirieron formalmente al hoy Presidente y, por lo tanto, no se presentó un acuerdo programático a pesar de que algunas fuerzas políticas que los respaldaron terminaron votando por él.

Lo que realmente ocurrió en la segunda vuelta es que un segmento importante del centro terminó acompañando a Duque más por temor a Petro que por otra razón. Un dato muy revelador resulta ser el del resultado del plebiscito por la paz: en él, seis millones y medio de Colombianos votaron por el NO, cifra cercana a la obtenida por Duque en la primera vuelta. En ese orden de ideas se podría concluir que el voto duro de derecha es el que está representado en ese 39% que alcanzó el Presidente en la primera vuelta. El resto es de centro y es también de izquierda. A pesar de lo anterior, Duque creyó que su mandato electoral era suficiente como para gobernar solamente con las ideas de su partido -así parezca a veces moderarlas- y con un equipo conformado por personas muy cercanas a Uribe, con gente venida de los gremios y con sus amigos de la época de funcionario del BID en Washington. En ese equipo no solamente no hay conexión con las fuerzas políticas independientes sino que tampoco hay la más mínima sintonía con las fuerzas de oposición y con las organizaciones sociales que cada vez más representan un segmento muy importante de la población. No se trataba de dar mermelada; se trataba de entender que para sacar una agenda de gobierno adelante se requiere tender puentes de diálogo con sectores sociales y políticos que aspiran legítimamente a que las políticas de gobierno les satisfagan expectativas de transformación de sus condiciones de vida. Como bien lo diría en Twitter Alvaro Forero Tascón, “no existe dictadura electoral” y, por lo tanto, en las democracias modernas, es necesario un diálogo permanente entre quienes ganaron las elecciones y quienes las perdieron, entre otras cosas porque la opinión ciudadana va cambiando y el gobernante no puede ser ajeno a esa realidad.

De ahí en adelante, la inmensa mayoría de las actuaciones de Duque han sido una secuencia de equivocaciones. Un mes después de elegido se celebró la consulta anticorrupción que obtuvo un impresionante resultado. Como consecuencia de ese trascendental acontecimiento se atrevió a convocar un gran acuerdo con todas las fuerzas políticas alrededor de una agenda de lucha contra la corrupción y, en lugar de liderarlo y sacarlo adelante, lo abandonó para dedicarse casi de tiempo completo a construir un cerco diplomático para tumbar a Maduro.  Que dicho sea de paso,  fracasó en un concierto musical.

Mientras todo esto ocurría, el Centro Democrático, con el silencio cómplice del gobierno, intentaba sin éxito en el Congreso hacer trizas el acuerdo de paz. 

Luego vinieron las objeciones a la ley estatutaria de la JEP a pesar de que los partidos independientes, los de oposición y la comunidad internacional habían dejado suficientemente claro su apoyo al Acuerdo de Paz y sus instituciones. La Cámara las rechazó en primera instancia y el gobierno, en lugar de retirarlas, las llevó al Senado y se expuso a una nueva derrota como efectivamente ocurrió.

Las elecciones regionales no pudieron hablar más claro: de las cinco ciudades capitales más habitadas de Colombia, cuatro eligieron candidatos alternativos para gobernarlas, incluida Medellín, antiguo bastión del ‘uribismo’. Y eso sin mencionar las ciudades intermedias en las que se registraron fenómenos similares.

Como si lo anterior fuera poco, se vino el paro del 21 de noviembre que registró una de las movilizaciones más grandes y más continuadas de la historia reciente. Si los funcionarios del gobierno y los dirigentes del Centro Democrático pensaron que se trataba de los mamertos de siempre en las calles, los cacerolazos nocturnos que se extendieron desde el sur de la capital hasta el norte de la misma ,pasando por todos los estratos sociales, debieron dejarles claro que la inconformidad es generalizada.

Cuando escribo estas líneas, han transcurrido dos días desde que el Presidente anunció lo que él denominó una “Conversación”. Empezó con los gobernadores y alcaldes electos y, a la salida la alcaldesa electa de Bogotá, contó que, en el encuentro, ella le dejó claro que los ciudadanos que participaron de las movilizaciones están representados por las organizaciones que las convocaron. Palabras más, palabras menos, y tomándome cierta licencia para interpretarla, le quiso decir que lo lógico es empezar convocando al diálogo a quienes promovieron la protesta y concertar con ellos la agenda en lugar de imponerla.  También se supo que, en las últimas horas, el Presidente firmó un decreto mediante el cual creó un holding financiero estatal a pesar de que la oposición al mismo constituyó un punto del pliego elaborado por las organizaciones sindicales que participaron de la protesta.

Resulta increíble que Duque luego de constatar que la inmensa mayoría de los manifestantes expresaron su apoyo al Acuerdo de Paz incluya entre los temas de su propuesta de agenda uno que él denomina “paz con legalidad” . En esa materia lo que se pide es la implementación integral del Acuerdo de Paz, que es legal, y que, por disposición constitucional, es una obligación para todas las instituciones.

Si Duque no lee adecuadamente su realidad política, no hay manera de que se pueda dar un redireccionamiento de su gobierno. Moverse al centro no es una opción; es la única opción. De lo contrario, su gobierno seguirá en una sin salida. Hacerlo no significa dar mermelada; significa entender que los jóvenes están jugando un papel trascendental en la vida política y social, significa entender que la mayoría de los ciudadanos están ubicados en el centro del espectro ideológico y que no todos los que están en las calles lo están porque sigan orientaciones de Gustavo Petro. 

* Guillermo Rivera, ex ministro del interior, ex representante a la Cámara

2 COMENTARIOS

  1. Muy bueno el artículo de Guillermo Rivera. Ponderado y bien fundamentado. Lo cierra con consideración hacia el presidente pero, hay que decirlo: tal y como se han venido desarrollando los hechos, me temo que ya ni siquiera un timonazo brusco hacia el centro lograría relegitimar y en consecuencia estabilizar el gobierno. Por ejemplo, no es sino caer en cuenta que el haber ratificado a P Santos en la embajada, nuevamente le dio oxígeno fresco a Maduro. De pronto hasta Guaidó se está arrepintiendo de haberse apoyado tanto en Duque y C H Trujillo, es decir en el gobierno colombiano actual.

  2. El Presidente Duque le presentó al electorado un programa de gobierno. Quienes votamos por él, aceptamos ese programa. Quienes no votaron por él nada tienen que reclamar. Por lo tanto, con ese programa se gobierna, así no le guste a la oposición. Pueden llorar !!

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