EEUU y Colombia, dos miradas diferentes de la ética política

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Sacado de Confidencial Colombia

Es usual que la más alta esfera política colombiana y funcionarios del Estado aparezcan compartiendo con criminales, narcotraficantes y, en general, todo ese podrido entramado compuesto por las mafias regionales.

Sacado de Confidencial Colombia

La política exterior de los Estados Unidos es la más clara expresión del realismo como teoría de las relaciones internacionales y América Latina ha sido víctima de ese ejercicio. Basta solo con recordar la invasión a Panamá, Granada, los golpes de Estado en Guatemala y Chile, la operación Cóndor, entre muchos casos. Desde Washington, la arena internacional es concebida como una política de fuerza por lo que la moral jamás ha sido la hoja de ruta que demarca su accionar en el planeta.

Sin embargo, cuando el análisis del país se hace desde la perspectiva endógena, la admiración se erige como la principal expresión hacía una política que, aunque no está libre de corrupción, casi siempre ha marcado una línea infranqueable con las fuerzas mafiosas.

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En el espectro norteamericano, hay un verdadero caleidoscopio de perfiles políticos. Encontramos personajes poco inteligentes como Bush hijo, nada informados como Reagan, hasta el acosador Clinton y, en la actualidad, a Mitch McConnell, caracterizado por un frenético desespero por el poder. Otros irresponsables como DeSantis, a quien la ciencia le importa un bledo y su obsesión por controvertir las medidas contra el covid han convertido a Florida en el principal foco de contagio del país, a quien se suma Greg Abbott, gobernador de Texas, que prohíbe a los gobiernos locales implementar medidas de contención a la pandemia. Hay hasta algunas muy macondianas como Kristi Noel gobernadora de Dakota del Sur, quien dio la bienvenida a centenares de miles de parranderos al Sturgis Motorcycle Rally que, por cierto, el año pasado fue un evento mega-esparcidor del virus.

Sin embargo, con excepción de Trump, ningún político de relevancia nacional, aparecerá en fotos compartiendo en fiestas o cocteles con narcotraficantes o miembros de la mafia. Inclusive, cuando una familia ha hecho su fortuna con actividades poco legales como los Kennedy, vinculados al contrabando de alcohol en la época de la prohibición, dedican mucho esfuerzo en borrar esa historia y en crear una historia alternativa de legalidad ejemplar, con el propósito de entrar en la política.

Colombia está en la otra orilla. No solo hablamos de un país tradicionalmente corrupto, ubicado en la tabla media de Transparencia Internacional, en el cual los escándalos como Reficar, la diversa gama de “carteles”, y por supuesto, el más reciente de los 70 mil millones, hacen parte del escenario diario. No obstante, es la única “democracia” del planeta en la que se “normalizó” la alianza entre las mafias y los partidos políticos.

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Es usual que la más alta esfera política colombiana y funcionarios del Estado aparezcan compartiendo con criminales, narcotraficantes y, en general, todo ese podrido entramado compuesto por las mafias regionales. Igualmente, en la escena nacional, se volvió “normal” que los abogados defiendan con la misma vehemencia a un narcotraficante y paramilitar que a un expresidente. Quizás por ello los vínculos de Juan Guaidó, autoproclamado presidente venezolano, con la banda Los Rastrojos no fueron investigados por las autoridades colombianas y el peor presidente de la historia de los Estados Unidos tuvo la osadía de llevarlo al solemne discurso de la Unión, irrespetando al congreso en pleno.

Aunque entre Estados Unidos y Colombia se tejió un “cordón umbilical” desde la promulgación de la Doctrina Suárez o respice polum, la coyuntura actual demuestra que poco o nada aprendimos de las distintas dinámicas políticas de la potencia continental. Por una parte, en el plano internacional, el ejercicio de la política exterior del gobierno de Duque se circunscribe burdamente a los intereses de su partido. Por otra, en el plano interno, el andamiaje de su gobierno se cimentó sobre pilares de barro y, por ello, la credibilidad del mandatario y su equipo son cada vez más insostenibles.

Sin duda, los audios y las fotos con personajes del mundo criminal se enclavaron como un palo en la rueda del mandatario. Una lección que no aprendió del universo político de los Estados Unidos plagado de todo tipo de personajes, pero en el que ninguno se abraza y brinda con mafiosos públicamente. Lamentablemente, es una mirada sobre la ética política contraria a la estadounidense, cuyas consecuencias sufrimos y pagamos todos los colombianos.

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*Héctor Galeano David, analista internacional. @hectorjgaleanod

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