“A pesar de que Bolsonaro lo niegue, la selva tiene un valor incalculable para la humanidad por tres buenos motivos.”

Parque Nacional Natural de la Serranía de Chiribiquete, parte de la Amazonia colombiana. Fuente: Parques Nacionales Naturales de Colombia

El pasado 24 de septiembre Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, aseveró que “es una falacia decir que la Amazonía es patrimonio de la humanidad”, y que es “erróneo, como dicen los científicos, que nuestro bosque es el pulmón del mundo”. Esa declaración parece salida del Twitter de Bolsonaro por lo controversial y engañosa. Pero no, el mandatario la proclamó frente al órgano más multilateral de la institución más internacional del planeta: la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Por una parte, Bolsonaro tiene razón: el Amazonas no es ningún pulmón del planeta. Pero su intención era más bien desacreditar la errada analogía desde una posición contestataria y anticientífica; muchos expertos y conocedores de la Amazonía comprenden que su importancia no radica en la producción de oxígeno. 

Por otra parte, cuando sentencia que no es patrimonio de la humanidad se sitúa en un terreno ambiguo para su conveniencia. Claro, desde el punto de vista geográfico, político y de soberanía, la selva es de responsabilidad exclusiva de los países que la albergan, pero los ecosistemas son indiferentes a las fronteras internacionales y, por el contrario, interactúan de múltiples formas con el resto del planeta, como se ve, por ejemplo, en este video

Contrario a lo que dice Bolsonaro, el Amazonas es patrimonio de la humanidad por tres grandes motivos.

Ciclo del agua sudamericano

Lo primero a mencionar es que la Amazonía es el bosque tropical más extenso del mundo: de acuerdo con la Organización para el Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA), la selva se explaya sobre 7.413.827 km², poco más de tres cuartas partes del área de China, repartidos en nueve países, donde Brasil cuenta con la mayor porción, y, a pesar de solo ocupar entre el 4 y 6% de la superficie terrestre, representa más de la mitad de los bosques tropicales húmedos del mundo.   

El tamaño de la selva se acompaña con las descomunales proporciones de su principal curso fluvial: el río Amazonas. La cuenca hidrográfica del río es la mayor del mundo, al ocupar casi la extensión de la propia selva, y aporta entre el 15 y 16% del agua dulce descargada a los océanos del mundo.

Únicamente el caudal medio del río es de 225.000 m3/s, lo suficiente para satisfacer en solo dos horas las necesidades hídricas de los siete y medio millones de residentes de la ciudad de Nueva York por todo un año, según cifras del Foro Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés).

Desembocadura del río Amazonas desde el espacio. Fuente: Agente Espacial Europea

Pero, más allá de la cantidad de agua transportada, es importante entender el ciclo que alimenta la cuenca amazónica y su relevancia para Sudamérica. Gracias al tamaño de la selva, la evapotranspiración -fenómeno de pérdida de humedad superficial por evaporación y transpiración de las plantas- convierte una enorme cantidad de agua líquida al estado gaseoso. Esta humedad sobre la selva influye en el régimen de lluvias de la región.

En 1979, el científico brasileño Eneas Salati demostró que la Amazonía produce cerca de la mitad de su propia lluvia al reciclar la humedad de cinco a seis veces a medida que las masas de aire se desplazan del Océano Atlántico a la cordillera de los Andes.

El Amazonas también “contribuye a la lluvia invernal en partes de la cuenca del Plata, especialmente en el sur de Paraguay, sur de Brasil, Uruguay y el centro-este de Argentina”, señalan los investigadores Thomas Lovejoy y Carlos Nobre en un artículo de 2018 de la revista Science Advances. Si Argentina ha sido un fuerte exportador de granos y carne se lo debe, en parte, al suministro hídrico propiciado por el Amazonas.

Los autores agregan que la selva mantiene una tasa de evapotranspiración constante a lo largo del año, mientras que los pastizales, el tipo de vegetación surgida luego de deforestar, poseen una tasa de evapotranspiración “drásticamente más baja en la estación seca”.

Como consecuencia, los períodos secos podrían ser más largos a medida que se deforesta la selva; de hecho, según los investigadores, las sequías de 2005, 2010 y 2015-2016 podrían ser las primeras manifestaciones de este fenómeno.

Las sequías frecuentes sumarían más inestabilidad a la ya maltrecha economía argentina, aún tan dependiente de la producción de granos. De continuar la deforestación junto con los efectos del cambio climático, no son alentadores los años venideros en el sector agroindustrial de ese país.

Plantaciones de maíz afectadas por la sequía del año pasado en Argentina. Fuente: Reuters

Biodiversidad 

Es importante destacar que la selva no es un área uniforme y monótona llena de árboles, como solemos imaginar. Todo lo contrario: “se compone de más de 600 tipos diferentes de hábitats terrestres y de agua dulce, desde pantanos hasta praderas y bosques montanos y de tierras bajas”, indica la WWF. 

Tal variedad de hábitats se traduce en una heterogeneidad de organismos: en sólo 6% de la superficie continental se concentra el 25% de la biodiversidad terrestre y la mayor cantidad de especies de peces de agua dulce, según cifras del Banco Mundial. Incluso en la Amazonía hay especies endémicas (especies exclusivas de una zona particular). Los taxónomos siempre tienen trabajo asegurado al interior de la selva.    

Pez paiche, típico de la Amazonía peruana. Fuente: Inforegión

No obstante, esta biodiversidad “transforma al medio en uno de los más complejos y frágiles, en tanto se trata de un sinnúmero de nichos [ecológicos] con un relativamente reducido número de individuos de una misma especie”, señala la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés).

Es decir, hay una miríada de especies, interrelacionadas de manera compleja, pero muchas cuentan con pocos individuos; de ahí su debilidad para afrontar los cambios abruptos que están sucediendo en sus hábitats. Si una especie está en peligro de extinción pone en riesgo la supervivencia de las otras especies con las que se relaciona.

Las amenazas son tantas y el ritmo al que ocurren es tan rápido que el ecosistema selvático no reacciona con la velocidad suficiente para contrarrestar los efectos y asegurar su equilibrio natural.   

Es importante entender que el banco genético existente en el Amazonas representa un sinfín de “soluciones para un conjunto de desafíos biológicos, y cualquiera de ellas tiene un potencial transformador y podría generar beneficios para los seres humanos en todo el mundo. Esta abundante diversidad de especies representa muchas oportunidades, esperando ser descubiertas”, explica el científico Lovejoy.    

Por ejemplo, las hormigas podadoras “recopilan hojas para usarlas como abono de sus cultivos de hongos, evitando de manera deliberada aquellas con fungicidas naturales. Estudiar las especies que ellas evitan podría ser un método rápido para identificar nuevos fungicidas naturales”, agrega el investigador. Reemplazar los fungicidas artificiales por naturales supondría evitar la contaminación de los suelos de los cultivos con sustancias tóxicas, un producto de interés para los países agrícolas.  

Hormiga podadora. Fuente: Thomas Bochynek/AFP

En otras palabras, el Amazonas es un enorme laboratorio que puede suministrar todo tipo de soluciones relevantes y sostenibles para los desafíos que enfrenta la humanidad.

En una entrevista para el diario español El País, el biólogo Manuel Quirós Galdón expresó: “la captura de dióxido de carbono (…) generar calor en las casas, distribuir agua, construir materiales resistentes, elásticos, producir pegamentos, circunnavegar, generar colores…todo eso ya lo ha hecho la naturaleza hace mucho tiempo, pero de modo sostenible y regenerativo, sin alterar el ecosistema del que depende y siendo generosa con los vecinos”. Ese es el enorme potencial escondido en la biodiversidad, a la espera de ser descubierto. 

La disminución de la biodiversidad en el Amazonas implica la pérdida de oportunidades tecnológicas para hacer de nuestro entorno un lugar más saludable y sostenible, justamente lo que más urgimos en momentos de degradación ecológica.  

Multiculturalidad y saber indígena

Se calcula que los primeros humanos llegaron a la Amazonia hace alrededor de diez mil años. Gracias a la espesura de la selva, los asentamientos humanos en esta región se mantuvieron aislados, incluso del vecino Imperio Inca. 

Cuando el explorador español Francisco de Orellana llegó a la región amazónica en 1542 se estima que había entre 8 millones y 10 millones de habitantes; después de casi cinco siglos, el número se redujo a aproximadamente un millón de indígenas, agrupados en 420 etnias que hablan 86 lenguas y 650 dialectos, de acuerdo con cifras del Banco Mundial y la OTCA. Con una desaparición del 90% de su población original, la pérdida multicultural es incalculable. De ahí la relevancia de proteger los pueblos existentes.  

La selva amazónica es tan grande y tupida que ha permitido, en pleno siglo XXI, la existencia de comunidades aisladas en su interior que viven de la caza y el cultivo rudimentario. La OTCA estima que al menos 60 pueblos viven sin contacto alguno del exterior en toda la región; solo en Perú se calcula que viven unos 8.000 mil indígenas aislados, según la antropóloga Beatriz Huertas, autora del libro Los pueblos indígenas en aislamiento. Las costumbres de estas comunidades son lo más cercano en la actualidad a los modos de vida de hace 10 mil años en el Amazonas

Integrantes de una tribu aislada en Brasil asustados por la presencia del helicóptero desde donde se tomó esta imagen. Fuente: Ricardo Stuckert

Desgraciadamente, a medida que avanza la deforestación -para desarrollar proyectos agrícolas, petroleros o mineros- estas poblaciones se ven forzadas a salir de sus territorios y, por lo tanto, a entrar en contacto con personas del exterior.

Esto supone un riesgo para su bienestar: primero, por los posibles encuentros violentos con los foráneos; y segundo, porque se exponen a enfermedades contra las que no han desarrollado defensas. Toda una tribu puede morir de una simple gripe.

La protección que brindó la selva durante 100 siglos -incluso durante los últimos cinco de homogeneizante modernidad- a múltiples comunidades hoy es frágil; desde Brasilia se favorecen los proyectos industriales por sobre los resguardos indígenas.  En la Amazonía, el peligro de extinción lo sufren tanto las especies como culturas enteras. 

Pero el valor cultural no el único motivo para proteger y conservar las comunidades indígenas. El informe de 2019 de la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES, por sus siglas en inglés) señala que la degradación ecológica es menos severa en áreas mantenidas o administradas por pueblos indígenas y comunidades locales. 

En el caso de las comunidades indígenas ya contactadas aprender de ellas representa una enorme oportunidad: estos pueblos “tienen conocimientos extraordinarios sobre los animales y las plantas locales y han logrado notables resultados a lo largo de milenios en el desarrollo de diferentes maneras de beneficiarse de los bosques”, expone Lovejoy. 

Fuente: Gerardo Segura Warnholtz/PROFOR

Martin von Hildebrand, fundador y presidente de la ONG Gaia Amazonas y quien ha estudiado y convivido con comunidades indígenas de la Amazonia colombiana durante 45 años, agrega que “aprender lo que los pueblos indígenas han practicado a lo largo de los años puede ayudar a transformar los paradigmas de desarrollo. Respetar los valores, pensamientos y conocimientos indígenas y reconocer su visión holística pueden ayudar a proteger la región amazónica”.  

La cooperación -en vez de la confrontación-, el respeto y la protección, tanto para comunidades aisladas como para las abiertas al mundo, constituyen la mejor estrategia a largo plazo. De dicha estrategia pueden surgir muchos aspectos positivos: una conservación más robusta, el reconocimiento de derechos para los pueblos indígenas, el mejoramiento del acceso a conocimientos sobre biodiversidad e ideas para impulsar la bioeconomía, por mencionar solo algunos.       

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Parece casi una bendición que el Amazonas se hubiera localizado lejos de los antiguos polos industriales. ¿Qué hubiera ocurrido con la selva mientras Alemania, Francia e Inglaterra experimentaban la Revolución Industrial? ¿Cuál habría sido su estado luego de dos horrendas Guerras Mundiales? ¿Existiría siquiera? Pero lo que fue una bendición, ahora le juega en contra: los países actuales que la dividen poseen economías emergentes y desean alcanzar un desarrollo económico pleno.

Deforestación conocida como “espina de pescado”, Se abre un camino central desde donde se derivan nuevos caminos para avanzar en la tala. Fuente: Google Earth

Se puede entender la frustración de estos países menos aventajados en relación con las antiguas potencias industriales: ellas degradaron sus entornos en la Revolución Industrial y ahora les exigen conservar territorios ajenos, sin mencionar que los países desarrollados se benefician de muchas de las materias primas extraídas en las economías emergentes. Un gran doble rasero. 

Aun así, no se puede comparar el conocimiento de hace dos siglos sobre los ecosistemas con el actual. Es ahí donde radica la diferencia que obliga a la humanidad a actuar. Pero muchos líderes mundiales, de momento, optan por relegar el conocimiento o sencillamente ignorarlo.

Bolsonaro es polémico al rebajar la importancia del Amazonas a asuntos nacionales. Sin embargo, así como los ecosistemas no entienden de fronteras y soberanías, los efectos colaterales, producto de su destrucción, tampoco.

Leonardo Chacón, periodista ambiental. Linkedin

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