El cambio es feminista: más allá del género

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El machismo, que es la ideología de la sociedad patriarcal contemporánea, será superado, cuando el feminismo vuelva a entenderse como una revolución y no como una nueva inquisición.

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El feminismo no nació de un divorcio en malos términos, tampoco es una lucha de las mujeres contra los hombres, ni mucho menos una cruzada contra las relaciones heterosexuales. El retorno a un matriarcado primitivo, tampoco es la cuestión, el programa, ni el desafío del feminismo. El feminismo surgió como una lucha antipatriarcal y anticapitalista por la emancipación social y política de las mujeres.

La descendencia de la línea materna era propia de antepasados tribales, y correspondía a comunidades de trabajo colectivo y matrimonio en grupo. De los hijos se sabía quién era la madre pero no se sabía con certeza quién era el padre, y la poliandria, la consecución de pareja por fuera de la tribu, parece rara en las comunidades que, en su mayoría, se supone eran endógamas. Se dice que para evitar el rapto de mujeres, en eventos casuales o de guerra, las tribus reducían su proporción sacrificando niñas al nacer; lo que paradójicamente acrecentó el rol social, reproductivo y económico de las escasas mujeres en la tribu.

El matriarcado fue entonces la premisa histórica del patriarcado, y el estereotipo del hombre machista aparece en la sociedad contemporánea, como consecuencia, y no como premisa de este último. El desarrollo de las herramientas de trabajo, de las técnicas de producción, de recolección y de preservación de alimentos, así como la domesticación de animales y, seguramente, las guerras  por la disputa de recursos, de territorios y de mujeres, provocó la división social del trabajo, y con ella “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, como lo demostró Federico Engels en 1884.

La división social del trabajo entre mujeres y hombres, base de la monogamia y el matrimonio heterosexual amparado en la escritura y la exégesis bíblica, creó las condiciones para la descendencia por línea paterna de los hijos, a lo que contribuyó la santísima trinidad, concebida en carácteres masculinos y sagrados.

A la madre de Cristo se le perdonó el concebir sin pecar, pero el resto de las mujeres que pecaban sin concebir o concibiendo, terminaron pagando para siempre los platos rotos del mito machista del pecado original.  Esa especie de cohecho de uno solo.

El “género” comenzó a configurar el espacio privado y el espacio público de la sociedad: «El mundo del hombre es la calle, y el de la mujer la casa», era un mandato incuestionado. No se trataba, desde luego, de una sentencia judicial, sino de algo, tal vez, más acatado, respetuoso y peligroso: se trataba de una concepción parroquial.  

La sociedad patriarcal no funcionaba como un Estado, mucho menos, como una Democracia, sino, más bien, como una Monarquía, como una Iglesia; es decir, como una inquisición; esa especie de concubinato de sotana, de tipos chismosos, de verdugos paranoicos y torturadores peligrosos.  

La ideología del patriarcado occidental que era el cristianismo, ha pretendido ser cambiada por el síndrome del machismo. Basado en el mito de la superioridad masculina, y en la fetichización de la mujer concebida como una propiedad, como un objeto, el machismo se volvió una forma de supremacismo heterosexual y comenzó a ser relacionado con un conjunto de prácticas y estereotipos de carácter narcisista, discriminatorio y violento; que cierta y lentamente han ido cambiando: al machista se le considera distanciado de la crianza de los hijos, de las labores del hogar, se le considera vertical y agresivo en sus relaciones privadas y familiares, y posa de una activa y, muchas veces, promiscua actividad sexual con las mujeres.      

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El patriarcado, por su parte, se define como una forma de dominación basada en una división social e histórica del trabajo, que subordina, discrimina e invisibiliza a las mujeres sobre todo en el mundo de la política y del trabajo. Pero del machismo y el patriarcado no solo son víctimas las mujeres, como se cree, ya que ambas son formas, junto al racismo, de discriminación y de dominación de clase. Ampliamente conocido en el espacio privado, el machismo tiende a desconocércele en el espacio público. La agresividad machista – la que pulula en los batallones del ejército, en las cárceles, en las estaciones de policía y en los CAI; la que pulula en el ESMAD y se aplica al pueblo en las manifestaciones sociales contra el gobierno; la que pulula en la escuela, en el estadio, en el transporte público y en la calle; la que pulula en las iglesias góticas y de garaje, la que pulula en el hogar; patea con recurrencia, no solo a las mujeres, los niños y las niñas, también lo hace con contundencia cuando se trata de los hombres. Como escribía el filósofo Pascal Bruckner (2020), el machismo es otra «[…] forma de opresión del hombre por el hombre». 

El patriarcado es la secuela anacrónica de un proyecto de modernidad en crisis. De las grandes revoluciones de la historia, ni las campesinas, ni las burguesas, ni las proletarias, ni las tecnológicas, lograron llevar a término los propósitos de igualdad, de libertad y de fraternidad enarbolados en la Francia de 1789, en la Rusia de 1917 y en la Europa de 1968.

Las décadas de 1960 y 1970 universalizaron desde Europa oriental y occidental la causa feminista a través de las reivindicaciones antaño logradas o recientemente conquistadas. Las mujeres obtuvieron acceso a la educación superior, el derecho a votar, al trabajo, al aborto y al control de la fecundidad; obtuvieron el derecho a escoger marido, y a divorciarse cuando el amor se agota y en prisión se convierte. La emancipación de la tutela marital, y el hecho de poder abrir una cuenta bancaria a su nombre, fueron otros logros reconocidos y celebrados.

No obstante, el feminismo contemporáneo, confuso y difuso, no parece responder ya a los problemas universales e inconclusos que planteó la modernidad. Mucho menos a la máxima formulada por el fundador del concepto Charles Fourier (1772-1837): «El termómetro de la libertad de una sociedad – decía el feminista y socialista utópico francés -, es el grado de igualdad de derechos entre el hombre y la mujer ».

La causa de la crisis del feminismo actual, aunque en Colombia y América Latnia se percibe con fuerza su renacer, no es ajena a la crisis de la izquierda, del socialismo y de la socialdemocracia mundial, y no se sintetiza en los agarrones de las feministas de izquierda francesas con las feministas de derecha norteamericanas, sino que se resume, más bien, en una de las tiras de Joaquín Salvador Lavado (Quino): «Cuando habíamos encontrado las respuestas a los problemas del mundo, nos cambiaron las preguntas», dijo una Mafalda desconcertada.

El culturalismo posmoderno, como moneda de amplia circulación, se erigió como reemplazo de los grandes relatos de la historia, relatos que se basaban en la repudiada por las élites mundiales, lucha de clases. Es ese mismo culturalismo el que ha reformulado en tono anglosajón las nuevas preguntas, y el que ha incidido en los cambios del carácter social y político del feminismo.

En el mundo del Fin de la historia de Francis Fukuyama (1992), y del Choque de civilizaciones de Samuel Huntington (1997), los problemas de los pueblos ya no parecen ser los que atañen la igualdad, la libertad y la fraternidad. Se trata de La modernidad líquida de Zygmunt Bauman (2003), del mundo donde todo fluye y todo se diluye; entre otros, el individuo, el estado, las clases y la lucha de clases; la raza, el género y la identidad, y, desde luego, los proyectos de emancipación social. He ahí las nuevas cuestiones sociales y políticas de la agenda globalista, he ahí el desafio del movimiento feminista.

La argucia reaccionaria y conservadora de atacar los efectos sin tocar las causas, parece ser la línea del neofeminismo norteamericano y europeo. Los delitos sexuales contra las mujeres, contra los hombres, contra los niños y las niñas, incrementados por la creciente pobreza y desigualdad global, deben ser denunciados, repudiados y castigados por el estado. No obstante, denunciar a machistas y abusadores, pero no a la sociedad ultraconservadora, capitalista y patriarcal que los reproduce, genera suspicacias.

Más que inspirados en las luchas feministas, esos movimientos parecen enclaustrados en guerras personales contra los machistas. De progresista, el neofeminismo parece haberse vuelto penalista, y la idea política del progreso ya no trasciende la máxima jurídica del proceso. Pero, a pesar de todo, mientras las feministas francesas denunciaban por mojigato el movimiento norteamericano del Me too, Un violador en tu camino – la coreografía de las feministas del cono sur latinoamericano -, se bailaba y se coreaba en todo el mundo aclarando la cosa, y reclamando con lucidez al estado: el violador eres tú. 

«El machismo – escribió el poeta colombiano Luis Vidales  (1904-1990) -, empezó cuando inventaron que Dios era hombre». La cuestión femenina – siguiendo ese relato -, no consistiría, entonces, en cambiar el género de Dios, sino, por el contrario, en emancipar a Dios de todo género.

No hay que olvidar que el feminismo en sus origenes era, y todavía lo sigue siendo, de izquierda y progresista, y se inscribía en el torrente de luchas sociales contra la esclavitud asalariada del capitalismo: “Quien es feminista y no es de izquierdas – escribió la lider polaca Rosa Luxemburgo (1871-1919) -, carece de estrategia. Quien es de izquierdas y no es feminista, carace de profundidad”.  Esa podría ser la clave de la crisis del feminismo actual: una falta de estrategia y una carencia de profundidad.

El feminismo – como se dijo al comienzo -, no nació como una lucha contra los hombres ni como una cruzada contra la heterosexualidad. El machismo, que es la ideología de la sociedad patriarcal contemporánea, será superado, cuando el feminismo vuelva a entenderse como una revolución y no como una nueva inquisición. El machismo será superado, no en la medida en que se meta a los machistas a la cárcel, sino en la medida en que las mujeres conquisten de la mano, con todos los hombres, la igualdad de derechos. Como lo sentenció la escritora y filósofa francesa Simone de Beauvoir (1908-1986): “El feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”. El feminismo está llamado, entonces, a desempolvar sus viejas banderas, pero no para quemarlas, si no para izarlas más alto, en un nuevo pedestal, más allá del género.

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*León Arled Flórez, historiador colombo-canadiense.

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