El supuesto conejo al resultado del plebiscito con el que calificaron numerosos partidarios del NO el proceso de negociación que llevó a la firma del Acuerdo del Teatro Colón volvió a salir del sombrero para estar en el trasfondo del debate generado a raíz de las objeciones presidenciales a la ley estatutaria de la JEP.

No sorprende que se haya convertido en un caballito de batalla de varios de los voceros del Centro Democrático que ahora se presentan como adalides de la democracia. Suena contundente y ha mostrado eficiencia en la lógica de deslegitimar los acuerdos y justificar todo lo que pretenda destrozarlos.

Pero la cacareada indignación es tan efectista como injustificada. Los voceros del NO sostuvieron a lo largo de la toda la campaña del plebiscito que su objetivo era mejorar los acuerdos y en ningún momento acabar con ellos. Así lo reiteró el Canciller Carlos Holmes Trujillo, uno de ellos, este martes 26 de marzo en la Comisión Segunda del Senado de la República en un debate sobre la política de paz del Gobierno Duque. Agregó que éste sigue siendo su propósito.

Seguramente hubo algunos extremistas que, después de la estrecha victoria del NO en el plebiscito de 2016, pretendían que las FARC regresaran al monte y continuara una confrontación que permitiera acabar con esta guerrilla en una o dos décadas. Pero nunca se atrevieron a decirlo en público.

Los negociadores sostenían que el acuerdo logrado y suscrito en Cartagena era el mejor acuerdo posible.  Ante el resultado del plebiscito, en la lógica de buscar un mejor texto, se llegó a uno nuevo que incorporó un gran número de las propuestas del NO, pero debía seguir sustentado en los pilares de esta negociación y de muchas que en el mundo vendrán en adelante: la justicia transicional y la participación política, además de la reparación a las víctimas.

La cárcel y la marginación de la participación en política de los miembros de la cúpula de las FARC fue lo que el “uribismo” exigió. Estas exigencias no estaban dirigidas a mejorar el acuerdo. Más bien, implicaban destrozar lo construido, hacerlo trizas.

El nuevo acuerdo cumplió las exigencias del “pastranismo”. Así se lo habría señalado Camilo Gómez a Frank Pearl en reunión con Andrés Pastrana en la que este último no lo habría querido reconocer por motivos electorales, según afirma Enrique Santos en sus memorias. Por más que sea incoherente y contradictorio con su frustrado empeño gubernamental, en su lógica, Pastrana tuvo razón. Hizo parte de una coalición ganadora y puso a la Vicepresidenta, quien incluso hubiera podido ser la Presidenta. ¿El conejo no estará, más bien, en anteponer intereses electoreros a la paz con la que, como candidato, Pastrana ilusionó al país para llegar a la Presidencia de la República y a la cual nunca pudo acercarse?

La profunda división en el país persiste y el conejo imaginario sigue brincando de debate en debate. Pero el acuerdo logrado obedeció a las propuestas de las campañas y protegió el interés superior de la paz. ¿Será que quienes se sienten “conejeados” consideran que el regreso a la guerra con las FARC era la manera de honrar la voluntad por ellos expresada en las urnas? Quiero creer que no.

Juan Manuel Osorio, abogado experto en derechos humanos

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