El virus ha puesto en evidencia cómo los Uribes y los Duques son abierta y osadamente antipopulares.

Antes que nada, quisiera enviar un saludo y un agradecimiento a todo el personal de salud y similares, que están poniendo el pecho en este complicado momento. Dadas las características del desahuciado sistema de salud colombiano, es aún más heroica su labor. A ellos y ellas, que son personas de carne y hueso, con temores, aspiraciones y familias, gracias totales.

Ahora bien, como ya todos saben, el coronavirus representa una amenaza para los sistemas de salud de la mayoría de los países del mundo, aunque su tasa de mortalidad sea bastante baja en comparación con otras enfermedades. Esto provocó (y aún provoca) que no pocos incrédulos se pregunten por qué, en muchos lugares, el mundo tiende a la paranoia colectiva y, cada día más, se asemeje a una película de Hollywood. Si bien la capacidad de propagación del virus y el hecho de que, a causa de él, mueran miles de personas de los “países del primer” mundo es un factor importante, el otro tiene que ver con algo poco nombrado en los análisis al
respecto: el capitalismo.

No es de menospreciar el hecho de que el surgimiento de un nuevo virus frente al cual el ser humano no cuenta con una cura alguna ocasione que, en muchos casos, el personal de salud deba de improvisar sobre la marcha, al tiempo que miles de grupos de investigación alrededor del mundo intentan desarrollar a la mayor brevedad un medicamento que sea efectivo. Aunque esta situación ya se define como fuera de lo normal, el Covid-19 ha señalado rápidamente el fracaso social que supone el capitalismo y, su faceta más radical, el neoliberalismo.

El neoliberalismo expresa la forma más agresiva del capitalismo y representa el proceso de economización de todas las esferas de la vida humana. Todo es susceptible de ser convertido en negocio y de obtener una ganancia a partir de ello. La salud no es una excepción y deja de ser un derecho humano para convertirse en un bien de consumo, como si de tomarse una cerveza en el bar de moda se tratara. La salud sólo puede ser comprada por aquel que tenga el dinero suficiente para hacerlo. Lo anterior significa que no es necesario pensar en las necesidades del grueso de la población, sino solo en un estimado de cuántas personas deberían poder acceder al servicio.

En Colombia, el proceso de desmantelamiento de la salud pública inició en los años 90 con la conocida ley 100 de 1993, cuyo ponente fue Álvaro Uribe. Con el pasar de los tiempos, el sistema de salud colombiano ha sufrido grandes golpes por parte de los diferentes gobiernos con una tendencia antipopular; el primer gobierno uribista entre 2002-2010 estuvo concentrado en la pauperización de la calidad de vida de los colombianos. En cuanto a la salud, como en otras esferas de la vida, el gobierno uribista representó un detrimento inmedible. Este detrimento en la salud se conoce en Colombia desde hace mucho tiempo por medio de citas médicas a tres meses de espera, hacinamiento en las clínicas y los hospitales, baja calidad en la atención, las privatizaciones y en proliferación de un sinnúmero de planes para medicina preparada.

El Covid-19 ha desdibujado el fracaso social que supone el capitalismo. No sólo en Colombia, donde sus consecuencias aún están por verse, sino también en Europa, donde Italia y España luchan contra el virus en un sistema de salud, golpeado miles de veces por las privatizaciones y la corrupción. El virus ha puesto en evidencia cómo los Uribes y los Duques son abierta y osadamente antipopulares.

La actual situación puede y debe convertirse en un punto de inflexión en la lucha democrática por una mejor calidad de vida. No creo que represente el fin del capitalismo, como lo vaticinó recientemente Slavoj Žižek, pero si debe ser un punto de partida de la lucha política por superar, de una vez por todas, el otro virus, que en Colombia es encarnado por el uribismo.

Juan Camillo Castillo, M. A. Philosophie.Ph. D. Student Universität Leipzig, @bi_bitte

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