El desvare

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Esta semana, publicamos en La Línea del Medio una crónica del padre Ubaldo Díaz en homenaje a Misael Payares del sur de Bolívar. Se titula “El último líder social” y la puede leer aquí. Recibimos este comentario de un lector cuyo nombre omitimos por razones de seguridad.

Excelente historia. Me hizo revivir mis 12 años recorriendo el sur de Bolívar desde el 2000 al 2012. Conocí a muchos de los protagonistas de esa historia, casi estuve presente el día del desalojo donde participó un amigo policía y me recomendó no llegar a la zona; fue cuando decidí quedarme ese día en El Peñón. Tanta injusticia escuché en mis recorridos por la zona y tanta gente humilde, indefensa e inocente perdió la vida a manos del grupo paramilitar de la zona comandado por alias “Macacán”.

Todavía parece que fuera ayer cuando lo conocí en la vía que conduce de Castañal a Buenos Aires. Me dirigía precisamente a dictar una charla a los habitantes de Buenos Aires para informarles a cerca de la decisión tomada por la otrora empresa Electrocista de suspenderles el servicio de energía a todo el caserío por la falta de pago. En mi recorrido por el caño de Papayal y entrando a la ciénaga de Papayal, quedamos encayados en una pequeña embarcación en la que me movilizaba, en medio de la aguas bajas afectadas notablemente por el intenso verano de la época. El motorista de la embarcación con una sonrisa me miró y me dijo “patos al agua que estamos varaos”; miré mi reloj y de inmediato imaginé que no cumpliría mi cita con la comunidad que me esperaba.” “Docto, hay que tirarse al agua si queremos salir de aquí” fueron las palabras que me gritó Ernesto Amendariz*, mi guía en la zona y hombre de confianza que me acompañaba a todas las reuniones que me tocaba realizar. Oriundo de Barranco de Loba, alto, grueso y de tez morena, Ernesto empujaba la embarcación de un lado a otro junto al motorista con afán; yo desconocía por qué lo hacían. A lo lejos, se divisaba sobre la reseca ciénaga una chalupita que se acercaba lentamente sobre nosotros e inundaba mis oídos con un ensordecedor ruido provocado por su motor. Miré a Ernesto y le dije en tono alegre “gracias a Dios viene una ayuda”, a lo que me respondió – ojalá docto -.

Yo, con agua a mis rodillas, sudado por el inclemente sol que arreciaba y a la expectativa de cuántas personas podrían venir en esa embarcación que nos pudieran ayudar, solo pensaba en no quedarle mal a la comunidad. El motorista torció la boca como si algo le doliera y exclamo “Ernesto, habla tú, que los que vienen ahí es esta gente”. Al escuchar las palabras del motorista, dirigí la mirada a mi amigo y fue cuando le pregunté que quién era esta gente, a lo que él en un tono de desagrado me respondió – docto los paraguayos – refiriéndose al grupo de paramilitares que operaba en la zona.

Miré detenidamente al hombre que venía parado en la parte delantera de la chalupa, tratando de identificar su rostro ya que el sol daba a sus espaldas y no me permitía evidenciarlo bien, cuando de repente salió un grito de su boca “señores que hacen por aquí”. Casi que al mismo tiempo Ernesto le respondió – comandante íbamos a componer un daño de luz en Buenos Aires y otro en El Piñal pero quedamos varaos -. De inmediato y, como si fuera una orden, todos los acompañantes que venían en la chalupa se tiraron al agua con sus pesados uniformes y armamentos militares y de un solo tiro desencayaron la chalupa donde nos movilizábamos. Yo me alegré y le dije al señor “ombe, amigo, cuanto le agradecemos, ya estábamos pensando en”. “Por donde vinieron por ahí mismo se regresan”. Con esas palabras el comandante interrumpió mis palabras de agradecimiento. Fue entonces cuando Ernesto le dijo “gracias comando” y le hizo seña de dar la vuelta con la mano al motorista. Ya de regreso todos tres en silencio y aturdidos por el ruido del motor le pregunte a Ernesto por qué no cumplimos con nuestro objetivo y quién era ese señor alto, robusto y mono de mirada profunda, a lo que el me respondió – ese era “Macacán”, comandante de toda la zona y hay que obedecer lo que él dice o de lo contrario no echas el cuento -.

Ésta es una de mis centenares de anécdotas vividas en el sur de Bolívar.

*Nombre cambiado

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