El día que doblaron las campanas

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Durante el recorrido por las calles de Santa María de la Perdición, unas dos cuadras antes de llegar a la iglesia, bajo un mediodía de sol inclemente, se escucharon doblar las campanas.

Conocí a Andrew, así se llamaba o se hacía llamar de sus amigos, una noche de diciembre del año 2008. Yo había ido a un pueblo del sur de Córdoba “Santa María de la Perdición”, como él le solía llamar en sus escritos, a estar unas cortas vacaciones y de paso acompañar a mi padre – requièscat in pace – en un tema de despojo de tierras perpetrado por los paramilitares de Berna hacía varios años, un suceso sobre el cual, si algún día él me lo pide desde el más allá como al príncipe Hamlet, prometo escribir.

Esa noche estival nos presentó una amiga en común quien le había dicho sin ruborizarse sobre mis nacientes inclinaciones literarias. No queriendo aburrirse en el advenimiento de ese diálogo, nos dijo a ambos con una amplia sonrisa dibujada en su rostro juvenil: “ya regreso, los dejo entre amigos”. Ella se alejó bajo una luz escarlatina. Al fondo, un silencioso barman limpiaba varias copas detrás de una reluciente barra de madera. Desde allá, mientras purificaba los cristales su vista periférica, escrutaba cada rincón de la taberna. Tenuemente sonaba en el ambiente una melodía del grupo mexicano Maná de los años noventa. Era un sitio sobrio y acogedor; ocho, diez parejas lo ocupábamos.

(Lea también: La mujer que llegaba a las diez)

El primer saludo de Andrew fue efusivo como si nos hubiésemos conocido desde antes. Era un hombre muy joven con escasos veinte y tantos años de edad, quien pese a sus cortas calendas se desenvolvía muy bien con las palabras. Bajo el humo de un cigarrillo y la compañía de dos cervezas, me comentó sobre “Santa María de la Perdición”, que no era más que la metáfora del pueblo que ambos pisábamos. Por la creciente ola de asesinatos y desapariciones que estaban ocurriendo, pensé en la mítica Santa María de Onetti.

Nuestra improvisada tertulia fue fluyendo hasta entrada la noche sobre la novela rusa, francesa, española. Su admiración por los escritores rusos era profunda. Según su parecer, estos últimos habían sido los mejores escritores que había parido este planeta Tierra. Yo le escuchaba en silencio y le asentí varias veces su tesis sobre los rusos. Nuestro diálogo fue fluyendo y el tiempo se nos esfumó de un momento a otro. Las demás parejas ya habían salido. Solo quedábamos dos jóvenes hablando de literatura acompañados de varias cervezas y el humo de un cigarrillo. De vez en cuando, escuchábamos a nuestras espaldas el tintineo del barman con los cristales. A esa hora nos miraba con cara de preocupación porque, según me enteré después, “los paras” habían decretado un toque de queda ese fin de semana. Las calles permanecían desiertas y el ruido de una moto de alto cilindraje con parrillero rompía el silencio de la noche.

Con dejo de preocupación le dije a mi contertulio: “es necesario que nos vayamos”. Él sonrió con esa sonrisa de los hombres libres y tranquilamente dijo: “la noche es joven, la amistad para siempre”. Se despidió de mí esa noche para siempre. Algunos años después supe por un hermano que había fallecido luego de haber luchado contra una larga y penosa enfermedad. Antes de despedirse esa estival noche me dijo: “mañana te envío a tu correo uno de mis escritos llamado “Trece campanadas”, para que lo leas y me dices si vale la pena”. Me sentí honrado de su parte. Pasaron trece años y una tarde lluviosa abrí mi ordenador y apareció este texto que hoy comparto a continuación. Después de leerlo y releerlo, tuve la intención de responderle, pero me acordé que ya no estaba en este mundo. Pensé mucho en la muerte, en la ineluctable visita que un día nos hará. Me reconfortó una de sus frases poéticas que dijo varias veces en la taberna: “Uno no está donde el cuerpo…sino donde más lo extrañan”.

(Texto relacionado: Puños y voces)

Trece campanadas…

Por Andrew Beckett.

viernes 11 de enero de 2008…

Santa María de la Perdición, 4:45 pm, se escucha a lo lejos el resonar de un disparo. Todo había permanecido en completa calma hasta entonces…Varias patrullas de policías se desplazan por las calles de Santa María de la Perdición. El temor ronda en cada esquina… Claro, hasta ahora todo había estado en calma después de algunos meses pasados de zozobra y una estela de muerte que amenazaba cada día. Cada amanecer era gris; a los pocos minutos, la noticia de la muerte de un reconocido personaje del lugar se sabía en todo el pueblo, gracias a la fluidez de las lenguas pendencieras… aunque cada quien daba su propia versión, no se sabía nada a ciencia cierta de lo ocurrido hacía pocos minutos. Muchas personas corrían desesperadas hacia el lugar de los hechos, como si en ese lugar, se fuera a repartir algo gratis… el morbo de los habitantes en medio de la zozobra… es como sentir miedo al hacer algo prohibido, pero disfrutarlo al hacerlo. Ya son las 5:10 pm; han pasado 25 minutos y la muerte es un hecho. En cada rincón todos comentaban sobre lo ocurrido y es que, en Santa María de la Perdición, nunca había pasado algo así.               

Cuando llegaron a hacer el levantamiento del cadáver de un hombre de unos 24 años, tendido sobre la vieja silla de cedro, con un disparo en la sien y aun olor a metralla y sabor a miedo, el lugar permanecía en un silencio sepulcral. Las personas que hacían el levantamiento solo se miraban entre sí, sin mediar palabra alguna.
Estaban extrañados ante tal situación. Alrededor del muerto, pequeños paquetes decorados en diferentes tonos, lo cual hace creer que los hizo dependiendo de la personalidad de cada elegido. Al parecer, eran sus cosas valiosas, como él llamaba sus colecciones, todos con sus respectivas notas, que en ningún momento mostraban problemas, ni depresiones, ni nada parecido. Además, siempre se le veía un comportamiento agradable, sonriente, sereno… pero siempre en soledad. A su entierro, el 12 de enero al mediodía como lo hizo saber, el ataúd que fuera en madera y de color negro, que no le lloraran cosa que por cierto era pedir demasiado en una situación como esa, que le llevaran muchas flores blancas y agua. A su entierro fueron muchas personas por satisfacer el morbo, pero pocos amigos y solo dos parientes cercanos, los cuales no decían nada. El silencio se apoderaba de su interior. Durante el recorrido por las calles de Santa María de la Perdición, unas dos cuadras antes de llegar a la iglesia, bajo un mediodía de sol inclemente, se escucharon doblar las campanas y, con el tañer, una leve llovizna. Al entrar a la iglesia, todo estaba nublado siendo un medio día. Después de un sol inclemente, se apodera un fuerte viento y todo se oscurece de la nada, como dando una señal desde el más allá. El temor se apoderaba de las personas que acompañaban el entierro en la iglesia. Las velas se apagaban y el sacerdote trataba de acabar lo más pronto su ceremonia, pero el agua que caía no permitió la salida, sino hasta pasado el mediodía cuando empieza a salir el féretro y con el sol… trece campanadas resuenan en el silencio. Desde la salida de la iglesia, el entierro avanza rápidamente por las calles empedradas de Santa María de la Perdición, y con él, a cada momento, son pocas las personas que le siguen acompañando, pues después de lo ocurrido en la iglesia durante la misa, muchas personas en pánico al dejar de llover decidieron irse. 

Ese morbo de muchas personas al inicio del recorrido se convirtió en tragedia para muchos. Escasamente se podían contar las pocas personas que alcanzaron a llegar al cementerio, todos salpicados de lodo y llenos de miedo el cual se percibía en cada paso que se daba; al estar en el cementerio, al momento de entrar el ataúd, el sol resplandeció con más fuerza que nunca, todo se iluminó, lo contrario de lo ocurrido en la iglesia…una tumba de concreto abrazará por muchos años los restos de este mortal, que en un acto de cobardía arrebató su tesoro más valioso…su vida.

El sollozo en los rostros de las pocas personas y con ellas las despedidas lágrimas que salen ante la solemnidad del acto sepulcral, los recuerdos quedarán porque siempre piso en tierra donde quedaban huellas; alcanzó a plantar buenos árboles frutales y sombríos los cuales podrán ser el refugio de su alma que deambulará por las calles en días de soledad, buscando un espacio de quietud y tranquilidad el cual le será concedido a pesar de la desfachatez de la muerte programada por sí mismo… su desdén insaciable por la igualdad e inconformidad por la injusticia social serán agradecidos por unos pocos. En tu honor tus trece campanadas y tus rosas blancas. Y puedes irte con la certeza que algún día tu camino… seguirá siendo recorrido y seguirán quedando nuevas huellas de mortales que lucharán por un bien común.

La muerte, único amante fiel, siempre va a dónde queremos ir… siempre a nuestro lado nos sigue nos excita y en el momento menos pensado nos abraza para siempre…


si mil rosas o mil lágrimas pudieran devolverte la vida…mi vida sería un llanto, pero una lágrima sobre tu tumba se evaporaría, una rosa tarde o temprano se marchitará.


Beckett


“Uno no está donde el cuerpo…sino donde más lo extrañan; la noche es joven y la amistad para siempre.”

(Le puede interesar: Un día después de Navidad)

*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019

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