Un crimen. Cero pruebas. Dos compañeros sospechosos. Con los posibles delincuentes aislados en salas aparte, un hábil juez decide usar un método poco ortodoxo para descubrir al criminal. La cosa es sencilla: ambos reclusos tienen dos opciones, delatar o no delatar; si uno delata a su compañero y el otro no, el delator queda en libertad y el delatado es condenado a 10 años de prisión; ahora, si los compañeros se delatan mutuamente, ambos son condenados a 5 años; y si, por el contrario, ninguno se delata, los dos reciben una escasa condena de un año de prisión.


Ahí está, ese es el dilema del prisionero. No hay que ser un genio para saber que la mejor situación, para ambas personas, sería no delatar –cooperar- y recibir el menor de los castigos. Sin embargo, cuando se realiza el experimento casi siempre las personas terminan delatando a su compañero y recibiendo, ambos, una condena cuatro veces mayor. Por qué sucede esto, fácil: el egoísmo triunfa sobre la razón.


Visto un poco más a profundidad, este dilema nos da una conclusión inequívoca: actuar de manera egoísta SIEMPRE es mejor para el individuo, pero en suma, es peor para la sociedad. Sobornar a un policía es bueno para el infractor, pero malo para la sociedad; recibir dineros calientes para una campaña es bueno para el político, pero malo para la sociedad; “torcer” un pliego para ganar una licitación es bueno para el contratista, pero malo para la sociedad; y bajo esa luz se puede entender buena parte del insoportable noticiero de las siete.


Colombia sigue siendo una distopía trágica, yo sé, ser colombiano aún es un ejercicio desgastante como pocos: sobreexpuestos a escándalo tras escándalo que al final ya nos dan igual. Valdría la pena, entonces, atrevernos a plantear una nueva ética pública, basada en la máxima expuesta por el dilema del prisionero: “el egoísmo es bueno para el individuo, pero nocivo para la sociedad”. Dejar el razonamiento egoísta a un lado implica, esencialmente, cumplir cabalmente las normas, y no por miedo al castigo, sino producto de la domesticación del individualismo radical. Cumplir la ley es no pasar por encima de nadie.


La ética no es una cuestión absoluta –no podría- ; es, más bien, un asunto de estándares. Si Colombia como sociedad quiere afrontar los macro problemas (la justicia, lo territorial, lo ambiental, la desigualdad etc. etc.), es imperativo elevar los estándares éticos, y no solo de nuestros políticos y contratistas, no crean, sino desde la base. Se trata de que los niños en el colegio sepan que van a sacar mejor nota si se copian pero que, sin miedo al castigo, prefieran no hacerlo, por pura convicción. Y así, tal vez, algún día, este país andino, caribeño y tropical, le dé un respiro al optimismo.

Chisme: la semana pasada un policía de tránsito me multó por ir como el gobierno, sin luces.

*Felipe Arrieta Betancourt, estudiante de la Universidad Externado de Colombia. Bloguero en medios digitales, @felipe_arrieta.

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