El fin del régimen y la nueva democracia

0
258

WP Post Author

Tal vez el resultado político más importante que dejó el acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y las Farc-EP sea haberle quitado las banderas, el discurso y el espacio de la izquierda a las guerrillas.

(Lea también: Civilización)

Aquel no fue el único hecho que posicionó a la izquierda democrática en el partidor electoral hoy en un lugar nunca antes visto en el espectro político nacional. El papel del Gobierno, el Congreso, la Fiscalía y los entes de control, anteponiendo sus intereses partidistas, burocráticos, corruptos y hasta personales por sobre su misión institucional terminó de minar el ya frágil equilibrio de poderes y, sin ningún pudor, develó el rostro autoritario del actual régimen. 

Los yuppies neoliberales puestos al comando del Estado no entendieron ni su lugar ni su papel, ni tampoco el histórico momento de la Colombia del posconflicto y mucho menos la coyuntura internacional de crisis climática, financiera y sanitaria. Su afán marcado por agradar a su gavilla puso en riesgo constante a la democracia y al Estado de derecho. El resultado era previsible: un desprecio generalizado por el continuismo, la irrupción de una ciudadanía crítica y ansiosa por una propuesta alternativa, que tuvo en los jóvenes su más brillante alfil.

La izquierda supo leer la coyuntura local y global. Además de proponer un programa que respondiera a las demandas ciudadanas, diseñó una estrategia electoral audaz e inteligente. Esa izquierda que construyó el Pacto Histórico contó con una gabela adicional: la pueril indefinición del autodenominado centro.

La coalición Centro Esperanza se ahogó en una eterna discusión sobre la mecánica electoral. No solo abandonó la consolidación y difusión de un programa coherente y seductor, sino que también terminó siendo bloqueada por quienes la engendraron. Su cálculo se basó, al igual que en 2018, en asumir la polarización como dogma a atacar, sin advertir que aquella no explica ni el estallido social de 2020 y 2021, ni la rápida y creciente aceptación que está tomando el petrismo (véase la columna de Sara Tufano advirtiendo que el país presencia la resistencia de unas mayorías tratando de impedir la destrucción de la democracia, que intentan el gobierno y sus aliados). Ingrid Betancourt, Humberto de la Calle, Juan Manuel Galán, Sergio Fajardo, Jorge Robledo y Alejandro Gaviria se gastaron en rencillas personales y el centro estalló. Solo le quedó la bandera de no parecer cercano ni a los aliados del gobierno ni a su oposición. No asumir una posición clara en una coyuntura crítica les pasó factura en la consulta.

(Texto relacionado: ¿Quién gobernó a Colombia durante el uribato?)

Lo que vive la política colombiana no tiene precedentes. La conformación de un espectro político de izquierda electoralmente fuerte es el preludio de una reconfiguración de toda la política nacional. Es muy diciente la virtual desaparición del centro, no solo como resultado de las consultas del pasado 13 de marzo, sino porque sus principales figuras o están huérfanas de partidos o sus movimientos son casi pequeños y dependientes feudos, como Decentes de Robledo, Nuevo Liberalismo de los Galán u Oxígeno de Ingrid. Otro tanto se puede decir sobre su improvisada obtención de avales: al liberal De la Calle por Oxígeno, a Fajardo por la ASI.

Mi hipótesis es que el sistema político colombiano, por cuenta del proceso de paz, avanza hacia un modelo de equilibrio entre partidos de izquierda y de derecha, tal como los que surgieron en países que atravesaron períodos de conflictos internos, guerras civiles o gobiernos neoliberales ultraautoritarios, como Argentina, Chile, Reino Unido, España, México y Brasil, entre muchos otros.

Por ello, si la izquierda se hace con el triunfo de Gustavo Petro y se convierte en gobierno por primera vez en su historia republicana, debe entender que prepararse para devolverle el poder a la derecha en 2026 sería una pequeña derrota, pero, al final, también un triunfo de la nueva democracia que está naciendo.

(Le puede interesar: La corrupción de la sexta categoría)

*Javier Eduardo Lasso Muñoz, politólogo de la Universidad del Cauca y magíster en Estudios Latinoamericanos con mención en Relaciones internacionales de la Universidad Andina Simón Bolívar, con sede en Quito, Ecuador. Su vida laboral ha transcurrido entre la docencia y el servicio público. @javierlassom

Autor

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here