El joven que no quería morir

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El envalentonado militar como ha sucedido últimamente con muchos de ellos seguramente seguía al pie de la letra el libreto de un reconocido político que en el fragor de las anteriores protestas juveniles ocurridas en Colombia dio la orden de abrir fuego a discreción con las armas de la república.

El día que el soldado de la armada lo mató, Isaac Quiñones, con sus escasos 13 años de edad, había tomado la firme resolución de no asistir a una cita médica que tenía con un especialista para ser tratado por unos episodios de salud mental que últimamente venía padeciendo, producto quizás del largo confinamiento originado por los efectos de la pandemia. Ese día se despertó a las seis de la mañana. Era lunes trece, un día normal como muchos otros de los que discurren en las calendas de ese olvidado municipio ubicado en el extremo del sur de Bolívar. Afuera cantaron los primeros pájaros; a lo lejos, se escuchó el ruido de un motor fuera de borda que llegaba con los primeros pescadores al muelle. Una brisa suave con olor a desgracia y a pescado podrido provenía de la albarrada. 

Su mamá Denis Vuelvas lo sintió revolverse en la cama. La noche anterior, Isaac había estado platicando y jugando con varios amigos de su misma edad en el parque principal de la población. En ese encuentro casual, entre otras cosas, se habían confesado entre bromas los sueños que cada uno de ellos tenía para cuando fueran grandes. Lo decían entre “chanzas” porque eran conscientes de la misión imposible que les tocaba afrontar a muchos jóvenes como ellos en estas poblaciones olvidadas y apartadas del Sur de Bolívar si lograban matricularse en una institución de educación superior. La mayoría se convertía en anhelos frustrados porque, al culminar el bachillerato, sus destinos finales eran emplearse como peones en la inmensidad de los campos de palmas de aceite que rodean a esta población para la producción de biocombustible, emigrar hacia la capital en búsqueda de trabajo o peor aún ser presa del reclutamiento por parte de grupos armados que los acechan día y noche. Según el testimonio de algunos de ellos, la aspiración de Isaac, quien cursaba noveno grado, era ser ingeniero. Esa noche les comentó que no quería ir a la cita médica que le correspondía al día siguiente con un especialista en salud mental, una decisión que había tomado su familia por los últimos episodios que venía presentando. 

– “Hoy es lunes; Isaac, levántate porque tienes cita con la psicóloga” –  le susurró su progenitora en la penumbra mirando el haz de luz refractarse a través de una ventana desportillada. – ¡Sí! – es lunes del zapatero – concluyó la humilde mujer colocándole humor al diálogo con su hijo mientras buscaba afanosa debajo de la cama las pantuflas para incorporarse definitivamente. Se sentó frente al tocador donde sobresalía un brumoso espejo y se arregló rápidamente y de ahí fue a elegir dentro de un desvencijado armario la ropa que se colocaría su hijo ese día para desplazarse a Aguachica – Cesar, la ciudad más cercana. Nuevamente se miró al espejo y sonrió para sí misma al notar las primeras arrugas en la comisura de los labios; varias hebras blancas sobresalían de su abundante cabellera. 

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A esta mujer proveniente del linaje de una familia como muchas de esta población que habían sido expulsadas por la violencia en algún lugar del territorio de la serranía de San Lucas le había tocado luchar contra toda clase de infortunios, entre ellos permanecer medicada para paliar algunos trastornos mentales que venía padeciendo. En estado de resignación, se marchó a la cocina a iniciar sus quehaceres; de camino encendió un viejo radio que murmuró una melodía anodina. Su compañero Enrique Quiñones Montesinos, labriego de profesión, se había marchado muy temprano a la parcela de su propiedad que distaba del pueblo a una media hora.

Mientras su madre trabajaba en la cocina, Isaac seguía tendido bocarriba en la cama, pensativo, pensando lo que le depararía ese día. No dejó de mirar la fecha “lunes 13” en el calendario que colgaba de la agrietada pared confeccionada en boñiga y caña brava. Ese día lo atendería una profesional y seguramente le recetaría el mismo mamotreto de pastillas que a diario ingería su mamá. Pensó en ese momento en algunos de sus compañeros de estudio con los cuales había compartido y reído la noche anterior que a esa hora estarían caminando rumbo al colegio desde que se abrió la presencialidad en la institución educativa del municipio. A muchos de ellos les había tocado desertar por el tema de la conectividad y por no tener las herramientas necesarias como un computador para recibir clases. Cuenta el profesor Remberto Mojica, habitante de esta población, que le ha tocado presenciar en silencio el drama de varias familias cuando en un solo dispositivo móvil les toca conectarse a cinco o más niño y lo doloroso cuando están en plena clase virtual y la recarga les expira. Los niños en su inocencia marcan un asterisco desde el celular y les sale la voz de una mujer que no es más que la de un bot diseñado por los ingenieros de Carlos Slim quien les repite una y otra vez como una letanía que, si quieren ser feliz, tienen que volver a recargar. Resignados, los infantes abandonan el dispositivo y salen a jugar a  las polvorientas calles.

– ¡No te vas a levantar hoy! – le apremió su madre desde la cocina. No recibió respuesta; él se revolvió en la cama, frotó sus ojos con ambas manos, bostezó y lanzó un sonido gutural parecido a una fiera en cautiverio. Se levantó de golpe ante el incesante tintineo de la loza en la cocina, miró por la ventana hacia el patio contiguo esperando descubrir algo fuera de lo normal ese día, vio como siempre a su vecino de años que resignado desenrollaba y lavaba la atarraya. Toda la noche había bregado y no había pescado nada. El río había dejado de ser fuente de sustento y proporcionaba pocos peces.

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Muchos habían vendido sus pequeñas parcelas a un poderoso consorcio palmero que a diario hacía transitar por las calles de la población enormes góndolas repletas de corozo. Un gallo marcaba su territorio cantando en la distancia. El resto del vecindario abría puertas y ventanas de las humildes casas. Algunos vieron pasar a una flotilla de combate fluvial de la Armada Nacional llamadas “pirañas” que cortaban como cuchillo el agua del río Magdalena. Más hacia el sur una de ellas atracó sobre un abandonado puerto.

Mientras tanto Isaac se había levantado a regañadientes para ir a encontrarse con su destino; su madre lo urgía porque se le estaba haciendo tarde. Cuando ya estaba listo para partir, en un descuido de la persona adulta que lo acompañaría, fue al fondo de la cocina y tomó un tarro de pintura el cual se lo vacío de pies a cabeza. De ahí salió corriendo por el muelle que bordea la población vociferando que no quería ir a ningún lado. Un familiar salió en su búsqueda. Él iba jadeante corriendo bañado en pintura de color rojo. Por la misma vía venía un militar que había desembarcado de una de las flotas y le pidió que se detuviera. Según los pobladores, Isaac iba desarmado, inerme. El uniformado hizo varios disparos al suelo. El familiar que venía detrás siguiendo al joven le gritó al que disparaba: “no le dispares que él tiene problemas mentales”. El hombre cargó nuevamente el fusil M4 de fabricación gringa y se lo descargó sobre la humanidad de joven impactándolo 12 veces, su cuerpo quedó tendido sobre el piso. El envalentonado militar como ha sucedido últimamente con muchos de ellos seguramente seguía al pie de la letra el libreto de un reconocido político que en el fragor de las anteriores protestas juveniles ocurridas en Colombia dio la orden de abrir fuego a discreción con las armas de la república. Al homicida se le escuchó decir con frialdad “si me toca pagarlo lo pago”. Pasó por encima del muerto, siguió su camino como si nada hubiese ocurrido y se apeó a la chalupa acorazada que lo esperaba y se abrió hacia la otra orilla impulsada por sus dos potentes motores que rugían como trueno. 

El cuerpo de Isaac quedó tendido sobre el muelle hasta las cuatro de la tarde de ese día ya que no había ninguna autoridad que hiciese el levantamiento del cadáver. Los pobladores lo taparon con algunas ramas y hojas para que el sol y la intemperie no hicieran lo suyo. Ahí quedó tendido el cuerpo sobre una calle polvorienta de esta población olvidada y re-victimizada por el Estado donde vivió por trece años el joven que no quería morir porque, como todos los muchachos y las muchachas de estos lugares apartados pertenecientes a la otra Colombia, todavía tienen sueños y el de él era ser ingeniero.

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*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019.

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