El Mono, Sandra y los comentarios negacionistas

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Necesitamos ponernos de acuerdo en las responsabilidades de los horrores cometidos, siendo conscientes de que no podremos ponernos de acuerdo sobre la historia que contamos. 

Creo que fue una desafortunada coincidencia. Sandra Ramírez tiene una particular capacidad de dañar sus propios momentos con comentarios coincidentes, como pasó el año pasado cuando su histórica posesión como vicepresidenta del Senado se cruzó con su propia negación del reclutamiento forzado de más de 18 mil menores de edad. Sus comentarios comparando la situación de las cárceles de Colombia con los secuestros perpetrados por esta guerrilla tienen el mismo resultado. 

El homenaje a Jorge Briceño Suárez, conocido durante la guerra como el “Mono Jojoy”, por parte de sus excompañeros de combate ha sido controversial todos los años en los últimos cuatro años y la controversia es la misma: ¿cómo se le puede hacer un homenaje a un tremendo criminal de lesa humanidad?  

Recuerdo una de las primeras entrevistas que le hicieron a Jorge, su hijo, en esa ocasión, y como él defendió su dolor y su memoria. En posteriores conversaciones, me explicó más a fondo la importancia de hacer estos homenajes de forma pública, como remembranza de una injusticia que para él fue un crimen contra la paz y como un duelo pospuesto durante siete años en que la guerra no les permitió llorar. Sin duda no será la misma evaluación que harán sus víctimas, pero fue interesante escucharlo. 

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El primer homenaje se hizo en el cementerio al sur de la ciudad donde está enterrado el exjefe guerrillero; esta vez fue en la sede del partido Comunes.  El homenaje a este personaje se dio como se dan esta suerte de eventos de relevancia política y de afecto personal en la izquierda. Intervención tras intervención, con un interludio musical. Hablaron de su rol como comandante guerrillero y líder político; estuvo Jorge y quienes eran sus subordinados. Como siempre pasa con los muertos, todas las intervenciones exaltaron lo positivo e ignoraron lo demás. Defendieron a su comandante de lo que para ellos son infamias, rechazaron el bombardeo en el que murió como un ataque contra la paz y condenaron los ataques a la paz que se han dado después. Resaltaron el sueño por el cual tomaron las armas que es el mismo por el que las dejaron. 

La otra cara de la moneda fue la entrevista que esa mañana dio la senadora Sandra Ramírez a Blu Radio a partir de la permanente controversia anteriormente mencionada. 

Esta controversia se une a una serie de ellas: cuando Ramírez llegó vestida de rojo a un homenaje de los concejales secuestrados del Huila y cuando negó el reclutamiento, entre otros. Por supuesto, resuena con las críticas de Ingrid Betancourt en el evento de la Comisión de la Verdad. Hago una invitación para hacer una escucha completa de ese encuentro y del que se hizo sobre Guillermo Echeverri y Guillermo Gaviria en agosto. Trae a la mente a Santrich en La Habana. Muestra un negacionismo arrogante de quienes todo el mundo sabe que cometieron delitos de lesa humanidad. 

Los comentarios de Sandra Ramírez sí son condenables por todos aquellos a queremos la paz. Es necesario que todos los bandos se deshagan de las justificaciones o de la altura moral. Es un proceso largo y se ha logrado más en unas personas que en otras. Resalto las intervenciones de Rodrigo Londoño y Pastor Alape en este sentido.

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No es un secreto para nadie que la situación carcelaria en Colombia está en crisis y que existen los montajes judiciales contra excombatientes como crímenes contra la paz. No es necesario recurrir a comparaciones para explicarlo y mucho menos se puede tratar de utilizar esto para menospreciar el trato inhumano contra los secuestrados que ya ha sido aceptado ante la JEP. 

Por otro lado, el homenaje al Mono Jojoy se ha convertido en un rito para las farianas. Un lugar de encuentro que además resulta como la recolección de los dolores pospuestos por cada uno en la guerra. Será para ellos un héroe toda la vida, inclusive a medida de que pasen los años y de que todos los años haya la misma controversia. Nada cambiará con las controversias, como nadie piensa cambiar sus ídolos a medida de que vamos acabando la guerra. 

Más ridículo aún es citar a Santos o a los oficiales militares de la época como prueba de lo sanguinario que fue Briceño. ¿No eran ellos sus enemigos? ¿No tenían que vender que su enemigo era, al menos, más sangriento que ellos? Todos los lados celebran a sus héroes y lloran sus muertos. Es frecuente ver a los exparamilitares resaltar la importancia personal e histórica de Carlos Castaño. El gobierno nombró y condecoró a un hombre sindicado por falsos positivos como general del Ejército. Es más, los hermanos Uscategui han salido en los medios de comunicación a defender a su padre condenado por la masacre de Mapiripán como un hombre inocente y honorable. 

No podemos esperar que la reconciliación nos lleve a entender a todos la historia de la misma manera. No lo hará. Siempre habrá la idea de que el otro lado, quien fue el enemigo, contó la historia de forma tal que venciera el mal. Todas las narrativas, de todos los lados, sobre el conflicto armado aún dicen que vencieron el mal. Con solo ver el discurso de Iván Duque ante la ONU se entiende que no solo el partido Comunes hace eso. 

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Los ciclos de las redes nos impiden entender la realidad en su complejidad. La reconciliación requiere renunciar a la tentación de explicar la realidad en 140 caracteres. Las expectativas de este proceso tienen que ser realistas y entender que nunca veremos la realidad de la misma manera. Necesitamos ponernos de acuerdo en las responsabilidades de los horrores cometidos, siendo conscientes de que no podremos ponernos de acuerdo sobre la historia que contamos. 

*Camilo Villarreal, estudiante de derecho en la Pontificia Universidad Javeriana. Activista por la paz. Co-coordinador Rodeemos el Diálogo Joven, donde ha desempeñado trabajos respectivos a la veeduría de la implementación, pedagogía y construcción de memoria histórica.

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